El lunes es más importante la transición que el resto de la semana, aunque si puedo la vivo todos los días laborables. Lo explico. La perspectiva diaria de llegar al trabajo y comenzar las tareas que me corresponde hacer, como a todos, implica cargarse de energía y tener un espíritu positivo y luchador. “Vamos, tú puedes”, me digo en la ducha. Y llegando ya a la oficina: “Venga, no tengas miedo”. Una vez han pasado las dos primeras horas, quizá solo con una, depende del día, ya me he integrado y parece incluso que llevara allí días y días, sin dormir, viviendo frente al escritorio, soñando con mis excel y mis word, el perfecto empleado al ataque. Todos los días, sin embargo, la transición me conmueve. Subo al vagón apretado. Los lunes todos queremos ser puntuales pero es el día en el que estamos más dormidos. A punto de cerrarse las puertas del vagón –ya sonó el pitido- aún no me he acoplado al hueco diminuto para mí, y los cuerpos que ya están dentro se esfuerzan en impedírmelo. Nadie quiere un empujón más ni un centímetro menos ni una carpeta o una mochila que le apriete las costillas. Empujo, sin embargo, firmemente, y logro por fin mantener mis pies dentro del vagón y de mi reducido espacio. Y entonces, me relajo. Me dejo arrullar por el balanceo, poco más puedo hacer, aunque en Sol tomamos una curva que me habría hecho caer en otras circunstancias pero cuyo ímpetu frena, en este caso, el resto de los cuerpos. Somos todos uno, estoy bien sujeta, puedo relajarme sin temor, el bolso pegado al pecho, sin carteristas madrugadores inoportunos.
Empiezo a pensar entonces en las sábanas calientes que he abandonado y que sin embargo, sé, volverán a cubrirme esta noche. Me pregunto qué pasará en House esta semana y qué nuevas noticias habrá en torno a la crisis. Pienso en Inside Job, que vi anoche en la cineteca del Matadero, en el dinero sucio pero también en los buenos amigos. En los besos del fin de semana, en las nuevas recetas que invento aprovechando el tiempo eterno que se nos otorga los días festivos. Vuelvo a las sábanas calientes. El vagón se ha vaciado un poco. A pesar de las crisis y de los parados cada mañana nos apretujamos en los vagones y los cuerpos me enternecen porque me recuerdan a mí misma, todos uno, los mismos pesares, las mismas alegrías, o muy parecidas, los mismos táper.
Llego a mi parada después de haber reflexionado, de haberme preparado para el comienzo de la semana. Ya en la salida del metro, en la calle, me encuentro con los compañeros, como cuando iba al cole –“¿Qué tal tu finde? Yo fui a la sierra”-. Y sé que todos, aunque disimulen hablándote de otros temas, y haciendo que se interesan por los tuyos, y a pesar del momento de transición en los vagones, están pensando en las sábanas calientes y en los besos y abrazos que recibirán esta noche al llegar a casa, como siempre.
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