Los observé desde que entraron en el parque hasta que salieron. Yo iba detrás de ellos, trotando, ya que era mi hora de ejercicio. El padre agarraba la mano del niño y este no estaba ni medio preocupado por la responsabilidad de guiar al padre, de hecho intercalaba las instrucciones de lo que el padre había de ir haciendo con comentarios entusiastas sobre un videojuego reciente que lo tenía fascinado. Su padre era ciego. “Cuidado ahora, papá, vienen tres escalones. Uno…, dooos…, vale, ya. Pues eso, ¿y tú cuál elegirías de los personajes, el que tiene barba o el de pelo largo? Yo el de barba, es más fuerte”. Así, cualquier mínima elevación o giro era advertido por el niño, de no más de ocho años, que decía “ahora a la izquierda” o “vienen las escaleras”. Era un parque conocido para los dos, que debían de recorrer el camino a diario. El destino del padre, en cierto modo, en manos del hijo, con la mayor naturalidad guiado, cuando lo lógico es que fuera el padre el que cogiera la mano al niño para que no cruzara el semáforo sin mirar, de forma imprudente.
Hay muchas formas de amor, pero la que provoca el cuidar a alguien que nos necesita es una de las que más fuerza tiene. Puede cansar a veces por la responsabilidad y la carga que supone. Nunca he tenido que hacerlo excepto por espacios brevísimos de la enfermedad de alguien pero sí lo han hecho por mí, y a pesar de apreciar la carga que suponía cuidarme, aprecié también el cariño inmenso que se iba creando. Es habitual y lógico cuidar a un cachorro o a un humano bebé y a los ancianos cuando no pueden valerse por sí mismos, pero no que un niño guíe a su padre, ni que una anciana dé de comer a un hijo de treinta, como si fuera un bebé. No debería ser, quizá, puede no ser lo normal, pero una vez que ha de hacerse se establece un vínculo, una especie de amor que dura para siempre. Uno, por agradecido, hacia el anciano o el niño que lo guió y alimentó, y el otro por sentir que ha sacado adelante a una persona a la que ya amaba y que ahora siente más inmersa en su vida.
Hay tantas formas de amar como de vivir. Hay padres que sobreviven a los hijos cuando lo normal es al revés, justamente, ley de vida. Pero la vida es muy azarosa y esas leyes supuestamente cerradas se saltan a menudo porque el mundo es así de sorprendente y por eso maravilloso. Nunca sabrás a quién vas a deberle la vida ni por qué vas a estar agradecido ni a quién amarás el día de mañana, tanto, que te dolerá el pecho solo de pensar en esa persona. El agradecimiento es una forma de amor muy poderosa, mucho. Y sentirlo te hace también mejor.
Entre lo mucho que escribes hay cosas que son muy ciertas, otras llenas de experiencia y saber, algunas muy literarias y otras bellas. Esta no es ninguna de esas, porque en realidad las contiene a todas, es la verdad universal.
ResponderEliminarCuanto desearía que tofo el mundo la entendiese!