Comencé ayer a escribir sobre la falta de otoño y la reivindicación de la nostalgia pero hoy parece que por fin ha llegado, luminoso, así que he de cambiar de tercio. El viento se ha llevado parte de la boina que nos cubría –aunque la señora Botella diga que ella no sabe nada de boinas–.
Ayer iba a reivindicar el otoño, la vuelta de las estaciones, no esta mezcla de ellas que me han dejado ausente y me llevado a pisar hojas en agosto y tostarme al sol de octubre.
Pero ya está aquí, con el fresco de la sierra afilado que me corta los labios, la cara y me enrojece la nariz. Mis paseos mañaneros serán a partir de hoy distintos y las calles se llenarán de hojas, como las de esta mañana, que se han ido amontonando por grandes grupos durante la noche y me han permitido no tener que saltar como una niña de un lado a otro de la acera para pisar las más gorditas, las que sabes que sonarán cuando las aplastes con la suela. Hoy todo era un crujir el caminar por el paseo del Prado y las personas con las que me cruzo cada mañana iban un poco más encogidas de lo habitual pero felices porque por fin llegó el otoño.
También me gustan los días de otoño en los que las mismas hojas que sonaban ayer, de repente, mojadas y silenciosas, se te pegan en la suela del zapato y te hacen resbalar un poco. Me gusta la lluvia en otoño, que no llega, y aunque sé que me va a deprimir un poco, lo prefiero a esta ausencia de agua que me perturba y me deja en un limbo de estaciones.
Ha llegado mi otoño madrileño de marrones y verdes como sus habitantes, duros, hechos a esta ciudad atareada que se vuelve más complicada con el otoño en marcha pero también más hermosa y despejada, serrana y brillante. La luz del otoño madrileño me da alas y viento y ganas de bufanda, de meterme en el cine, de siesta con mantita, de Bach a todas horas.
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