jueves, 27 de octubre de 2011

El otoño imaginario

Daría lo que fuera por un horario laboral europeo de esos de los que he oído hablar. Cuentan que en las agencias de publicidad alemanas, por ejemplo –supongo que no en todas– tienes que cumplir con tu jornada de ocho horas diarias que puedes distribuir a tu antojo de seis a diez de la noche. ¿Qué haría?, me pregunto. Creo que elegiría el horario de mañana. Quizá no me levantaría tan temprano, iría a correr y después de una ducha caliente, hirviendo casi, a trabajar. Después de comer me echaría una siesta y a la vuelta trabajaría, ahora sí, hasta las 8 o las 9, pero con el día lleno de cosas. Intento hacerlo a diario, llenarme lo más que pueda de lo que hay a mi alrededor.


Voy recogiendo lo que me llama la atención y me parece positivo aunque a veces se cuele lo negativo porque también me afecta lo injusto. Veo la vida de los que me rodean cada mañana, las mismas caras que se cruzan conmigo en el paseo al metro y que sin duda son ya más conocidas que las de los absolutos desconocidos. Una madre va delante de mí tomándole la lección a su hija, que responde somnolienta a una cuenta matemática o conjuga un verbo irregular. Más adelante una mujer con tacones es salpicada por un charco y suelta una maldición. La veo cada mañana y hasta ahora no había oído su voz y lo que oigo me desagrada y me decepciona en cierto modo su vulgaridad, por el rostro me había parecido más amable. El guardia de tráfico de ese semáforo del Paseo del Prado me hace un gesto para que cruce, nos conocemos ya de estas mañanas oscuras en las que voy encogida pero feliz, asimilando el día, despertando poco a poco.


Pienso en el horario europeo, en anchas avenidas con pocos coches y muchas bicicletas, en un río atravesando la ciudad y siguiendo mis pasos, pero me consuelo entonces con el clima español, mucho más cálido que en esos países tan civilizados. Hoy, sin embargo, el tiempo alegre parece haberse tomado un respiro. Eso sí, la boina que nos cubría ha desaparecido. Yo llevo la mía de lana negra bien encajada, como parte del resto de mi cuerpo, como una prolongación del pelo. Me gustaría estar en otra ciudad esta mañana, con otras personas, hablar en otro idioma, ser otra por un momento. Tener una bicicleta y pedalear hasta llegar al trabajo, que estaría en un pequeño edificio antiguo de solo tres pisos en el que habría un patio interior lleno de plantas y una fuente en el centro que sonaría hermosa, el agua fluyendo incluso los días de lluvia, como el de hoy. Estoy confundida, es de noche aún cuando entro en el metro, que me recibe con una vaharada de aire caliente después de cuarenta minutos caminando y de repente ni siquiera sé qué ciudad es esta ni qué aprenderé hoy, pero algo sí, seguro, aunque solo sea imaginario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario