martes, 25 de octubre de 2011

Nunca se sabe

Me gusta compartir. Compartir una buena comida, una buena película, unas vacaciones, el tiempo libre, los textos que escribo. Compartir es una de las actividades que da más sentido a mi vida. Esta, que considero muy valiosa, también está formada de lo que los demás han compartido conmigo a lo largo de los años. Los buenos amigos su tiempo, sus conversaciones, sus opiniones, sus casas, en las que he dormido, he veraneado y he vivido. La familia todo, siempre, nunca ha escatimado en cariño, apoyo, verdadero afecto, el “lo mío es tuyo” a ultranza. Y las parejas, claro, cuando están y te quieren, que entonces también comparten, lo que pueden, mejor o peor, lo intentan, su vida diaria inevitablemente unida a la tuya. En el mejor de los casos, incluso compartes el espacio, cuando las cosas van más que bien entre vosotros y te dices, adelante, este es el momento y esta la persona. Después, y aunque no queramos pensarlo porque es una idea triste, lo normal sería que se terminase, en unos años, en un tiempo, no va a ser para siempre. Yo, sin embargo, y a pesar de la fugacidad del afecto, prefiero pensar que sí, que será para siempre aunque después sea solo provisional o dure un tiempo muy corto, al menos mucho menos de lo que deseábamos. Compartir implica también asumir que las cosas a veces pueden fallar, y aunque uno crea que todo lo deseado es posible y del mismo modo apreciado por el otro, no en todo momento se es comprendido ni amado como se esperaba pero aproximarse ya es mucho, y eso nadie te lo dice y lo aprendes con la edad y la madurez.


He compartido piso con amigas, con pareja sentimental, con familiares, con extraños. De todas las vueltas que da la vida una de ellas me dejó en un bonito estudio que después fue piso y en el que me he acostumbrado a moverme a mi aire. Quizá en breve también haya de cambiar porque solo pueda pagar algo más pequeño o bien me dé por compartir un nuevo espacio con alguien, esa persona que piense que puedo ser para siempre y que merece la pena intentarlo conmigo. Y por supuesto, en quien yo piense antes de llegar a casa para compartir la cena, el día, la cama, el sueño, la vida, nunca se sabe.

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