Los domingos lluviosos son distintos en la infancia y en la edad adulta, en una ciudad y en el campo, en un barrio y en otro, en una ciudad de provincias y en una gran ciudad.
Hace unos años me despertaba el olor del caldo desde muy temprano, el que preparaba mi madre los domingos. Se colaba bajo la puerta de mi cuarto, y antes de despertar del todo sabía el día que era y la pereza me llevaba a darme la vuelta en la cama y continuar durmiendo. Era raro levantarse, ir a la cocina, y entre el olor del cerdo y de los grelos, ponerte un café y unas tostadas, pero qué remedio. Me llevaba una bandeja al salón con el desayuno para evitar el fuerte olor, y al terminar miraba por los cristales empañados por la cocción y el calor que contrastaba con el frío y desapacible día exterior. Pintaba mi nombre en el cristal o hacía un hueco desde el que mirar y a veces volvía al calor de las sábanas, el olor impasible, en el aire, hasta la noche.
Hay domingos de desayunar y meterte en la cama, de hacer el amor sin tener en cuenta el tiempo, de salir a correr con la fina lluvia cayéndote encima -un placer que hay que probar-, de pereza y sofá con libro en el regazo durante horas. Los domingos lluviosos de los niños son de pijama y zapatillas y dibujos animados, de cuentos y deberes que no cuesta hacer, de estudio y juego porque da tiempo a todo, el tiempo alargado de un modo maravilloso esos días húmedos que rematan la semana.
Hay domingos lluviosos de manifestaciones tristes en las que el ciudadano sale a la calle con la ilusión de la reivindicación pero también el dolor y la rabia de la derrota anticipada colgada del rostro. Hay de todo. Los domingos lluviosos en el campo son tiempo de paseo, de verde y de nostalgia, de frescor en la cara y picor en los ojos. De botas y olor a estiércol, de vacas y de chubasquero.
Mis domingos lluviosos han sido urbanos en su mayoría, que es donde más se notan los domingos, por eso a veces lo mejor es quedarse entre las sábanas, leer el periódico, un buen libro, quizá, y olvidar, olvidar que es domingo y que llueve pero al mismo tiempo asomarse cada cierto tiempo al cristal empañado por lo que se cuece en el fuego y sentir lo bien que se está en casita.
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