domingo, 2 de octubre de 2011

Día dos

Oigo a una mujer decirle a otra en el metro, escandalizada, que cómo es posible que muchas zonas del centro vayan a abrir en domingo, que adónde vamos a ir a parar, que qué es esto, que cómo es posible que las pobres chicas de las tiendas -como su hija, añade- trabajen también un domingo sin recibir nada a cambio. Tengo la sensación, quizá por experiencia, qué te voy a contar, de que no son las únicas. En este queridísimo país mío si uno no se queja no come, es decir, que si no gritas y pataleas aunque luego finalmente hagas lo que te piden no eres nadie, o al menos nadie de fiar, y nadie te va a respetar sino a envidiar. Si esta madre, y probablemente su hija, no lloriquearan y se quejaran en el transporte público, con la voz bien alta, para que la gente escuchara lo indignadas que están, aunque después acabaran haciendo lo que se les pide, probablemente serían acusadas de esquiroles, de malas ciudadanas o compañeras, de listillas. Trabajar un domingo como cualquier otro día de la semana, es algo que se viene haciendo desde hace ya mucho tiempo y no significa que los pobres españoles no descansen ni en domingo. Los hay que descansan demasiado durante sus horas laborales y otros que después de su horario siguen trabajando. ¿Que cómo lo sé? Porque estoy en edad de trabajar y lo hago en una oficina en la que precisamente no puedo decir que no se trabaje. Sé de otros lugares, fantásticos -de género fantástico, quiero decir- que un empleado de la privada no habría podido soñar jamás, lugares normales a simple vista en los que cuando suena la hora en los relojes-corazones de los empleados todos se van a sus casas o tienen una vida después. Asisten a clases de idiomas, llegan a hacer la compra al supermercado, pueden recoger a los niños en el colegio, tienen cursos de yoga, pueden estudiar una carrera universitaria más o ver cumplido su sueño de bailar tango. ¿Y sabéis por qué? Porque tienen un horario decente, humano, y tiempo, un sueldo digno y, como mucho, un ajuste en su salario en la mayoría de los casos más que justificado, en toda su vida laboral. En fin, que trabajar un domingo o hacer horas extra que uno no cobra, por mucho que pongamos el grito en el cielo -que, insisto, está bien y creo que hay que hacer-, no deja de ser solo algo más entre toda la serie de injusticias laborales en la sociedad que vienen sucediendo desde hace años. Pero todos, absolutamente todos, tenemos derecho a quejarnos. ¿Sabéis, curiosamente, quiénes se quejan menos? Los que más horas pasan trabajando, tan cansados al final del día y muchos ni siquiera mileruristas, -qué vieja palabra, ya en desuso, hay tantos que ni a eso llegan- , que en el metro se quedan dormidos de pie -juro que lo he visto- o que se pasan de parada, y ojo, no son obreros de la construcción, sino simples oficinistas que solo piensan en el partido del Madrid, en no olvidar la bolsa nevera a sus pies cuando salgan del vagón, idéntica a las otras nueve de los otros viajeros que lo rodean, tan idénticos en sueños y en falta de ellos que no te atrevas a sugerirles que trabajen un domingo porque no te escucharán, estarán durmiendo, lo suyo en domingo, vaya, hasta bien entrada la mañana.

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