lunes, 24 de octubre de 2011

Los otros días de la semana

De niña, en ocasiones, mi madre me dejaba quedarme en la cama en vez de ir al colegio. Era invierno, llovía o nevaba fuera, y nada más despertar solo deseaba seguir durmiendo, arropadita entre las sábanas. Y entonces llegaba mi madre para hacerme levantar y yo le decía: “Hoy tengo sueño, déjame quedarme”. Y me besaba y me decía que de acuerdo, que siguiera durmiendo y después me invitaba a desayunar fuera de casa, a mi hermano y a mí. Así, dormíamos los tres un par de horas más, desayunábamos juntos e íbamos a ver un museo o a comprar libros. Me encantaba, a quién no le hubiera gustado vivir eso. Creo que he hecho realidad la fantasía que muchos niños han tenido y nunca pudieron llevar a cabo, quedarse en la cama sin ir al colegio un día lluvioso o helado sin sol. Al día siguiente de la falta, por supuesto, llevaba un justificante por enfermedad escrito por mi madre. Así, visité todos los museos de la ciudad. Llevábamos poco tiempo en Madrid, y aunque mi madre ya los conocía, fue una novedad, creo, para ella también, volver a verlos conmigo y con mi hermano.


Eran días únicos y especiales por lo insólito y lo poco frecuentes, y era precisamente por eso por lo que me gustaban, porque rompíamos la rutina y de repente un lunes o un martes era tan asombroso como un viernes o como días que no se parecían a ninguno, daba la sensación de que fueran independientes al resto de los siete, un tiempo paralelo que solo vivíamos nosotras y mi hermano.


No fueron días de estudio perdidos, fueron días de cariño y de aprendizaje. Aprendí a mirar un cuadro. En el Prado, la historia de Austrias y Borbones, que mi madre conocía al dedillo y le encantaba explicar. En las librerías me enseñó a husmear y a escoger y compartimos el placer de la lectura de Galdós, tanto el de los Episodios como el de las novelas. Era similar a las clases de apoyo escolares, mucho más divertidas y lúdicas. Era una madre de lujo, de las que ahora no abundan porque todas trabajan y no hay tiempo de saltarse la rutina, de tener buen humor, de sonreír, de mañanas de invierno entre las sábanas, de días extra con los hijos.


De adulta, en ocasiones, pienso en quedarme en la cama, arropada entre las sábanas un día frío y desangelado o lluvioso, como el de hoy, y no ir a trabajar pero siempre acabo levantándome y soñando con hacer mi sueño realidad, algún otro día, cuando alguien me diga: “Hace mucho frío fuera, quédate en la cama hoy, no vayas a trabajar”. Y que me haga el justificante para la mañana siguiente.

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