domingo, 30 de septiembre de 2012

Ni apolíticos ni analfabetos

A medida que se acerca el fin de semana suelo buscar qué hacer en esos dos días de libertad y me aturullo de la cantidad de cosas que se me ocurren. Son muchos los actos y las exposiciones que me apetecen y el ocio me abre un abanico de posibilidades. Mi ocio es cultural en muchas ocasiones pero no siempre. Pero la cultura es cultura se incluya en los ratos de ocio o no. Si tengo una tarde para ver un espectáculo no es lo mismo que acuda al teatro a ver La Celestina que a ver una deleznable comedia machista, por no llamarle bodrio, animada por una tal Carla Duval. No es lo mismo llevar a tus hijos a ver la exposición de Hopper en el Thyssen que llevarlos al museo del Real Madrid, no es lo mismo.

Confundir el ocio con la cultura, el entretenimiento que adormece las conciencias con el arte que las despierta es un error que puede disculparse en una persona que no se dedica a decidir sobre lo que ha de invertirse anualmente en cultura. Pero no en el que sí lo decide e incluye todo en el mismo saco de "ocio y entretenimiento", la casilla única. Es como mezclar, por ejemplo, las manifestaciones pacíficas, constantes últimamente, de los ciudadanos con las actividades de ocio del fin de semana. "Voy a mirar qué pelis estrenan este finde, y de paso nos acercamos por Sol a manifestarnos". Que las circunstacias políticas y sociales hayan hecho que los ciudadanos salgan a protestar a la calle no significa que les guste, que no les agote, que no estén deseando llevar a sus hijos al parque o a la montaña o al cine -esto ya casi impensable con la subida del IVA-. La gente sale a la calle porque es su deber, porque quieren una vida digna, que los respeten, que no los traten de estúpidos, de analfabetos. El pueblo no es ignorante, y eso lo saben bien los que ahora gobiernan, que han aprovechado la crisis para cargarse aquello que más han temido siempre de la izquierda y les hace sentirse inferiores, la cultura. Saber da poder, bien lo saben ellos, así que qué mejor que cargársela para debilitar al enemigo. "¡Muera la inteligencia!", piensan, en el fondo, como Millán Astray increpando a Unamuno en el año 36.




Decía Carlos Bardem en un reportaje que debemos enamorarnos de la política, hacerla nuestra de nuevo, porque es maravillosa, la de verdad, la que no miente. Y estoy de acuerdo, no demonicemos la política, demonicemos a los malos políticos, señalémoslos con el dedo. La política que hace que el ciudadano pueda participar y decidir es hermosa. Podemos mejorarla, creer en ella, moldearla, potenciarla, es nuestra arma más valiosa.Que no nos quiten lo que tenemos.

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