viernes, 28 de octubre de 2011

Como pez en el agua

En las clases de natación a las que voy dos veces por semana, me siento como en la vida. Hay compañeros competitivos, también tímidos. Otros te adelantan y te salpican y casi te hunden porque no se fijan en que estás delante. Los hay que ni te saludan y desde su mirada oculta tras las ortopédicas gafas te adelantan veloces sin mirarte siquiera, sin reparar en tu existencia. Los días de piscina varían, como en la vida, y los hay que te hundes a cada rato y pierdes el ritmo o te lo hacen perder, y otros en los que, como en un hermoso baile ensayado de antemano, los cuerpos fluyen sin rozarse, manteniendo las distancias, sonriendo en los descansos.


Cada día que pasa voy conociendo más a la gente de mi clase y sin duda equiparo sus actitudes a las de las personas con las que me cruzo a diario -­sin bañador y caminando por mi vida- en las que un pequeño gesto delata su desinterés o su deseo de ayudar al que lo necesita. Hay humanos que no se comportan como tales aunque todos seamos el mismo cúmulo de vísceras y huesos, de estupidez y ternura. A pesar de que acabaremos del mismo modo, los hay que creen que adelantándote, compitiendo, tendrán un punto más, allá donde vayan, el caso es estar por delante.


Me gustan los retos y competir hasta cierto punto, no apabullar, pisar ni hundir al que va a mi lado. Miro a los de atrás, estoy pendiente de quién va delante, conduzco por esta vida como creo que debe hacerse. El resto, que la deshumanización agresiva del entorno nos inculca, es para otros, no me va nada, y me gusta compartir una piscina, respetar las distancias, no chocar con el de delante, no ir más deprisa que él si sé que no puede nadar igual de rápido que yo y que si acelero lo estaré presionando. En fin, intentar que todo sea más tranquilo y llevadero, no veloz porque sí, rápido porque entonces no seré nadie. Qué triste tener que destacar en el machaque cuando lo bonito es ir en paralelo.

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