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sábado, 10 de agosto de 2013

Los preliminares

Lo primero es hacerme con una buena Playlist en Spoty que me lleve al pop y a la música más tradicional del lugar. Una vez localizada y guardada, abro la guía de viaje y el iPad y me dispongo a leer. Una lectura me lleva a otra, un link a una página de la guía donde marco en fluorescente ese pub o ese restaurante que parece hecho para mí. 

Declarada ciudad literaria por la UNESCO, Dublín me atrae de ese modo en el que lo hacen algunas ciudades y países muy concretos, como si ya los conocieras antes de ir. Sabes que te gustará de antemano y la preparación del viaje es un disfrute cercano al del propio viaje. 

Navego, veo fotos, regreso a un foro, visualizo el recorrido que hizo un 16 de junio de 1904 Leopold Bloom en la imaginación de Joyce. Sueño con llegar y seguir sus pasos. Si cierro los ojos veo a los duendes, las hadas y todos los seres mágicos que visitaron la isla en el pasado, los que aún viven con sus habitantes. 

Yeats me está  acompañando estos días a través de una maravillosa edición de el Acantilado, en la que se recopilan los textos referentes a Irlanda de Yeats, con todas sus leyendas y anécdotas. Traducido por mi Marías, qué más podía pedir, imposible resistirse a llevarlo en el viaje. Me llamó desde la estantería de Bajó el volcán, uno de los más deliciosos rincones de Lavapiés. Siempre hay que darse un paseo por la librería, y si puedes charlar con el dueño, da gusto intercambiar experiencias literarias con él.

Todos estos preliminares me aceleran el corazón y me emocionan porque van guiándome, como en el camino de baldosas amarillas, hasta mi objetivo. Intentaré, con my poor English, descubrir lo que pueda de este país, de la ciudad de Dublín y de sus moradores. Y os lo iré contando siempre que tenga un minuto para sentarme y pensar "¿qué he hecho hoy que necesite ser narrado?". Lo que hago en este espacio en el que me leéis, en definitiva. Contar lo que para mí es importante, y quién sabe si también para alguno de vosotros. 

jueves, 11 de julio de 2013

Los pre-viajeros

A punto de iniciar un viaje, por pequeño que sea, se produce un examen de conciencia y se ordena uno por dentro y por fuera. El simple hecho de guardar la cartera, revisar el horario de salida en el billete, apagar luces y hacer una bolsa o maleta implica una atención al mundo, ya que de él dependemos en las próximas horas para llegar a nuestro destino.

Los placeres del pre-viaje son a veces mayores que el viaje en sí. Estoy tan atenta a la emoción que muchas veces ni leo, ni escucho música, ni veo películas ni escribo. Solo pienso y dormito, dos de mis actividades favoritas en los viajes. Y esos pensamientos vagos, a veces nos llevan a grandes y productivas conclusiones, y sin querer solucionamos un problema, o percibimos la solución, al menos.

Después nos entra hambre.  Cuánta hambre en un viaje. ¿Por aburrimiento, por ansiedad, porque sí? Da igual, pero en un vuelo puedes devorar una bolsa de gominolas. En un viaje en tren más de una tableta de chocolate y en uno en barco... Ummmm, este no me lo sé.

Odio viajar en autobús y el coche no me fascina, no puedo leer y me marea, aunque he de reconocer que cuando cojo ritmo puede ser excitante. Recuerdo un viaje en coche desde Madrid a París en pleno mes de agosto, sin aire acondicionado y con un sol de justicia inolvidable. No lo recuerdo duro, lo recuerdo hermoso y luminoso. Así son los recuerdos de los buenos viajes.

Los previos a una salida veraniega son momentos únicos aunque volvamos pronto. Son la novedad que necesitábamos, ese pequeño cambio de espacio para que el mundo, el nuestro, nuestro micro mundo personal, parezca distinto. Y es que lo es. A la vuelta de un viaje ya no somos los mismos, aunque solo hayamos ido ahí al lado, donde el mundo es otro también.