jueves, 20 de octubre de 2011

Llegó

Comencé ayer a escribir sobre la falta de otoño y la reivindicación de la nostalgia pero hoy parece que por fin ha llegado, luminoso, así que he de cambiar de tercio. El viento se ha llevado parte de la boina que nos cubría –aunque la señora Botella diga que ella no sabe nada de boinas–.


Ayer iba a reivindicar el otoño, la vuelta de las estaciones, no esta mezcla de ellas que me han dejado ausente y me llevado a pisar hojas en agosto y tostarme al sol de octubre.

Pero ya está aquí, con el fresco de la sierra afilado que me corta los labios, la cara y me enrojece la nariz. Mis paseos mañaneros serán a partir de hoy distintos y las calles se llenarán de hojas, como las de esta mañana, que se han ido amontonando por grandes grupos durante la noche y me han permitido no tener que saltar como una niña de un lado a otro de la acera para pisar las más gorditas, las que sabes que sonarán cuando las aplastes con la suela. Hoy todo era un crujir el caminar por el paseo del Prado y las personas con las que me cruzo cada mañana iban un poco más encogidas de lo habitual pero felices porque por fin llegó el otoño.


También me gustan los días de otoño en los que las mismas hojas que sonaban ayer, de repente, mojadas y silenciosas, se te pegan en la suela del zapato y te hacen resbalar un poco. Me gusta la lluvia en otoño, que no llega, y aunque sé que me va a deprimir un poco, lo prefiero a esta ausencia de agua que me perturba y me deja en un limbo de estaciones.


Ha llegado mi otoño madrileño de marrones y verdes como sus habitantes, duros, hechos a esta ciudad atareada que se vuelve más complicada con el otoño en marcha pero también más hermosa y despejada, serrana y brillante. La luz del otoño madrileño me da alas y viento y ganas de bufanda, de meterme en el cine, de siesta con mantita, de Bach a todas horas.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Como en casa

Me gustan las ciudades grandes porque a veces me suceden cosas curiosas que no esperaba y me dan vidilla. Me atrae de ellas la oportunidad de poder conocer gente nueva a diario y al mismo tiempo moverme por lugares en los que veré las mismas caras y compañías que el día anterior. Perderse y encontrarse, el juego de las ciudades. Puedes cruzarte con personas a las que no veías hace años o no cruzarte, aunque quieras, con quien querrías. Sentirte extranjero y como en tu propia casa: en esta paradoja me balanceo. Una ciudad por la que salir a caminar sin rumbo fijo y no saber si vas a terminar en un cine, en casa de un amigo o haciendo algo sorprendente.


Hace un par de meses, buscaba un libro en la calle Hortaleza y me dirigía a una librería de viejo para comprarlo. Cuando estaba llegando, me paró una viejecilla con olor a alcanfor. Amable, sonriente y muy maquillada, el pelo corto bien tirante, llevaba una cartera en la mano, una especie de neceser. Algo encogida, me miró desde sus ojos claros mal pintados y me dijo si le podía hacer un favor. Abrió la cartera que llevaba y sacó unos pendientes de brillantes y perlas. Los tendió hacia mí. Ella sola no podía ponérselos. Me fijé entonces en sus manos temblorosas y pensé que era imposible pudieran acometer una tarea de precisión como introducir en los agujeros de sus orejas unos pendientes. Vivía ahí mismo, dijo, pero sola, y su pulso no era el de antes -se disculpó-. Al rato me aparté con ella a un lado de la acera para no interrumpir el tránsito de viandantes, que abundan en esa calle. Y sí, de repente, una hora después de haber salido de casa, algo oscuro el ánimo a pesar del verano e intentando consolarme con la compra del libro que llevaba esperando unos meses, me encontraba poniéndole unos pendientes a una mujer desconocida en mitad de la calle. Después de agradecerme efusivamente la ayuda y de darme el número de su portal y de su piso para que la visitara cuando quisiera –vivía al lado de la librería a la que iba yo-, nos despedimos. Noté que cojeaba y entonces se levantó el vestido por encima de la rodilla y me enseñó una cicatriz: “El médico me recomendó ejercicio, así que voy a unas clases de baile que da el Ayuntamiento. Por tres euros lo pasamos muy bien”. Eran las seis de la tarde y hacía un calor asfixiante, de agosto madrileño. Se alejó feliz con su cojera y sus pendientes, práctica, espléndida, conmovedora sin saberlo. Y a mí el ánimo se me iluminó y en la calle Hortaleza me sentí como en casa.

martes, 18 de octubre de 2011

Qué suerte

Me debato entre creer en el azar o en la suerte, y es así que voy adaptando los sucesos que acaecen y los coloco en uno u otro lugar.


Cuando consigues un nuevo trabajo y todos tus conocidos están en paro el comentario habitual es: “¡Qué suerte!”. Si te dan un premio por tu valía o un bono en la empresa que te gratifica por un duro año de trabajo, de nuevo oyes: “¡Qué suerte!”. Del mismo modo, cuando alguien no encuentra trabajo porque no busca, no envía currícula actualizados a las empresas, no investiga nuevos lugares en la red donde colgarlos, no pregunta, no husmea, no patea, los que le rodean dirán, cuando escuchen que no encuentra trabajo y por eso vive del paro: “¡Qué mala suerte!”. Nadie, jamás, se atreverá a decirte: “Tienes que buscar más, no trabajas porque no te lo curras lo suficiente”. Y no es que no lo digan por hipocresía y en el fondo piensen eso pero no se atrevan a decírselo al amigo, es que realmente creen en esa mala suerte porque si les sucediera a ellos pensarían exactamente igual y no es bueno creer que un colega no se esfuerza demasiado y tener que aplicarse el cuento uno mismo antes o después.


Esas malas suertes nos consuelan, al igual que creer en el azar, pues gracias a ellos podemos relajarnos, ya que nada dependerá exclusivamente de nosotros y del esfuerzo personal, siempre se va a ver empañado nuestro logro o fracaso por una intervención ajena, quizá divina. Algunos creen en Dios y otros en el azar y en la suerte, que si lo piensas es un poco igual, porque para creerse toda esa historia de un Dios que crea el mundo de la nada y nos vigila y nos castiga, en fin, cuesta creerlo, me resulta más verosímil Mordor y la Tierra Media, al menos Tolkien lo contó mejor.


Ahora me debato entre el azar, la suerte y algo más, el merecido premio, que una educación cristiana católica me impide disfrutar, pues no es posible recibir algo sin tener que hacer algo más a cambio e incluso sufrir un poquito por ello. No se entienda la simple satisfacción y el simple abandono y disfrute por una tarea bien hecha. En esta sociedad del bienestar no puedes relajarte a secas sin dar gracias al cielo, sin quejarte de la mala suerte de no tener más que el otro a pesar de no esforzarte en conseguirlo como él hizo o en concluir que el destino me tenía deparado lo que soy. Qué cómodo, qué suerte.

lunes, 17 de octubre de 2011

Lo público y lo privado

La frontera entre lo público y lo privado se ha hecho más fina últimamente. Lo que antes guardábamos con celo, se muestra ante todos con descaro, sin importar que el mundo se entere de nuestras borracheras, nuestros amoríos, nuestros miedos y nuestras dudas, con más valor el estado presente inmediato para que me juzguen en el instante y me acompañen en el día, allá donde vaya.

He conocido personas a las que lo privado les incomoda. No, por supuesto, lo de los demás únicamente, también lo propio, y en cuanto les sucede algo digno de mención -o ellos al menos lo creen-, han de compartirlo, sea lo que sea, por mínimo e insignificante. Da la sensación de que si no lo hacen, no lo disfrutan, si no lo gritan a los cuatro vientos, no tiene valor. Para muchos, uno no vale ya sin los demás, y lo que quiera que haga no tiene valor hasta que no satisface a la masa o a esos pocos “amigos” que nos bailan el agua y nos felicitan por nuestros pequeños logros.

Hablo con mis amigos cada una o dos semanas, puede incluso pasar más tiempo, y nos ponemos al día en nuestras cosas, en lo que nos ha ido pasando, en los sucesos destacados, a veces sosos y no demasiado emocionantes. Si tuviera que contar lo que me sucede a diario creo que me volvería loca y volvería locos a los demás. No me interesa contar todo lo que sucede en mi vida, sea o no insignificante, no quiero saber de los demás a cada instante, me gusta cierta emoción y sorpresa, un e-mail o una llamada de vez en cuando, leer y saber de las personas a las que quiero o aprecio o admiro. Me repatean las noticias de semi conocidos en mi Facebook, desgraciadamente inevitables por los comienzos entusiastas cuando me uní a la red social, que me llevaron a añadir a mi lista de contactos a todo dios.

En una época de privatización de lo público, la vida privada se ha ido haciendo más pública que nunca, tanto, que ya no me sorprende nada de mí misma y soy de lo más previsible, igual que el resto. Qué pena, ¿no?

domingo, 16 de octubre de 2011

Votarás

Sucede que a veces aun estando solo, como siempre, uno se siente acompañado. Son momentos importantes, porque detrás de las palabras están también los gestos de un grupo de desconocidos que piensan como tú. Es esa sociedad que, sabemos, hace lo mismo que nosotros y una mañana de domingo se levanta, coge una papeleta, la mete en una urna y las cosas empiezan a cambiar.

Otro día alguien se sienta en una plaza, la de Sol, la llaman en mis sueños, y alguien más hace lo mismo, lo que anima al siguiente, y al siguiente, y entonces se ponen a charlar. “¿Tú por qué has venido?”. “No sé, te vi al pasar y me acerqué”. Empiezan a hablar entonces y se dan cuenta de que tienen mucho en común. Coinciden todos en que hay que cambiar las cosas. “¿Pero cómo?”, pregunta uno. Y poco a poco se van uniendo más personas con ideas de cómo hacerlo y la plaza se llena y entonces otros países se sienten identificados con esos que se sentaron en la plaza luminosa del principio y hacen lo mismo. Hablan, comentan, intentan cambiar el mundo como es, que no les gusta mucho. A unos les gustaría poder vivir sin preocupaciones pagando un alquiler lógico y adecuado a su sueldo. Otro desea tener un hijo, pero cómo va a hacerlo, son tantos los gastos. Su chica lo mira con una sonrisa y cierta pena y le dice: “Pues ya nos queda poquito, que yo no soy una niña…”. En Grecia, un hombre desesperado no quiere hablar y desaparece entre llamas, demasiado dolor para una vida.

Los días en los que se pueden empezar a cambiar las cosas huelen de forma diferente y todo lo que te rodea tiene esa nebulosa de los sueños que hace que no percibas con la nitidez habitual las caras ni las formas. Así, desde la mañana tienes la sensación de que algo está pasando porque empiezas a leer y a escuchar lo que tú mismo has pensado y sentido en los últimos meses. Cuando llegues a la urna pensarás en días atrás, en las marchas con tus compañeros, en la cantidad de cosas que están en juego, en la cultura, en la educación de tus hijos, en tu dignidad, en tu indignación, y votarás.

sábado, 15 de octubre de 2011

Mientras pueda

Dice un personaje de Gao Xingjian en La montaña del alma: “Yo, mientras pueda leer, soy feliz”. Cuando lo leí me sentí, claro, muy identificada porque leer es para mí la “actividad base” sobre la que giran todas las demás, ni siquiera la escritura puede competir, eso es algo propio que he de madurar. La lectura me permite evasión y reconocimiento y un aprendizaje inmediato que solo horas y horas de escritura pueden equiparar, con el consiguiente desgaste de energía.

Leer no me desgasta. Me anima, me activa y me alegra. Leo cuando voy en el transporte público, no solo los textos de mis libros, también los anuncios o los fragmentos literarios que han seleccionado para una campaña de la lectura en el Metro de Madrid y que se han pegado en el interior de los vagones pero que solo puedes leer cuando no te queda más remedio, apretujada contra el texto, leyendo como cíclope. Una vez sentados no se aprecian. También eso lo leo. Leo mucho los componentes de los alimentos cuando no tengo nada mejor a mano mientras tomo el primer café de la mañana, tan dormida que, aunque quisiera, no podría leer mucho más. Mastico mi tostada y con los ojos casi pegados leo los textos de la mermelada o de la mantequilla, mucho más largo y entretenido el de la caja de cereales. Leo una publicidad que recogí anoche en el buzón -todavía las mandan, hasta cuándo- y que me ofrece una limpieza dental gratuita, que incluye una valoración de mi boca. No me gusta demasiada luz a primera hora de la mañana, quiero ir despertando poco a poco, así que me alivia tener únicamente encendida en la cocina la diminuta luz junto a la campana extractora que me acompaña y no me incomoda, e ilumina solo lo necesario para no tomar mayonesa cuando lo que quería era mermelada. Lo justo.

Leo, camino al metro, los anuncios en las paradas del autobús, y últimamente mucho Se vende y Se alquila en los balcones. En las fachadas de los edificios y en algunas farolas han pegado anuncios personales de servicios económicos, en los que abundan las chapuzas a domicilio pero también las clases particulares. Me quedo con este: Doy clases de piano, de teatro, de todas las asignaturas de la ESO y de Tai Chi. Ya nada me extraña en estos tiempos.

Leo porque forma parte de mi trabajo y de mi profesión corregir lo que otros han escrito y para hacerlo he de leer primero, a conciencia, como si me fuera la vida en ello. Leo en pantalla de ordenador, leo en papel. Leo.

Leo los mensajes de mi teléfono móvil y lo que pone en las camisetas de mis compañeros de oficina, mensajes ingeniosos en una competencia silenciosa de ser los más originales. Leo y leo durante el día y por la noche. Cuando cierro los ojos, a veces aún el dedo entre las páginas del libro que me va a llevar al sueño y descansa en mi regazo, leo lo que soy y lo que siento, la gran obra cotidiana que repasa los momentos del día, lo que haré al siguiente y cómo solucionaré ese problema que me aqueja. Yo -pienso-, mientras pueda leer, soy feliz.

viernes, 14 de octubre de 2011

Tú vales mucho

Cuando hace no tanto en España hacías una entrevista de trabajo llegaba siempre el momento de hablar de pasta y todos nos poníamos un poco nerviosos, fuera cual fuera nuestro bando. El entrevistado porque tenía que poner un precio a su trabajo que, sabía, cabía la posibilidad que no admitieran y hubiera que negociar, y el entrevistador porque temía no encontrar el perfil adecuado al puesto y al salario.


Ahora, con los tiempos que corren y lo que está sucediendo también nos ponemos un poco nerviosos. El entrevistado porque no pone precio a su trabajo y sabe que tendrá que aceptar lo que le den, independientemente de lo que ganara en el pasado, a veces no muy lejano, o sí, ahora con más experiencia rondando los cuarenta –años, no euros, ya le gustaría- y con la duda de si aceptar un trabajo en el que le pagarán casi dos veces menos de lo que ganó en el primero de su vida, allá por el año 1995 –por ejemplo-. El entrevistador tiene un dilema moral y un problema laboral. El dilema moral es tener que expresar -con la consiguiente caída de la cara de vergüenza- en voz alta la cantidad que ofrece la empresa en la que está. El problema laboral radica en tener que asumir que muchos saldrán corriendo cuando oigan la oferta, o peor, que los que se queden lo harán por desesperación –de nuevo el problema moral si el entrevistador tiene vergüenza-.


Visto el panorama, estas cosas dan mucho miedo y me hacen preguntarme qué quiero, qué valgo, qué soy. Somos más mercancía que nunca, más cosa, más producto que lo que hemos sido en toda nuestra historia y aunque no estamos defectuosos nos tratan como si lo estuviéramos, como si fuéramos a dar gato por liebre, a engañar sin pudor. Ya nadie más que nosotros mismos se fía de nosotros, así que hay que animarse y decirse uno lo que vale a cada rato, o al menos cada día, porque nadie te lo va a decir, o si te lo dicen sonará a compasión, a pésame o a amor de madre: ¡Con lo que tú vales…!

jueves, 13 de octubre de 2011

Ver

Las ventanas son más que aberturas en los muros para observar el exterior, son las puertas al recuerdo ya que por ellas podemos soñar si miramos observando distraídamente o con atención. Las ventanas están para respirar con los ojos mientras escribes, o lees o piensas. Las ventanas son la escapada del que está quieto porque hace frío o calor fuera, aunque también podemos mirar por las ventanas de otros desde la calle y esto no es tan correcto. Las ventanas nos protegen del exterior pero nos implican con el resto, tenemos que mirar, ver el cielo, ver el avión a lo lejos, ver la lluvia y quedarnos atrapados en su ritmo, ver… Ver.


Me asomo a la vida de los otros desde la ventana mientras pienso o escribo. A veces uno hace que ve y otras que escribe pero en realidad está pensando, en los dos casos, no presta atención a lo que pasa por sus ojos ni por sus dedos, porque las palabras se esfuman apenas ha empezado a escribirlas, el pensamiento ocupándolo todo, los dedos como gusanos independientes de uno que se pusieran a hacer sus cosas mientras nosotros continuamos abstraídos.


Miro a través de una gran ventana por la que incluso los días nublados entra la luz y por la noche el reflejo de la luna. Lo veo todo, como en una bola de cristal, los seres que se mueven en el suelo, un poco más abajo, de los que parece me separase incluso el tiempo, que me da la sensación de que es otro. Los días de invierno los veo pasar como hormiguitas abrigadas y deprisa pero los días de calor están parados y sus pequeños cuerpos se mueven despacio, son perezosos como el tiempo. Parece que yo estuviera en otra galaxia, en otro momento, viendo pasar lo que no soy y me gustaría desde mi ventana al mundo. Cuando bajo y por fin los tengo cerca y soy uno de ellos supongo que alguien, desde su ventana, estará también viendo cómo me muevo, hoy lentamente, que hace calor y me ahogan los malos recuerdos que me han echado a la calle.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lo del medio

Hay días en los que los finales son desoladores y uno no sabe qué hizo mal, desde el principio, y repasa cada instante desde que sonó la alarma de la mañana hasta que nos vimos inmersos, a última hora, o casi, en la pena o la desidia, a veces el cabreo que, en todas sus formas hacen del final del día un momento desolador.

No soy una persona que esté acostumbrada a los finales felices pero tampoco a los inicios tristes. Y así, prefiero un drama al final que de principio a fin. Me levanto sola cada mañana, sin besos ni abrazos que echar de menos y añorar el resto del día laborable, lo que me hace más dura. Y no sé de dónde tiro, cuál es el hilo invisible que me sostiene, pero algo superior a mí misma me ata al optimismo o al menos a la supervivencia. La vida puede empezar muy bien y acabar como uno quiera, este es mi descubrimiento reciente. Sé que puedo dirigir hasta cierto punto el estado de ánimo con el que afrontar el destino, en el que creo; el azar, en el que en el fondo me gustaría no creer. Ahí están, los dos, impuestos, no elegidos, para ser domeñados por mi decisión de estar triste o alegre, de ser cazador o cazado.

Siempre habrá un motivo para la tristeza, solo hay que echar un ojo alrededor cada mañana, pero también -no hay que olvidarlo- siempre va a haber algo en lo que confiar, empezando por uno mismo. Sin nosotros, qué sería de nuestras vidas. Somos tan importantes y nos hacemos tan de menos. Fumamos, comemos basura o no comemos, nos machacamos en los gimnasios o nos abandonamos al sofá y a la propia vida, y una vez en ella, cada mañana y cada noche, nos quejamos, nos deprimimos, preguntándonos qué hacemos mal, sin darnos cuenta de la importancia de tenernos y de guiarnos, la mejor compañía imaginable tan cerca y tan poco aprovechada.

Puede que haya finales de día malos, finales de vida horribles por el azar, el destino o la voluntad, a pesar de los buenos comienzos, pero qué divertido puede ser lo del medio, donde puedo intentar ser lo que quiera, probar a amar, a crear, a imaginar. Vivir tiene mucho de imaginación y de creatividad. Hacerse un día requiere de talento, y todos de algún modo lo tenemos, así que no hay más que ponerse a ello y ver qué sale. A más esfuerzo, mejores resultados, eso sí. Puedes llegar incluso a esquivar azares y destinos indeseables.

martes, 11 de octubre de 2011

La tímida izquierda

Cuando eres pequeño te animan a no ser tímido, a que te atrevas a cantar en público, a participar en la obra de teatro del colegio, a opinar, a decir lo que piensas, sin miedo. Una vez se crece muchos se quedan con la faceta del vergonzoso, insuperable la timidez desde que eran niños. En la política en España hay una izquierda tímida, como la denominó Carrillo, que no se atreve a enfrentarse a los que creen tener la razón por no parecer extremistas y por ese espíritu conciliador que ha caracterizado a la izquierda española tras la pérdida de la Guerra Civil. El miedo a no parecerse al adversario, a la derechona, bravucona e insultante, ha convertido a la izquierda en un excesivamente tolerante grupo de seres pusilánimes en ocasiones que sí, se enfadan, se irritan, conversan, dialogan –bajito, por supuesto- pero no cambian. Hay que hablar alto y claro a veces, con la razón en una mano y los muertos de una guerra iniciada por un militar furibundo más los de una larga dictadura, en la otra, para buscar, como sea, la justicia que concilie la memoria.

Es lo que un grupo de expertos está valorando ahora: cómo conciliar en el Valle de los Caídos –el mayor monumento al franquismo y la mayor fosa común de España, entre cuyas víctimas hay casi quinientos fusilados republicanos que descansan junto a su verdugo- la memoria de esas dos Españas que, opino, no hay que tratar de igual modo y veo difícil equiparar. Si, como en la transición, suavizamos los ánimos para no alterar a la bestia, finalmente se volverá en nuestra contra y la derecha seguirá arramplando con la dignidad, el ciudadano y nuestra libertad de expresión. A mes y medio de las elecciones, este grupo de expertos en conciliar ánimos y memorias ha pedido una prórroga al gobierno que se extiende más allá del 20 N, fecha aciaga en tantos sentidos. Así pues habrá que esperar, más y más, a que algo que se debería haber resuelto hace más de veinte años –y que ya intentó en su momento Felipe González y no consiguió- sea todavía una acción inconfesable, aunque justa, por miedo, por timidez, porque alguien más fuerte te pegue en la cara, el brazo en alto, y te diga que estás en democracia, que eso es cosa del pasado, que para qué cambiar las cosas. Y así, un 20 N más tendremos que aguantar a los peregrinos festejando al dictador y a los que llenarán las calles, si la tímida izquierda no lo impide, de banderas rojas y amarillas con un escudo gallináceo en el centro.

lunes, 10 de octubre de 2011

La transición

El lunes es más importante la transición que el resto de la semana, aunque si puedo la vivo todos los días laborables. Lo explico. La perspectiva diaria de llegar al trabajo y comenzar las tareas que me corresponde hacer, como a todos, implica cargarse de energía y tener un espíritu positivo y luchador. “Vamos, tú puedes”, me digo en la ducha. Y llegando ya a la oficina: “Venga, no tengas miedo”. Una vez han pasado las dos primeras horas, quizá solo con una, depende del día, ya me he integrado y parece incluso que llevara allí días y días, sin dormir, viviendo frente al escritorio, soñando con mis excel y mis word, el perfecto empleado al ataque. Todos los días, sin embargo, la transición me conmueve. Subo al vagón apretado. Los lunes todos queremos ser puntuales pero es el día en el que estamos más dormidos. A punto de cerrarse las puertas del vagón –ya sonó el pitido- aún no me he acoplado al hueco diminuto para mí, y los cuerpos que ya están dentro se esfuerzan en impedírmelo. Nadie quiere un empujón más ni un centímetro menos ni una carpeta o una mochila que le apriete las costillas. Empujo, sin embargo, firmemente, y logro por fin mantener mis pies dentro del vagón y de mi reducido espacio. Y entonces, me relajo. Me dejo arrullar por el balanceo, poco más puedo hacer, aunque en Sol tomamos una curva que me habría hecho caer en otras circunstancias pero cuyo ímpetu frena, en este caso, el resto de los cuerpos. Somos todos uno, estoy bien sujeta, puedo relajarme sin temor, el bolso pegado al pecho, sin carteristas madrugadores inoportunos.

Empiezo a pensar entonces en las sábanas calientes que he abandonado y que sin embargo, sé, volverán a cubrirme esta noche. Me pregunto qué pasará en House esta semana y qué nuevas noticias habrá en torno a la crisis. Pienso en Inside Job, que vi anoche en la cineteca del Matadero, en el dinero sucio pero también en los buenos amigos. En los besos del fin de semana, en las nuevas recetas que invento aprovechando el tiempo eterno que se nos otorga los días festivos. Vuelvo a las sábanas calientes. El vagón se ha vaciado un poco. A pesar de las crisis y de los parados cada mañana nos apretujamos en los vagones y los cuerpos me enternecen porque me recuerdan a mí misma, todos uno, los mismos pesares, las mismas alegrías, o muy parecidas, los mismos táper.

Llego a mi parada después de haber reflexionado, de haberme preparado para el comienzo de la semana. Ya en la salida del metro, en la calle, me encuentro con los compañeros, como cuando iba al cole –“¿Qué tal tu finde? Yo fui a la sierra”-. Y sé que todos, aunque disimulen hablándote de otros temas, y haciendo que se interesan por los tuyos, y a pesar del momento de transición en los vagones, están pensando en las sábanas calientes y en los besos y abrazos que recibirán esta noche al llegar a casa, como siempre.

domingo, 9 de octubre de 2011

Creo

Tengo miedo. Miedo de que un día al levantarme y salir a la calle nadie me entienda. De que las palabras, de repente, no tengan el valor que tuvieron, que debieron tener y que el que sabía haya olvidado. Tengo miedo de las nuevas generaciones que no tienen derecho a una enseñanza digna y en condiciones. Que no se eduque lo suficiente en las escuelas y que solo los que puedan pagar una enseñanza privada puedan aprender con buenos profesores. Tengo miedo a que los niños no tengan una maestra, ni profe ni seño a la que recordar con cariño en el futuro.

Yo me eduqué en la pública y en la privada. El colegio privado al que fui estaba dirigido por un cura y las profesoras eran monjiles, que no monjas. Recuerdo unos años felices con ciertas angustias y “problemas” hoy impensables, creo, no sé cómo está la educación en la privada católica. Una profesora me pegó un día con una regla de madera porque no supe resolver una operación matemática. Rezábamos mucho, todo el rato, así que pensé, cuando me encontré frente a la pizarra ante el problema, que si rezaba un poco más en aquel momento, Dios me ayudaría. Pero ni él ni nadie lo hicieron, y cuando más convencida estaba de que llegaría, de que al fin vendría la solución, la ayuda desde lo más alto, sentí en mi cabeza el golpe y fui a sentarme, avergonzada pero ya aliviada de no tener que seguir de pie sufriendo. Sin embargo, lo más grave vino sin que me diera cuenta de ello hasta muchos años después, el recuerdo aparcado en un rincón de mi cabeza que de repente apareció para turbarme. Una mañana, después de nuestro rezo matutino nos llevaron a una sala audiovisual, a mi clase y a otras dos, y nos mostraron un vídeo al más puro estilo gore, en el que miembros cortados de bebés aparecían tirados en una papelera. La película duró una hora aproximadamente. No podíamos cerrar los ojos a pesar del horror, el morbo y terror simultáneos que te obligan a mirar aunque no quieras. Esta era la manera ejemplar e integrista de convencernos, con nueve años, de que el aborto era un asesinato. Años después mi hermana me contó lo afectada que llegué a casa. Sé que hice los mayores esfuerzos por olvidarlo y lo conseguí, hasta ahora. La enseñanza que me dieron estos seres crueles y mentirosos no es la que desearía a nadie al que apreciara. Creo en una enseñanza pública de calidad en la que los profesores estén motivados y no obliguen a ningún rezo ni a ver documentales engañosos para torturar y tergiversar las mentes infantiles. Creo en la libertad de elección de la educación y en la educación pública porque garantiza un conocimiento objetivo a través de personas con vocación de enseñar, formadas para ello, que no dogmatizan ni engañan. Pero por encima de todo creo en la libertad, que sin educación es casi imposible. Saber te hace libre. No saber, miedoso y zafio, y en consecuencia rencoroso y desconfiado, irascible, violento.

sábado, 8 de octubre de 2011

Las partes subrayadas

Paso la mañana en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, en el Paseo de Recoletos, que se celebra en otoño. Es uno de los placeres del comienzo de la nueva estación, pasear entre los libros, pararme, husmear, elegir. En una de las casetas descubro un ejemplar que me interesa. Lo abro por la primera página y leo: De Joaquín. Por nuestro 32 aniversario. Y a continuación hay una firma ininteligible que podría significar María o Miriam. Después, el año, 1992. Dejo en su sitio el libro con cuidado, de repente ha adquirido con la autodedicatoria un valor que no tenía. Cojo otro que está cerca y esta vez la letra, la misma, solo se distingue en la fecha y de nuevo la firma informe que cuesta descrifrar. Salto a otro libro, después a otro más. La mayoría de los títulos del cajón con el cartel de Novela son de una misma persona que ya no los tiene en su casa ni en sus estanterías. Pienso que quizá los haya vendido, pero me hace dudar de esta posibilidad el libro que celebra el 32 aniversario, ya que es un regalo, y los libros regalados no se venden. Quizá se separó de ese Joaquín al que no quiere volver a ver, pero también puede ser, quizá, que María o Miriam haya muerto y su biblioteca se haya vendido, expuesta ahora su vida en una feria de segunda mano que vende más que libros y ficciones, también, implícitamente, la vida de muchas personas cuyas trayectorias y gustos quedan plasmados en las primeras páginas de los libros, en las marcas de su interior, en la propia elección de los títulos, que los definen.

Anoto yo también en todos mis libros. Me encanta aludir al margen de las páginas a una anécdota o quizá mencionar un tema que me interesa y que el autor me ha recordado por lo que ha escrito. No siempre anota uno lo mismo. Si volviéramos a leer un libro que leímos hace diez años escribiríamos otras notas o quizá ninguna, porque lo que nos llamó la atención en su momento ya es sabido y no nos sorprende. Somos distintos en cada etapa de nuestra vida y los años también pasan por los libros. De vez en cuando cojo al azar un volumen de una de mis estanterías y lo abro, lo hojeo y me encuentro definida -cómo era en ese momento- leyendo lo subrayado. A veces hay simplemente una flecha o unos signos de admiración de apertura y cierre que me advierten de dónde me paré, dónde me detuve a señalar, qué me importaba entonces. Por supuesto, como María o Miriam, yo también me autodedico libros, no solo los regalados, también los que compro yo misma, en los que escribo: Encontrado un día luminoso o Una mañana de octubre en la Feria del Libro Antiguo. Y espero, lo pido, que mis libros no se vendan, que los que los hereden o reciban los hojeen y así puedan conocerme mejor, cómo era yo por mis subrayados, por la elección de mis lecturas.

viernes, 7 de octubre de 2011

La vida en “i”

Hasta hace solo tres años no pude tener una manzana mordisqueada en ninguno de los distintos dispositivos ni aparatos electrónicos que poseo, es decir, y por encima del resto de las cualidades, un objeto que cumpliera la función para la que fue fabricado pero que además fuera bonito. La tecnología Apple llegó a mi vida a través de un iPod de segundísima mano, rayado y viejo, que un –viejo también- amigo me regaló cuando adquirió un nuevo modelo mucho mejor. Está tan anticuado y gastado que ha perdido en realidad su belleza y ya no resulta sorprendente por lo diminuto y ligero, ahora parece gigante y pesado, incluso basto. Con lo de un modelo mucho mejor los que me rodean basan su adquisición de nuevas versiones de todos los aparatitos, gadgets y ordenadores que poseen y que cada cierto tiempo renuevan. Los números, que una mejora de una aplicación o un nuevo diseño justifican, acompañan ya al nombre técnico y comercial como su seña de identidad más fiable que los hacen únicos y deseables y los convierten en objetos de culto.

Ahora ya no hay Mp3, hay iPod. No hay ordenadores, hay Mac, no hay teléfonos móviles, hay iPhone y, por supuesto, no hay tablets, hay iPad. Así, la vida es “i” desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sobre todo para los que pueden permitírselo. Conozco a muchos que se estresan ante la nueva versión que va a salir y añoran ya porque no tienen y quizá no puedan tener en mucho tiempo. Los oigo hacer cálculos económicos con la paga extra más los ahorros de por medio para saber cuándo podrán comprar el nuevo modelo, número 5, número 8, número “i” de algo que ya tienen y les funciona perfectamente.

En general, he de hacer un gran esfuerzo si quiero renovar mi tecnología. Escribo en un PC -“¡Qué aberración! ¿Cómo no tienes un Mac?” Lo sé, me disculpo- desde hace cinco años que a pesar de ser portátil he de mantener enchufado porque la batería se agota a los veinte minutos. Mi dispositivo para escuchar música es un iPod viejito, viejito del que ya hablé -el de mi sobrina de diez años tiene vídeo y color, mi vida aún en blanco y negro- y aunque en el trabajo redacto con un Mac no puedo considerarlo una posesión, es solo un préstamo. Mis “posesiones Mac” son, pues, muy pocas. Todos deberíamos tener alguna vez algo Mac en nuestra vida porque las cosas bonitas, no solo útiles, también hacen feliz. Quiero una manzana mordisqueada en mi vida a la que quitarle el plastiquito de fábrica que la recubra y que huela a nuevo. Quiero una vida en “i” de vez en cuando.

jueves, 6 de octubre de 2011

El juego de los jueves

Hay días en que salgo de casa para ir a trabajar y desde que piso la calle imagino que soy turista e intento ver la ciudad como si lo fuera. Me fijo en cada detalle curioso, que de no haber sido de esta ciudad e incluso de este país, no me hubiera llamado la atención. Pero es que hay cosas que uno ve cuando viaja que son idénticas en su ciudad de origen y residencia pero que con las prisas del día a día no había visto y en el extranjero aprecia. O cosas únicas que simplemente pasan por nuestro lado sin que les echemos un vistazo. Muchas veces no vemos y aunque sea grande y hermoso el edificio, y el cielo tenga un azul insólito apenas sabemos si estamos en la realidad o caminando por un decorado. Por eso poner, en ocasiones, ojos de turista es interesante para analizar lo bueno y lo malo, apreciar las cosas en su justa medida, valorar el lugar donde vivimos, elegido, impuesto o simplemente producto del azar. Me gusta pensar que he elegido este destino. Que de todos los lugares a los que podía haber viajado de turista he pensado en pasar unos días por aquí.

Como antes de llegar me he leído bien la guía y el primer día en la ciudad fui a ver la exposición en el Thyssen de Antonio López, reconozco inmediatamente la esquina de la Gran Vía con la joyería Grassy de uno de los cuadros más famosos y alabados del pintor. El edificio del Congreso me resulta pequeño y provinciano y advierto que hoy hay policías rodeándolo, más de lo habitual, quizá el movimiento 15M haya preparado una jornada de protesta por la votación de una ley injusta. El Círculo de Bellas Artes con ojos de turista es una de mis debilidades, tan elegante, algo decadente también, de casino de provincia venido a menos, de baile de máscaras en los años 30. Pienso que si fuera turista de verdad entraría, me sentaría a una mesita y pediría un café con leche para observar desde ahí el cielo y la Gran Vía incipiente a través de los amplios ventanales que me rodearían. No vería defectos –intento no verlos cuando viajo-, solo lo bueno.

Hoy soy turista.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La realidad banal

Me gusta leer en el metro. Por partes: me gusta mucho leer y viajar en el metro siempre me resulta placentero, así que si unimos ambas cosas es lógico que leer en el metro me resulte placentero.

Me gusta mucho el metro por todo lo que puedo hacer en él: dormir, pensar, estirarme, observar y escuchar, aunque a veces me superen los malos olores, las conversaciones en voz demasiado alta, los móviles que suenan con musiquillas insoportables, las charlas eternas por el móvil del que no se da cuenta o le da igual que hay muchas personas escuchándole y no por ello baja la voz, los macarras, los colgados, los pisotones –respiro-, los lectores… Sí, los lectores. Aquí me paro porque hay que hacer distinciones entre los distintos lectores que te puedes encontrar en el metro. Hay lectores de mamotretos –inofensivos pero horteras- que forran sus libros con papel de periódico o de regalo, no vaya a ser que se les manche o doble la cubierta, qué desgracia. En estos solo me espanta la vulgaridad, con no mirarlos no me molestan. Hay lectores de prensa “seria”, el lector de periódico de toda la vida que dobla su ejemplar en dos partes y lee en silencio. Son lectores que saben leer la prensa en el metro. Los “nuevos” lectores de diarios gratuitos basura abren bien los brazos para abarcar el periódico y hacen ruido al pasar las páginas con la consiguiente molestia a los lectores. Como bestias insaciables, buscan entre la basura, en las papeleras, a ver qué pueden leer, que estupideces les cuentan hoy que los aleje de la realidad. A costa de incomodar a su vecinos de asiento –aunque los hay que también lo hacen de pie- pasan las páginas con calma para “culturizarse” y entretenerse. Pensé que nunca me alcanzaría esta porquería pero me alcanza, me roza no solo físicamente sino a mi intelecto cuando al llegar al trabajo compañeros que presumen de “leer la prensa diaria” me comentan “¿Sabes que los españoles besan mejor que los suecos?”. Y el que me lo dice saca pechito y sonríe, y yo, cabizbaja, me doy la vuelta y regreso a mi pantalla de ordenador, a mi trabajo, intentando escapar, yo sí, de la realidad más real. Frente a desgracias y conflictos económicos da gusto ver que hay periódicos que se dedican a alentar el orgullo nacional con datos estúpidos que, sin duda, animan a muchos y los ahuyentan del peligro de la realidad, que muerde.

martes, 4 de octubre de 2011

Día cuatro

De muchos autores se nos olvida su desgracia, que en unos casos fue para siempre y en otros duró un tiempo que siempre quisieron olvidar. Ese tiempo, la mayoría de las veces anterior al éxito y el reconocimiento del público, en el que luchaban por darse a conocer, sufrían y durante el que recibieron los reveses y las humillaciones o los molestos silencios que los que escribimos hemos recibido alguna vez. El anonimato da, sin embargo, muchas ventajas que los que nos dedicamos a una tarea creativa valoramos muy positivamente. Cuando quieres ocultarte, puedes y nadie te exige que tu segunda novela o el texto siguiente sea mejor que la primera o el anterior ni que vendas mil ejemplares más, ya que lo previo ni siquiera se publicó.

En la década de los años 50, José Saramago escribió Claraboia y la envió a una editorial que no le contestó. Se sintió tan agraviado, aunque años después la misma editorial encontró el manuscrito, perdido en una mudanza, que dejó de escribir durante veinte años. Imaginemos que la debilidad, la desidia, el desencanto, la decepción hubieran vencido al escritor portugués y que ni mucho después hubiera vuelto a escribir. Imaginemos que por culpa de una absurda e inocente mudanza –nunca lo son, siempre se pierden cosas importantes o bien por rotura o por una desaparición misteriosa- no hubiéramos llegado a disfrutar de la obra de este autor. Nuestro concepto sobre la pérdida de la ceguera sería otro, no habríamos leído un Evangelio tan humano y no sentiríamos el año de la muerte de Ricardo Reis como la de un familiar cercano al que quisimos mucho. El mismo concepto de novela, el concepto y forma que hoy conocemos, no habría sido así sin él, nunca la puntuación o la falta de ella habrían tenido tanta importancia en el estilo y la propia historia de los personajes de una novela. El intelectual comprometido no se entendería sin él. Claraboya –traducida del portugués- es, afortunadamente para nosotros, una nueva obra de Saramago a pesar de ser su primera novela. Póstumo no es el primero, ha habido otros y los habrá siempre, como Zweig o Bolaño, cuyas nuevas obras parecen salidas, tras su muerte, de las chisteras de los mago-editores como por arte de magia. No me importa, por supuesto, lo agradezco en el fondo. Digamos que me gustan los esfuerzos a largo plazo, marcarme metas en la distancia y ver cómo voy avanzando. Del mismo modo, ir leyendo a un autor paulatinamente y no de una vez, me hace disfrutar más aún de lo que me gusta. Cuando hace unas pocas horas solamente aún pensaba que ya no había nada más que leer de Saramago, que ya lo había devorado todo, era un poco menos feliz. Gracias a la noticia de la publicación de Claraboya mi ánimo ha mejorado y mi anonimato se ve reforzado con la noticia porque quién sabe cuándo y quién rescatará mi primera novela de un cajón o de una caja olvidada en la mudanza de una editorial y la publicará pensando que se trata de algo que merece la pena leerse.

lunes, 3 de octubre de 2011

Día tres

Tengo un lunes pegado a la cara y un martes enganchado al cuello que me cuelga de la espalda. No puedo librarme de ellos aunque anoche me mentalicé y me hice con todas las armas posibles: un envidiable optimismo que me llevó a escuchar a los ACDC antes de ir a dormir y me insufló el ánimo necesario para enfrentarme a las pesadillas nocturnas de los domingos; una visualización del lunes por la tarde –tarde-noche, vamos a ser exactos- mientras salgo de la oficina cansada pero satisfecha, con el deber cumplido; pero sobre todo una buena dosis de el mundo gira y yo me subo y me bajo cuando quiero, nadie me obliga.

De todos los lunes de los tres últimos meses este es uno de los más tristes porque ya es otoño y octubre ha empezado a serlo hace muy poco, todavía tiene reminiscencias de septiembre, los días van acortándose sin que podamos frenar la falta de luz, dejarla con nosotros un poco más, unos días al menos, antes del abrigo, antes del frío en el rostro al salir del portal, cuando aún es de noche y añoramos la cama, caliente, en la que se ha quedado nuestra pareja o en la que nuestro calor, solo, se debate por tenernos de nuevo a su lado. Qué hace un calor sin cuerpo en el que introducirse.

Los lunes las noticias de actualidad social y política me deprimen más de lo habitual. El domingo intento evitar las desgracias –inundaciones, desfalcos, crisis varias, hambruna- y me centro en los reportajes y en noticias culturales –últimamente también algo deprimentes, todo se pega-, pero el lunes no puedo escapar a la actualidad cuando enciendo el ordenador y se me cuela por los ojos, creyendo que estoy preparada para lo que sea.

Esta mañana de lunes me consuela advertir que sigue habiendo indignados que no se conforman adormecidos en el cansancio de la cotidianidad, que el rescate de Grecia quizá sea posible, que las buenas intenciones no son solo de unos pocos. Pero me mortifica la pena de muerte a los catorce años, la palabra horca, la cifra de parados, los suicidas griegos, las familias rotas, la muerte y más muerte que anoche intuí en mis pesadillas y que hoy confirmo en mi vigilia. El mundo gira y yo me subo y dejo que la actualidad me entre por los ojos, aunque duela, ya llegará el calorcito de mi cama esta noche.

domingo, 2 de octubre de 2011

Día dos

Oigo a una mujer decirle a otra en el metro, escandalizada, que cómo es posible que muchas zonas del centro vayan a abrir en domingo, que adónde vamos a ir a parar, que qué es esto, que cómo es posible que las pobres chicas de las tiendas -como su hija, añade- trabajen también un domingo sin recibir nada a cambio. Tengo la sensación, quizá por experiencia, qué te voy a contar, de que no son las únicas. En este queridísimo país mío si uno no se queja no come, es decir, que si no gritas y pataleas aunque luego finalmente hagas lo que te piden no eres nadie, o al menos nadie de fiar, y nadie te va a respetar sino a envidiar. Si esta madre, y probablemente su hija, no lloriquearan y se quejaran en el transporte público, con la voz bien alta, para que la gente escuchara lo indignadas que están, aunque después acabaran haciendo lo que se les pide, probablemente serían acusadas de esquiroles, de malas ciudadanas o compañeras, de listillas. Trabajar un domingo como cualquier otro día de la semana, es algo que se viene haciendo desde hace ya mucho tiempo y no significa que los pobres españoles no descansen ni en domingo. Los hay que descansan demasiado durante sus horas laborales y otros que después de su horario siguen trabajando. ¿Que cómo lo sé? Porque estoy en edad de trabajar y lo hago en una oficina en la que precisamente no puedo decir que no se trabaje. Sé de otros lugares, fantásticos -de género fantástico, quiero decir- que un empleado de la privada no habría podido soñar jamás, lugares normales a simple vista en los que cuando suena la hora en los relojes-corazones de los empleados todos se van a sus casas o tienen una vida después. Asisten a clases de idiomas, llegan a hacer la compra al supermercado, pueden recoger a los niños en el colegio, tienen cursos de yoga, pueden estudiar una carrera universitaria más o ver cumplido su sueño de bailar tango. ¿Y sabéis por qué? Porque tienen un horario decente, humano, y tiempo, un sueldo digno y, como mucho, un ajuste en su salario en la mayoría de los casos más que justificado, en toda su vida laboral. En fin, que trabajar un domingo o hacer horas extra que uno no cobra, por mucho que pongamos el grito en el cielo -que, insisto, está bien y creo que hay que hacer-, no deja de ser solo algo más entre toda la serie de injusticias laborales en la sociedad que vienen sucediendo desde hace años. Pero todos, absolutamente todos, tenemos derecho a quejarnos. ¿Sabéis, curiosamente, quiénes se quejan menos? Los que más horas pasan trabajando, tan cansados al final del día y muchos ni siquiera mileruristas, -qué vieja palabra, ya en desuso, hay tantos que ni a eso llegan- , que en el metro se quedan dormidos de pie -juro que lo he visto- o que se pasan de parada, y ojo, no son obreros de la construcción, sino simples oficinistas que solo piensan en el partido del Madrid, en no olvidar la bolsa nevera a sus pies cuando salgan del vagón, idéntica a las otras nueve de los otros viajeros que lo rodean, tan idénticos en sueños y en falta de ellos que no te atrevas a sugerirles que trabajen un domingo porque no te escucharán, estarán durmiendo, lo suyo en domingo, vaya, hasta bien entrada la mañana.

sábado, 1 de octubre de 2011

Día uno

Los octubres comienzan siempre igual por estos parajes. La ciudad revienta de sol pero los ánimos están ventosos. Ha pasado el mes de transición, septiembre, que te dan para superar el paso del verano, las vacaciones, los excesos, y llegar al otoño: responsabilidad, nuevos proyectos -pobre de ti si no los tienes- y la apatía, con la que nadie cuenta, lo sé, pero existe -lo siento-.
Hay proyectos y buenas intenciones, sí, pero no podemos llevarlos a cabo en unas semanas, que es lo que querríamos. Perder los kilos que nos sobran como por ensalmo, encontrar al amor de nuestra vida a la vuelta de la esquina, sin esforzarnos y como por arte de magia, esperar a que nos toque la lotería aunque no juguemos o lo hagamos una vez con la esperanza de que por ser la primera el azar se apiade de nosotros. Y resulta que no pasa, que los kilos que sobran va a llevar meses de esfuerzo y gimnasio perderlos, va a requerir de nuevas y sanas costumbres que llevan TIEMPO, sí, como todo. Que el amor hay que currárselo y hacerse querer, y no ir de casa al trabajo y del trabajo a casa y pensar que en esos cortos o largos espacios se te va a acercar un desconocido superatractivo y va a declararte su amor, entre otras cosas porque si realmente alguien hace eso sin estar actuando en una peli americana romántica lo mandas a la mierda o llamas a la policía. Y por Dios, compra un boleto de lotería si quieres que te toque.
En España, y en general en los países mediterráneos, estamos acostumbrados a conseguir las cosas sin esfuerzo, a que el azar o la suerte actúen, a que nuestros contactos nos echen una mano, a que nos solucionen la vida, vamos. Y unos con más cara que otros son lo que esperan a que los que se lo trabajan y se esfuerzan consigan que las cosas avancen, cambien, evolucionen, en definitiva. Lo de que el que algo quiere algo le cuesta es de sabiduría popular pero es tan cierto como lo de que me lo den hecho, a lo que nos han malacostumbrado y por lo que este país es como es y está como está.