domingo, 30 de octubre de 2011

La visita más esperada

De Halloween o la Noche de Brujas se ha hablado mucho y mal en España por creerse que se trataba de una fiesta puramente norteamericana y que como tantas estúpidas costumbres de Estados Unidos, había llegado a nosotros para modificar nuestras tradiciones europeas clásicas.

La noche de los muertos, el deseo de encontrarse con ellos, de no asumir que con la muerte se acabo el contacto visual y verbal con la persona fallecida, se remonta en Europa a un periodo anterior al cristianismo. El origen parte de la fiesta celta llamada Samhain -palabra proveniente del irlandés antiguo, Samaín en gallego-, que significa fin del verano. Era el final de la temporada de cosechas para los países celtas, el comienzo del año celta, el comienzo de la estación oscura.

En muchos lugares de España, como en Galicia, se sigue celebrando la fiesta pagana, en la que la cara tallada en la cáscara de la calabaza servirá después como máscara para cubrir el rostro en el Introito o carnaval gallego. Con la cristianización de la Península, la fiesta pasó a ser la de todos los santos, mucho más triste y oscura, y más evocadora de la España franquista que de la celta.

Los celtas creían que con la llegada del Samhain se hacía más fina la línea que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, por lo que era probable que sus queridos familiares y amigos fallecidos los visitasen. La tradición de disfrazarse de espectro o de ser terrorífico se ha mantenido porque se pensaba que con los muertos amados llegaban también espíritus malignos a los que había que asustar, de ahí las caretas en las calabazas y en los rostros deformados.

Me encanta esta historia y su origen porque no es lo mismo pasar de una a otra estación, de la calidez al frío, con los muertos de nuestro lado, que con vivos que parecen muertos visitando tumbas vestidos de domingo. Me gusta más la alegría de los niños, el color rojo y naranja, el truco o trato, que la pesadez y las lágrimas de los cementerios. En las culturas celtas la vida y la muerte estaban estrechamente ligadas y no se dramatizaba del mismo modo trágico la pérdida del ser querido, quizá por la posibilidad del reencuentro en esa última noche mágica de octubre. Las luces bajas, las palabras quedas, los susurros en la ventana no deben asustarnos, quizá un antepasado quiera visitarnos desde el otro lado. Da más miedo este, con todo lo que contiene y en el que muchos vivos se parecen demasiado a los espíritus malignos, a los que no logro ahuyentar ni con el más terrorífico de mis rostros.

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