Se llevan mucho los dictadores muertos, asesinados y vejados en nombre de la libertad y la justicia, a los que primero se quiso y se apoyó con celo porque tenían algo que ofrecer y después se hizo matar o al menos no se hizo nada por evitarlo.
Los muertos en portada, como el desnudo más vulgar, atraen a navegantes y lectores a la prensa que jalea la imagen insólita y morbosa que no podemos obviar aunque queramos y nos lleva a pensar en lo poco que somos y en lo mucho que compartimos, ante la muerte todos igual de impúdicos y desvalidos, como en el sexo.
Me asquea esta parte del periodismo, y como una vez leí en un artículo de Marías, no sé hasta qué punto es necesario ilustrar la noticia de un asesinato o linchamiento con la foto macabra y horrenda del cuerpo sin vida, del rostro sin alma. Primero aceptados y elogiados, después denostados por los mismos gobiernos, los dictadores lo son siempre que lo digan los adalides de la democracia, no antes, y es entonces cuando se va a por ellos. De repente el cuerdo es loco.
La hipocresía moral de ciertos gobiernos y de la política en general ya no me sorprende, quizá sí sus consecuencias, la venta de una noticia que sin pornografía no sería nada, que sin la foto humillante y desoladora, sin el vídeo del asesinato perdería el valor que ha ganado en unos minutos desde que apareció en la Red. Esos seres que secundan las acciones, esos profesionales del comercio carnal que venden lo más vulgar y después harán aparecer la gran foto –a estas horas ya son varias– en la prensa gratuita y amarilla –gratilla–, que leen por igual jóvenes, viejos, incluso niños, en el metro, mientras la madre duerme en el asiento de al lado –no se le ocurrió comprarle un cuento…–, españoles, inmigrantes, en la Europa civilizada emigrados, en la Europa justa explotados y testigos de las muertes de los dictadores desde su sueño mañanero en el transporte público, afianzados en su insólita posición de detractores –Qué bien que lo mataron, dirán llenos de razón porque eso es lo que creen que han de decir, hoy no molestan ni son insultados, hay algo peor que ellos– desde este lado del mundo tan honrado que muestra la muerte de Gadafi hoy, ayer era Sadam, quién será después. La memoria puede fallar o hacerse uno olvidadizo por decisión propia, pero la historia no deja de repetirse ni la pornografía de venderse y de mostrarse, y gratis.
MAgnífico retrato social y mediático....
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