Dice un personaje de Gao Xingjian en La montaña del alma: “Yo, mientras pueda leer, soy feliz”. Cuando lo leí me sentí, claro, muy identificada porque leer es para mí la “actividad base” sobre la que giran todas las demás, ni siquiera la escritura puede competir, eso es algo propio que he de madurar. La lectura me permite evasión y reconocimiento y un aprendizaje inmediato que solo horas y horas de escritura pueden equiparar, con el consiguiente desgaste de energía.
Leer no me desgasta. Me anima, me activa y me alegra. Leo cuando voy en el transporte público, no solo los textos de mis libros, también los anuncios o los fragmentos literarios que han seleccionado para una campaña de la lectura en el Metro de Madrid y que se han pegado en el interior de los vagones pero que solo puedes leer cuando no te queda más remedio, apretujada contra el texto, leyendo como cíclope. Una vez sentados no se aprecian. También eso lo leo. Leo mucho los componentes de los alimentos cuando no tengo nada mejor a mano mientras tomo el primer café de la mañana, tan dormida que, aunque quisiera, no podría leer mucho más. Mastico mi tostada y con los ojos casi pegados leo los textos de la mermelada o de la mantequilla, mucho más largo y entretenido el de la caja de cereales. Leo una publicidad que recogí anoche en el buzón -todavía las mandan, hasta cuándo- y que me ofrece una limpieza dental gratuita, que incluye una valoración de mi boca. No me gusta demasiada luz a primera hora de la mañana, quiero ir despertando poco a poco, así que me alivia tener únicamente encendida en la cocina la diminuta luz junto a la campana extractora que me acompaña y no me incomoda, e ilumina solo lo necesario para no tomar mayonesa cuando lo que quería era mermelada. Lo justo.
Leo, camino al metro, los anuncios en las paradas del autobús, y últimamente mucho Se vende y Se alquila en los balcones. En las fachadas de los edificios y en algunas farolas han pegado anuncios personales de servicios económicos, en los que abundan las chapuzas a domicilio pero también las clases particulares. Me quedo con este: Doy clases de piano, de teatro, de todas las asignaturas de la ESO y de Tai Chi. Ya nada me extraña en estos tiempos.
Leo porque forma parte de mi trabajo y de mi profesión corregir lo que otros han escrito y para hacerlo he de leer primero, a conciencia, como si me fuera la vida en ello. Leo en pantalla de ordenador, leo en papel. Leo.
Leo los mensajes de mi teléfono móvil y lo que pone en las camisetas de mis compañeros de oficina, mensajes ingeniosos en una competencia silenciosa de ser los más originales. Leo y leo durante el día y por la noche. Cuando cierro los ojos, a veces aún el dedo entre las páginas del libro que me va a llevar al sueño y descansa en mi regazo, leo lo que soy y lo que siento, la gran obra cotidiana que repasa los momentos del día, lo que haré al siguiente y cómo solucionaré ese problema que me aqueja. Yo -pienso-, mientras pueda leer, soy feliz.
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