Cuando eres pequeño te animan a no ser tímido, a que te atrevas a cantar en público, a participar en la obra de teatro del colegio, a opinar, a decir lo que piensas, sin miedo. Una vez se crece muchos se quedan con la faceta del vergonzoso, insuperable la timidez desde que eran niños. En la política en España hay una izquierda tímida, como la denominó Carrillo, que no se atreve a enfrentarse a los que creen tener la razón por no parecer extremistas y por ese espíritu conciliador que ha caracterizado a la izquierda española tras la pérdida de la Guerra Civil. El miedo a no parecerse al adversario, a la derechona, bravucona e insultante, ha convertido a la izquierda en un excesivamente tolerante grupo de seres pusilánimes en ocasiones que sí, se enfadan, se irritan, conversan, dialogan –bajito, por supuesto- pero no cambian. Hay que hablar alto y claro a veces, con la razón en una mano y los muertos de una guerra iniciada por un militar furibundo más los de una larga dictadura, en la otra, para buscar, como sea, la justicia que concilie la memoria.
Es lo que un grupo de expertos está valorando ahora: cómo conciliar en el Valle de los Caídos –el mayor monumento al franquismo y la mayor fosa común de España, entre cuyas víctimas hay casi quinientos fusilados republicanos que descansan junto a su verdugo- la memoria de esas dos Españas que, opino, no hay que tratar de igual modo y veo difícil equiparar. Si, como en la transición, suavizamos los ánimos para no alterar a la bestia, finalmente se volverá en nuestra contra y la derecha seguirá arramplando con la dignidad, el ciudadano y nuestra libertad de expresión. A mes y medio de las elecciones, este grupo de expertos en conciliar ánimos y memorias ha pedido una prórroga al gobierno que se extiende más allá del 20 N, fecha aciaga en tantos sentidos. Así pues habrá que esperar, más y más, a que algo que se debería haber resuelto hace más de veinte años –y que ya intentó en su momento Felipe González y no consiguió- sea todavía una acción inconfesable, aunque justa, por miedo, por timidez, porque alguien más fuerte te pegue en la cara, el brazo en alto, y te diga que estás en democracia, que eso es cosa del pasado, que para qué cambiar las cosas. Y así, un 20 N más tendremos que aguantar a los peregrinos festejando al dictador y a los que llenarán las calles, si la tímida izquierda no lo impide, de banderas rojas y amarillas con un escudo gallináceo en el centro.
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