lunes, 23 de enero de 2012

Gracias

Me senté en la última mesa del restaurante, una pequeña que se encontraba junto a la ventana. Unas flores silvestres descansaban en un jarroncito de cristal sobre el mantel de tela beige algo gastado. Era un sitio que me gustaba porque cuidaban mucho la materia prima y cocinaban como lo haría una madre querida que quiere alimentar correctamente a sus hijos.

Me trajeron muy pronto la comida aquel día y apenas percibí al camarero pero en el segundo plato le di las gracias, como es mi costumbre, como debería ser la de todos. Se quedó sorprendido mirándome y me preguntó si necesitaba algo más, me sonrió y me retiró el plato de ensalada con auténtico cuidado, nada que ver con los movimientos bruscos que, me había fijado, aquella mañana estaba utilizando quizá porque tenía un mal día o un problema personal.

Subí al metro al terminar de comer, y al ir a salir en mi estación pedí, por favor, que me dejaran un hueco para pasar a los que se agolpaban en la puerta y di las gracias cuando alguien me miró y me hizo caso. El resto no se movió a pesar de haberme oído y les extrañaron mis palabras amables y mi sonrisa.

La gratitud, la educación, el saber apreciar cada gesto cotidiano, el propio y el ajeno, es algo en peligro de extinción. Si eres amable y educada te miran como si estuvieras loca y piensan que quizá busques algo a cambio. Hay algunas personas que sí saben apreciar esas palabras, esos gestos, esas sonrisas al pedir algo, esa mirada de cordialidad, de reconocimiento del otro, de humanización al fin y al cabo.

Me he dado cuenta de que en los peores días de uno puedes pasarte sin mirar a los ojos a nadie durante horas. No quieres que nadie vea tu tristeza y miras al suelo si caminas. Si vas en el metro, sentado delante de otras personas, cierras los ojos, o lees o piensas con la mirada perdida, y si pides salir del vagón, das un ligero empujón y ni miras a quien tocas. Así puede pasarse toda una vida, sin pedir ni agradecer cuando se nos ayuda, cuando se nos da lo inesperado o lo que consideramos normal, como que un camarero te ponga el plato en la mesa. “Es su trabajo”, dicen algunos. Bueno, puede ser, también lo es el de la gente que trabaja conmigo enviarme textos y no por ello dejo de agradecer. ¿Costumbre? Quizá, pero no mala ni de más, nunca está de más ser amable y agradecido. Hace poco agradecía a un superior algo que me correspondía pero que consideré oportuno agradecer y me apartó de su lado con cajas destempladas, desconfiado, mezquino, creyendo, quizá, que iba a pedirle más de lo ya dado y me amenazó con arrebatarme lo entregado.

Me enseñaron a agradecer y me lo sé bien, me hace más humana y me permite apreciar la humanidad y el agradecimiento de los otros y ser en consecuencia más feliz. No dejaré de hacerlo.

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