martes, 3 de enero de 2012

Fantasía de año nuevo

Una mañana de 2012, la primera normal del año después de las duras fiestas navideñas que odiaba se levantó con la ilusión de que de nuevo iría a trabajar. Al bajar los escalones del metro le extrañó verse en pijama y zapatillas y volvió corriendo, avergonzada, a casa. Al llegar, sin embargo, comprobó que la ropa que llevaba era la correcta, se había duchado y olía a colonia y sus zapatos lucían, lustrosos, en sus pies.

Volvió a salir a la calle, aturdida, pero a medida que iba acercándose al metro su indumentaria y su aspecto iban modificándose y se iba haciendo casera, previa al arreglo de la mañana. El pantalón vaquero era pijama y uno de los zapatos brillantes y lustrosos se había convertido en la zapatilla de osito azul que solo conocían los más allegados. Pisó un charco y maldijo pues había metido el pie de la zapatilla en el agua sucia y ahora estaba empapada.

Volvió jadeante y confusa a casa, después de darse prisa por llegar debido a aquella facha, pues según retrocedía no iba volviendo a estar bien vestida, no, era solo al cruzar el umbral de la puerta de casa cuando se operaba la transformación. En cuanto llegaba lucía perfecta, como siempre, con su ropa de trabajo.

Estas idas y venidas se repitieron unas cuantas veces a lo largo de aproximadamente hora y media hasta que creyó que se volvería loca y decidió llamar al trabajo hasta que solucionara este problema absurdo para decir que estaba enferma y ese día no iría a trabajar. Eran más de las nueve cuando llamó y nadie contestó al otro lado. Siguió intentándolo: en el fijo de la empresa, en el móvil de su jefe, pero nadie le contestó. Finalmente se dio por vencida y decidió intentar comunicar con ellos a través del correo electrónico. Cuando fue a introducir su correo no existía. Repitió varias veces su nombre de usuario y su contraseña, pero a cada intento le daba error.

El deterioro que iba instalándose en su ánimo porque las cosas no fueran como siempre la llevó a pensar que quizá no existiera, que el mundo como lo conocía hubiera terminado al fin, tan anunciada la hecatombe en días previos. ¿Habría sucedido lo inevitable? ¿Habría llegado por fin el fin del mundo? Redundancias aparte, le sobrevino un sueño difícil de vencer y se dejó llevar por él, acobardada ante los hechos recién acaecidos.

Soñó que iba a trabajar como todos los días pero que a su alrededor, en el vagón, algunos viajeros llevaban la camiseta con la que habían dormido, arrugada y medio rota, pues era de esas que desechamos para dormir una vez se han gastado y están demasiado viejas para seguir usándolas de calle. Acompañaban la camiseta con unos pantalones impecables y unos zapatos brillantes recién cepillados. Otros llevaban un jersey y una bufanda y sin embargo sus piernas estaban cubiertas por mallas o pantalones de pijama y zapatillas en sus pies. Los había, incluso, con ropas elegantes que ni se habían lavado la cara y sus pelos revueltos eran los de haber acabado de levantarse. Se rió porque no era un sueño angustioso, era divertido ver a todos sus habituales compañeros de trayecto mañanero con aquel aspecto tan gracioso.

No supo qué sucedía después, porque en los sueños las cosas continúan aunque no lo creamos, ya que despertó. Era un nuevo día, así que se levantó, se duchó, se echó su colonia, se vistió y salió a la calle con temor, mirándose los pies a cada rato -casi se cae un par de veces y tropezó con una señora y su perro- para comprobar que no se transformaran en zapatillas. En las escaleras del metro a punto estuvo de matarse, no podía dejar de mirarse a sí misma para que el cambio no le pillara de sorpresa. Pero nada paso. En el vagón, todos los que la acompañaban cada mañana hacían lo de siempre, dormitar, leer, escuchar música, y nadie parecía llevar ropa de casa. Era una mañana aburrida, como tantas, rutinaria, una más.

Llegó a su parada y al ir a salir echó un último vistazo al vagón que abandonada. En un extremo, en uno de los asientos más alejados de la puerta, un señor cruzaba las piernas, abrigado con unos bonitos pantalones de pana, pero por el bajo asomaba una fina tela de pijama con payasos diminutos. Quiso decir algo pero las puertas se cerraron y solo alcanzó a ver que el hombre le sonreía y le guiñaba un ojo.

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