miércoles, 19 de octubre de 2011

Como en casa

Me gustan las ciudades grandes porque a veces me suceden cosas curiosas que no esperaba y me dan vidilla. Me atrae de ellas la oportunidad de poder conocer gente nueva a diario y al mismo tiempo moverme por lugares en los que veré las mismas caras y compañías que el día anterior. Perderse y encontrarse, el juego de las ciudades. Puedes cruzarte con personas a las que no veías hace años o no cruzarte, aunque quieras, con quien querrías. Sentirte extranjero y como en tu propia casa: en esta paradoja me balanceo. Una ciudad por la que salir a caminar sin rumbo fijo y no saber si vas a terminar en un cine, en casa de un amigo o haciendo algo sorprendente.


Hace un par de meses, buscaba un libro en la calle Hortaleza y me dirigía a una librería de viejo para comprarlo. Cuando estaba llegando, me paró una viejecilla con olor a alcanfor. Amable, sonriente y muy maquillada, el pelo corto bien tirante, llevaba una cartera en la mano, una especie de neceser. Algo encogida, me miró desde sus ojos claros mal pintados y me dijo si le podía hacer un favor. Abrió la cartera que llevaba y sacó unos pendientes de brillantes y perlas. Los tendió hacia mí. Ella sola no podía ponérselos. Me fijé entonces en sus manos temblorosas y pensé que era imposible pudieran acometer una tarea de precisión como introducir en los agujeros de sus orejas unos pendientes. Vivía ahí mismo, dijo, pero sola, y su pulso no era el de antes -se disculpó-. Al rato me aparté con ella a un lado de la acera para no interrumpir el tránsito de viandantes, que abundan en esa calle. Y sí, de repente, una hora después de haber salido de casa, algo oscuro el ánimo a pesar del verano e intentando consolarme con la compra del libro que llevaba esperando unos meses, me encontraba poniéndole unos pendientes a una mujer desconocida en mitad de la calle. Después de agradecerme efusivamente la ayuda y de darme el número de su portal y de su piso para que la visitara cuando quisiera –vivía al lado de la librería a la que iba yo-, nos despedimos. Noté que cojeaba y entonces se levantó el vestido por encima de la rodilla y me enseñó una cicatriz: “El médico me recomendó ejercicio, así que voy a unas clases de baile que da el Ayuntamiento. Por tres euros lo pasamos muy bien”. Eran las seis de la tarde y hacía un calor asfixiante, de agosto madrileño. Se alejó feliz con su cojera y sus pendientes, práctica, espléndida, conmovedora sin saberlo. Y a mí el ánimo se me iluminó y en la calle Hortaleza me sentí como en casa.

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