Me debato entre creer en el azar o en la suerte, y es así que voy adaptando los sucesos que acaecen y los coloco en uno u otro lugar.
Cuando consigues un nuevo trabajo y todos tus conocidos están en paro el comentario habitual es: “¡Qué suerte!”. Si te dan un premio por tu valía o un bono en la empresa que te gratifica por un duro año de trabajo, de nuevo oyes: “¡Qué suerte!”. Del mismo modo, cuando alguien no encuentra trabajo porque no busca, no envía currícula actualizados a las empresas, no investiga nuevos lugares en la red donde colgarlos, no pregunta, no husmea, no patea, los que le rodean dirán, cuando escuchen que no encuentra trabajo y por eso vive del paro: “¡Qué mala suerte!”. Nadie, jamás, se atreverá a decirte: “Tienes que buscar más, no trabajas porque no te lo curras lo suficiente”. Y no es que no lo digan por hipocresía y en el fondo piensen eso pero no se atrevan a decírselo al amigo, es que realmente creen en esa mala suerte porque si les sucediera a ellos pensarían exactamente igual y no es bueno creer que un colega no se esfuerza demasiado y tener que aplicarse el cuento uno mismo antes o después.
Esas malas suertes nos consuelan, al igual que creer en el azar, pues gracias a ellos podemos relajarnos, ya que nada dependerá exclusivamente de nosotros y del esfuerzo personal, siempre se va a ver empañado nuestro logro o fracaso por una intervención ajena, quizá divina. Algunos creen en Dios y otros en el azar y en la suerte, que si lo piensas es un poco igual, porque para creerse toda esa historia de un Dios que crea el mundo de la nada y nos vigila y nos castiga, en fin, cuesta creerlo, me resulta más verosímil Mordor y la Tierra Media, al menos Tolkien lo contó mejor.
Ahora me debato entre el azar, la suerte y algo más, el merecido premio, que una educación cristiana católica me impide disfrutar, pues no es posible recibir algo sin tener que hacer algo más a cambio e incluso sufrir un poquito por ello. No se entienda la simple satisfacción y el simple abandono y disfrute por una tarea bien hecha. En esta sociedad del bienestar no puedes relajarte a secas sin dar gracias al cielo, sin quejarte de la mala suerte de no tener más que el otro a pesar de no esforzarte en conseguirlo como él hizo o en concluir que el destino me tenía deparado lo que soy. Qué cómodo, qué suerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario