miércoles, 18 de enero de 2012

La cucaracha

La envidia española se extiende con muchísima facilidad. Es un mal que aqueja a un noventa y cinco por ciento de la población de España porque se contagia con mucha facilidad.

La envidia española no se da solo en el terreno personal y en la vida privada de las víctimas, y perjudica, lógicamente, a los que rodean al envidioso. La envidia en el entorno laboral es muy frecuente, y si se hiciera un estudio empresarial serio se descubriría que es esa envidia la culpable de una baja productividad en el trabajo. Los trabajadores españoles invierten mucha de su energía en desear y ambicionar lo de los demás, lo que les impide concentrarse en su trabajo, y si no lo consiguen –porque no todos podemos tenerlo todo como el de al lado– se dedican a meter cizaña y a intentar tirar por tierra el prestigio y la honestidad de los que envidian.

La envidia tiene efectos secundarios, y las empresas deberían tener cuidado de a quién contratan, no porque el empleado vaya a perder el tiempo en Internet o haciendo algo que no debe o tomando café, sino porque puede hacerlo molestando a los demás y retrasando, en consecuencia, la entrega de los proyectos o ralentizando el ritmo de trabajo para alcanzar los objetivos planteados.

En esto no se libran los jefes o responsables de equipo, que ante el bienestar de un empleado se sienten atacados como si les estuviesen robando, y envidian su buena suerte de empleado de segunda que es feliz haciendo su trabajo y viviendo su vida al salir de la oficina.

Y es que una de las cosas que más se envidia por estas tierras es la felicidad de los demás. Cuando alguien es tan mezquino que es incapaz de ganarse el afecto de sus semejantes o descubrir el amor, su mecanismo de defensa es destruir, acabar con la felicidad y la tranquilidad que da la felicidad a los demás.

Así, el primer baremo para saber si una empresa es sana es ver el tipo de jefe que sostiene y la plantilla que la compone para saber a qué atenerse, que hay mucho inepto y desequilibrado contratado por enchufe o error que es zafio, ignorante y cuya inteligencia emocional es la de una cucaracha, y por lo tanto potencialmente muy peligroso, ya que transmite enfermedades y se mueve entre la mierda.

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