Hay torturadores y torturados, asesinos y víctimas. Si en el colegio alguien te pegaba a la salida cada día, o día sí y día no, durante meses, y un día te anunciaba el fin del maltrato pero al poco tiempo volvía a hacerlo, la siguiente vez que decía que dejaría de pegarte ya no te fiabas, y efectivamente, a las pocas semanas, de nuevo te golpeaba con renovada energía. A la tercera o cuarta tregua no lo crees, desconfías, pero te alegras lo que dura porque la pesadilla y el dolor te dan un respiro. El caso es que un día es definitivo y el cese de la violencia cierto. No más matones, no más abusos. No exiges ni siquiera un perdón, solo un fin.
Cuando en la transición española democrática tras el franquismo todos los partidos políticos se pusieron de acuerdo en olvidar para continuar la vida en paz, muchos se sintieron defraudados, con razón, pues no eran igual los muertos de los vencedores que de los vencidos, legítimos y víctimas de una violencia impuesta. No pagaron su culpa los abusadores, los dictadores y sus acólitos, que se integraron como camaleones adoptando los colores de la democracia para pasar desapercibidos y beneficiarse de todo lo que esta les ofrecía.
La decisión de una organización terrorista que lleva actuando muchos años en España de abandonar la violencia como medio de expresión puede causar escepticismo, sí, pero no decepción, no ira, no rabia, no resentimiento. Son los que más protestan por este anuncio del cese de la violencia armada de la banda terrorista, falsa en su opinión, demasiado tarde -puede-, insuficiente, etc., los que no quieren remover el pasado y hacer justicia, con la memoria, a nuestros muertos por culpa del franquismo. Los mismos que nos metieron en una guerra injusta, para ellos la cruzada noble contra el terrorismo islamista -qué triste y trasnochado suena ya esto- y nos cargaron con otros tantos cadáveres a las espaldas una mañana de marzo que también quieren hacernos olvidar. Y son ellos los que cada vez que algo que no les conviene políticamente, aunque sea una alegría para el país, demuestran una cerrazón mental y una intolerancia solo justificable por su educación antidemocrática, por su mala educación.
Quiero recordar, tener la opción de olvidar, ser libre para manejar mi memoria y respetar siempre la de otros que padecieron porque yo esté aquí hoy, escribiendo, mostrándome sin miedo, sin temer censuras ni castigos.
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