El que teme a un día como hoy, viernes 13, padece paraskavedekatriafobia o friggatriscaidecafobia (esta última palabra alude a la diosa vikinga Frigga, de donde procede Friday en inglés). Viernes y oscuro, viernes negro. Aparte de la curiosidad de las palabras referidas a los que estremece especialmente este día, hay mucho más detrás para reflexionar. En las culturas anglosajonas es el viernes, en las latinas el martes. En Italia, el día maldito es el viernes 17, vete tú a saber por qué.
Lo que me fascina del asunto es el deseo de que exista un día al que poder acusar de la mala suerte, de lo azaroso de nuestra vida, del destino incierto que hace que nos pase de pronto lo que nunca imaginamos que pasaría. El hecho de “tener” un día al que agarrarnos, contra el que estar prevenidos, asegura cierta tranquilidad para el resto de fechas, al menos, en las que si el azar se porta mal será porque tenemos el colmo de la mala suerte. No parecemos querer creer que desgraciadamente en muchas ocasiones lo habitual sea que las cosas no vayan bien y que el que la vida nos golpee con cierta frecuencia sea lo lógico. Nos cuesta ser realistas a pesar de vivir en la realidad.
El sueño que vivimos en países como el nuestro en el que la hambruna y las enfermedades no matan cada día a millones de personas, es solo eso, un sueño, frágil y fugaz, nunca duradero, al menos no hay un siempre implicado que pueda tranquilizarnos y nos quedamos con el casi y aguantamos con los ojos cerrados y cruzando los dedos, a la espera de seguir dormidos al despertar de nuestro sueño occidental.
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