viernes, 14 de octubre de 2011

Tú vales mucho

Cuando hace no tanto en España hacías una entrevista de trabajo llegaba siempre el momento de hablar de pasta y todos nos poníamos un poco nerviosos, fuera cual fuera nuestro bando. El entrevistado porque tenía que poner un precio a su trabajo que, sabía, cabía la posibilidad que no admitieran y hubiera que negociar, y el entrevistador porque temía no encontrar el perfil adecuado al puesto y al salario.


Ahora, con los tiempos que corren y lo que está sucediendo también nos ponemos un poco nerviosos. El entrevistado porque no pone precio a su trabajo y sabe que tendrá que aceptar lo que le den, independientemente de lo que ganara en el pasado, a veces no muy lejano, o sí, ahora con más experiencia rondando los cuarenta –años, no euros, ya le gustaría- y con la duda de si aceptar un trabajo en el que le pagarán casi dos veces menos de lo que ganó en el primero de su vida, allá por el año 1995 –por ejemplo-. El entrevistador tiene un dilema moral y un problema laboral. El dilema moral es tener que expresar -con la consiguiente caída de la cara de vergüenza- en voz alta la cantidad que ofrece la empresa en la que está. El problema laboral radica en tener que asumir que muchos saldrán corriendo cuando oigan la oferta, o peor, que los que se queden lo harán por desesperación –de nuevo el problema moral si el entrevistador tiene vergüenza-.


Visto el panorama, estas cosas dan mucho miedo y me hacen preguntarme qué quiero, qué valgo, qué soy. Somos más mercancía que nunca, más cosa, más producto que lo que hemos sido en toda nuestra historia y aunque no estamos defectuosos nos tratan como si lo estuviéramos, como si fuéramos a dar gato por liebre, a engañar sin pudor. Ya nadie más que nosotros mismos se fía de nosotros, así que hay que animarse y decirse uno lo que vale a cada rato, o al menos cada día, porque nadie te lo va a decir, o si te lo dicen sonará a compasión, a pésame o a amor de madre: ¡Con lo que tú vales…!

No hay comentarios:

Publicar un comentario