domingo, 9 de octubre de 2011

Creo

Tengo miedo. Miedo de que un día al levantarme y salir a la calle nadie me entienda. De que las palabras, de repente, no tengan el valor que tuvieron, que debieron tener y que el que sabía haya olvidado. Tengo miedo de las nuevas generaciones que no tienen derecho a una enseñanza digna y en condiciones. Que no se eduque lo suficiente en las escuelas y que solo los que puedan pagar una enseñanza privada puedan aprender con buenos profesores. Tengo miedo a que los niños no tengan una maestra, ni profe ni seño a la que recordar con cariño en el futuro.

Yo me eduqué en la pública y en la privada. El colegio privado al que fui estaba dirigido por un cura y las profesoras eran monjiles, que no monjas. Recuerdo unos años felices con ciertas angustias y “problemas” hoy impensables, creo, no sé cómo está la educación en la privada católica. Una profesora me pegó un día con una regla de madera porque no supe resolver una operación matemática. Rezábamos mucho, todo el rato, así que pensé, cuando me encontré frente a la pizarra ante el problema, que si rezaba un poco más en aquel momento, Dios me ayudaría. Pero ni él ni nadie lo hicieron, y cuando más convencida estaba de que llegaría, de que al fin vendría la solución, la ayuda desde lo más alto, sentí en mi cabeza el golpe y fui a sentarme, avergonzada pero ya aliviada de no tener que seguir de pie sufriendo. Sin embargo, lo más grave vino sin que me diera cuenta de ello hasta muchos años después, el recuerdo aparcado en un rincón de mi cabeza que de repente apareció para turbarme. Una mañana, después de nuestro rezo matutino nos llevaron a una sala audiovisual, a mi clase y a otras dos, y nos mostraron un vídeo al más puro estilo gore, en el que miembros cortados de bebés aparecían tirados en una papelera. La película duró una hora aproximadamente. No podíamos cerrar los ojos a pesar del horror, el morbo y terror simultáneos que te obligan a mirar aunque no quieras. Esta era la manera ejemplar e integrista de convencernos, con nueve años, de que el aborto era un asesinato. Años después mi hermana me contó lo afectada que llegué a casa. Sé que hice los mayores esfuerzos por olvidarlo y lo conseguí, hasta ahora. La enseñanza que me dieron estos seres crueles y mentirosos no es la que desearía a nadie al que apreciara. Creo en una enseñanza pública de calidad en la que los profesores estén motivados y no obliguen a ningún rezo ni a ver documentales engañosos para torturar y tergiversar las mentes infantiles. Creo en la libertad de elección de la educación y en la educación pública porque garantiza un conocimiento objetivo a través de personas con vocación de enseñar, formadas para ello, que no dogmatizan ni engañan. Pero por encima de todo creo en la libertad, que sin educación es casi imposible. Saber te hace libre. No saber, miedoso y zafio, y en consecuencia rencoroso y desconfiado, irascible, violento.

1 comentario:

  1. La enseñanza pública garantiza y siempre garantizó la libertad de las personas. Cuanto más desarrolalda es una sociedad, más universal es su educación. Yo crecí en un país donde la educación es pública y laica, no existían clases de religión ni de sustitutivos, simplemente la religión se vivía en privado. El estado no está para atender las necesidades religiosas de sus ciudadanos sino las terrenales.
    Magnífico alegato de lo público.
    Gracias

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