Las ventanas son más que aberturas en los muros para observar el exterior, son las puertas al recuerdo ya que por ellas podemos soñar si miramos observando distraídamente o con atención. Las ventanas están para respirar con los ojos mientras escribes, o lees o piensas. Las ventanas son la escapada del que está quieto porque hace frío o calor fuera, aunque también podemos mirar por las ventanas de otros desde la calle y esto no es tan correcto. Las ventanas nos protegen del exterior pero nos implican con el resto, tenemos que mirar, ver el cielo, ver el avión a lo lejos, ver la lluvia y quedarnos atrapados en su ritmo, ver… Ver.
Me asomo a la vida de los otros desde la ventana mientras pienso o escribo. A veces uno hace que ve y otras que escribe pero en realidad está pensando, en los dos casos, no presta atención a lo que pasa por sus ojos ni por sus dedos, porque las palabras se esfuman apenas ha empezado a escribirlas, el pensamiento ocupándolo todo, los dedos como gusanos independientes de uno que se pusieran a hacer sus cosas mientras nosotros continuamos abstraídos.
Miro a través de una gran ventana por la que incluso los días nublados entra la luz y por la noche el reflejo de la luna. Lo veo todo, como en una bola de cristal, los seres que se mueven en el suelo, un poco más abajo, de los que parece me separase incluso el tiempo, que me da la sensación de que es otro. Los días de invierno los veo pasar como hormiguitas abrigadas y deprisa pero los días de calor están parados y sus pequeños cuerpos se mueven despacio, son perezosos como el tiempo. Parece que yo estuviera en otra galaxia, en otro momento, viendo pasar lo que no soy y me gustaría desde mi ventana al mundo. Cuando bajo y por fin los tengo cerca y soy uno de ellos supongo que alguien, desde su ventana, estará también viendo cómo me muevo, hoy lentamente, que hace calor y me ahogan los malos recuerdos que me han echado a la calle.
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