viernes, 7 de octubre de 2011

La vida en “i”

Hasta hace solo tres años no pude tener una manzana mordisqueada en ninguno de los distintos dispositivos ni aparatos electrónicos que poseo, es decir, y por encima del resto de las cualidades, un objeto que cumpliera la función para la que fue fabricado pero que además fuera bonito. La tecnología Apple llegó a mi vida a través de un iPod de segundísima mano, rayado y viejo, que un –viejo también- amigo me regaló cuando adquirió un nuevo modelo mucho mejor. Está tan anticuado y gastado que ha perdido en realidad su belleza y ya no resulta sorprendente por lo diminuto y ligero, ahora parece gigante y pesado, incluso basto. Con lo de un modelo mucho mejor los que me rodean basan su adquisición de nuevas versiones de todos los aparatitos, gadgets y ordenadores que poseen y que cada cierto tiempo renuevan. Los números, que una mejora de una aplicación o un nuevo diseño justifican, acompañan ya al nombre técnico y comercial como su seña de identidad más fiable que los hacen únicos y deseables y los convierten en objetos de culto.

Ahora ya no hay Mp3, hay iPod. No hay ordenadores, hay Mac, no hay teléfonos móviles, hay iPhone y, por supuesto, no hay tablets, hay iPad. Así, la vida es “i” desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sobre todo para los que pueden permitírselo. Conozco a muchos que se estresan ante la nueva versión que va a salir y añoran ya porque no tienen y quizá no puedan tener en mucho tiempo. Los oigo hacer cálculos económicos con la paga extra más los ahorros de por medio para saber cuándo podrán comprar el nuevo modelo, número 5, número 8, número “i” de algo que ya tienen y les funciona perfectamente.

En general, he de hacer un gran esfuerzo si quiero renovar mi tecnología. Escribo en un PC -“¡Qué aberración! ¿Cómo no tienes un Mac?” Lo sé, me disculpo- desde hace cinco años que a pesar de ser portátil he de mantener enchufado porque la batería se agota a los veinte minutos. Mi dispositivo para escuchar música es un iPod viejito, viejito del que ya hablé -el de mi sobrina de diez años tiene vídeo y color, mi vida aún en blanco y negro- y aunque en el trabajo redacto con un Mac no puedo considerarlo una posesión, es solo un préstamo. Mis “posesiones Mac” son, pues, muy pocas. Todos deberíamos tener alguna vez algo Mac en nuestra vida porque las cosas bonitas, no solo útiles, también hacen feliz. Quiero una manzana mordisqueada en mi vida a la que quitarle el plastiquito de fábrica que la recubra y que huela a nuevo. Quiero una vida en “i” de vez en cuando.

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