De muchos autores se nos olvida su desgracia, que en unos casos fue para siempre y en otros duró un tiempo que siempre quisieron olvidar. Ese tiempo, la mayoría de las veces anterior al éxito y el reconocimiento del público, en el que luchaban por darse a conocer, sufrían y durante el que recibieron los reveses y las humillaciones o los molestos silencios que los que escribimos hemos recibido alguna vez. El anonimato da, sin embargo, muchas ventajas que los que nos dedicamos a una tarea creativa valoramos muy positivamente. Cuando quieres ocultarte, puedes y nadie te exige que tu segunda novela o el texto siguiente sea mejor que la primera o el anterior ni que vendas mil ejemplares más, ya que lo previo ni siquiera se publicó.
En la década de los años 50, José Saramago escribió Claraboia y la envió a una editorial que no le contestó. Se sintió tan agraviado, aunque años después la misma editorial encontró el manuscrito, perdido en una mudanza, que dejó de escribir durante veinte años. Imaginemos que la debilidad, la desidia, el desencanto, la decepción hubieran vencido al escritor portugués y que ni mucho después hubiera vuelto a escribir. Imaginemos que por culpa de una absurda e inocente mudanza –nunca lo son, siempre se pierden cosas importantes o bien por rotura o por una desaparición misteriosa- no hubiéramos llegado a disfrutar de la obra de este autor. Nuestro concepto sobre la pérdida de la ceguera sería otro, no habríamos leído un Evangelio tan humano y no sentiríamos el año de la muerte de Ricardo Reis como la de un familiar cercano al que quisimos mucho. El mismo concepto de novela, el concepto y forma que hoy conocemos, no habría sido así sin él, nunca la puntuación o la falta de ella habrían tenido tanta importancia en el estilo y la propia historia de los personajes de una novela. El intelectual comprometido no se entendería sin él. Claraboya –traducida del portugués- es, afortunadamente para nosotros, una nueva obra de Saramago a pesar de ser su primera novela. Póstumo no es el primero, ha habido otros y los habrá siempre, como Zweig o Bolaño, cuyas nuevas obras parecen salidas, tras su muerte, de las chisteras de los mago-editores como por arte de magia. No me importa, por supuesto, lo agradezco en el fondo. Digamos que me gustan los esfuerzos a largo plazo, marcarme metas en la distancia y ver cómo voy avanzando. Del mismo modo, ir leyendo a un autor paulatinamente y no de una vez, me hace disfrutar más aún de lo que me gusta. Cuando hace unas pocas horas solamente aún pensaba que ya no había nada más que leer de Saramago, que ya lo había devorado todo, era un poco menos feliz. Gracias a la noticia de la publicación de Claraboya mi ánimo ha mejorado y mi anonimato se ve reforzado con la noticia porque quién sabe cuándo y quién rescatará mi primera novela de un cajón o de una caja olvidada en la mudanza de una editorial y la publicará pensando que se trata de algo que merece la pena leerse.
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