Ser honesto y riguroso, aunque duela, es la tarea de un buen periodista, o al menos del que se dedique en serio a su profesión. No se deja uno llevar por la rabia, la cerrazón, la imposición, a las que la derecha –y la ultraderecha, que no ha desaparecido, no nos engañemos, solo se ha refugiado en la democracia y en un partido que conocemos bien– está acostumbrada. Desde los distintos medios de comunicación como la televisión, la radio y los periódicos se ha criticado, dependiendo de la ideología que los caracterice, a unos u otros políticos, beneficiando a este, denostando a aquel, es algo lógico. Pero qué duda cabe que cuando se trata del insulto y la zafiedad más flagrante, la derecha se lleva la palma. Estos medios supuestamente serios se leen, se ven y se escuchan desde hace años y con el paso del tiempo da la sensación de que su lengua se ha vuelto más afilada cuando las cosas no han salido como querían.
Los llamados apolíticos –error, siempre se tiende a algo, nos guste o no– detestan este tipo de comentarios y te dicen: ¡Pero si son todos iguales! Y yo me encojo de hombros y ya no discuto pues este tipo de parásito ha existido siempre en la sociedad, y es el que toda la vida ha chupado de la energía de los demás y gracias a eso ha subsistido, es el ser que vive en democracia y libertad gracias a otros pero que es de los primeros en protestar cuando algo no le gusta, en pedir cuando se trata de dinero común y servicios sociales pero en cuya elección no ha participado porque no vota –faltaría más– ya que todos los políticos son iguales, dice. Es indudable que generalizando así, todo es mucho más fácil pero también más inhumano y desde luego mucho más cínico. No creo, en absoluto, que todos los políticos sean iguales, que todos roben y se rían de los ciudadanos, que todos vayan a recortar a partir del 20 N, gane el que gane, en los mismos campos. No, no lo creo, y esos que dicen que todos son iguales tampoco, pero pensar duele, y mucho, por lo que es mejor bordear el asunto y dejarse llevar por la corriente. Más cómodo es, no cabe duda.
Se ha presentado el libro de José María Izquierdo, Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna, en el que pienso cuando escribo estas líneas, que me dejan mohína porque nunca, nadie, podrá callar la boca a los insultos, a la holgazanería verbal que caracteriza, ha caracterizado y, desgraciadamente, caracterizará a la derecha española. La chulería, el grito frente al raciocinio, el Váyase, señor González, tristemente famoso como ejemplo de mala educación y desprecio a la Democracia y a las normas de convivencia y respeto más básicas que algunos, ni habiendo estudiado en la privada, han asimilado. Algo espeluznante hay un poco más a la derecha, mucho cuidado. Y esto va para los apolíticos.
Qué razón hay en lo dicho! Escudarse en la neutralidad es la mayor de las cobardías y un alarde de hipocresía!
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