Me gusta leer en el metro. Por partes: me gusta mucho leer y viajar en el metro siempre me resulta placentero, así que si unimos ambas cosas es lógico que leer en el metro me resulte placentero.
Me gusta mucho el metro por todo lo que puedo hacer en él: dormir, pensar, estirarme, observar y escuchar, aunque a veces me superen los malos olores, las conversaciones en voz demasiado alta, los móviles que suenan con musiquillas insoportables, las charlas eternas por el móvil del que no se da cuenta o le da igual que hay muchas personas escuchándole y no por ello baja la voz, los macarras, los colgados, los pisotones –respiro-, los lectores… Sí, los lectores. Aquí me paro porque hay que hacer distinciones entre los distintos lectores que te puedes encontrar en el metro. Hay lectores de mamotretos –inofensivos pero horteras- que forran sus libros con papel de periódico o de regalo, no vaya a ser que se les manche o doble la cubierta, qué desgracia. En estos solo me espanta la vulgaridad, con no mirarlos no me molestan. Hay lectores de prensa “seria”, el lector de periódico de toda la vida que dobla su ejemplar en dos partes y lee en silencio. Son lectores que saben leer la prensa en el metro. Los “nuevos” lectores de diarios gratuitos basura abren bien los brazos para abarcar el periódico y hacen ruido al pasar las páginas con la consiguiente molestia a los lectores. Como bestias insaciables, buscan entre la basura, en las papeleras, a ver qué pueden leer, que estupideces les cuentan hoy que los aleje de la realidad. A costa de incomodar a su vecinos de asiento –aunque los hay que también lo hacen de pie- pasan las páginas con calma para “culturizarse” y entretenerse. Pensé que nunca me alcanzaría esta porquería pero me alcanza, me roza no solo físicamente sino a mi intelecto cuando al llegar al trabajo compañeros que presumen de “leer la prensa diaria” me comentan “¿Sabes que los españoles besan mejor que los suecos?”. Y el que me lo dice saca pechito y sonríe, y yo, cabizbaja, me doy la vuelta y regreso a mi pantalla de ordenador, a mi trabajo, intentando escapar, yo sí, de la realidad más real. Frente a desgracias y conflictos económicos da gusto ver que hay periódicos que se dedican a alentar el orgullo nacional con datos estúpidos que, sin duda, animan a muchos y los ahuyentan del peligro de la realidad, que muerde.
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