domingo, 16 de septiembre de 2012

Crisis III: Ese Madrid triste y colorido


Me muevo entre los manifestantes con la intención de captarlo todo, de imbuir la felicidad pero también la preocupación que nos une en una mañana soleada y calurosa para esta época del año, en la que deberían estar suavizándose las temperaturas.

Avanzo desde casa presurosa, aprieto el paso y respiro con dificultad. Van uniéndose a mí camisetas verdes, blancas, rojas y banderas republicanas. Aparcados junto a la acera están muchos de los autobuses que han traído a Madrid a trabajadores y ciudadanos de todos los lugares de España. Mucho andaluz, murciano y extremeño pero después veremos a los catalanes, a  los vascos y a algún gallego, los 
menos.

Llego a Atocha y allí encuentro a mis compañeros de marcha de esta mañana de protestas en la que es inevitable el aire festivo. Globos, colores, pitidos, canciones. Un azul intenso en el cielo que deslumbra. Celebramos la democracia cada vez que salimos a la calle. Hay un esfuerzo en aumento por escucharnos y ser escuchados. En un momento de la concentración, llegando ya a Colón, comparto cola para ir al baño con un montón de mujeres cubiertas de camisetas de colores. Algunas nos acercamos intrépidas al baño de los hombres, pues la cola para acceder al de las mujeres es larga y lenta. Nos dejan pasar y esperar con ellos y nos llaman compañeras

Hablo con una mujer que viene de Málaga y tiene el rostro cansado. “¿Y tú de donde eres?”, me pregunta. Le respondo que vivo en Madrid y me observa, curiosa, y me dice que por qué estamos tan tristes. Que estuvo hace un mes de vacaciones en la ciudad y notó una tristeza que desconocía. Lo creo, lo percibo a diario, y me emociona que alguien “ajeno” al día a día de esta ciudad lo haya notado. La miro y me encojo de hombros, no sé qué decir.

Salgo a la luz del sol con esa tristeza vaticinada y una indignación que va creciendo en mi garganta. Al llegar a Génova empiezo a escuchar silbidos. No hay helicópteros y no entiendo qué sucede, el porqué de los gritos y abucheos, y es entonces cuando veo la calle cortada prácticamente desde Colón y la rabia sale por la boca en forma de dimisión. A mi grito se une el del resto. Me ilumina la alegría plagada de nostalgia y me pregunto, entre los cuerpos que me rodean y me aprietan, cómo hemos podido llegar a este punto.

Miro a los policías, impertérritos a pesa del vocerío de los manifestantes. Leo y observo, como he hecho durante toda la marcha, los carteles que portan los que me rodean. Admiro algunas frases y percibo la agudeza del ingenio en momentos de crisis. Entre la cantidad de tijeras dibujadas y la palabra recorte a cada paso distingo una camiseta negra que lleva un hombre de rostro triste. En ella puede leerse: Prefiero rescatar a un minero que a un banquero. Pienso entonces que quién no. Una señora increpa a una mujer policía a caballo, acusándola de acobardar desde las alturas a los manifestantes. La policía se defiende diciendo: “Es mi destino”. Voy más allá del significado de función y responsabilidad, de ocupación en un empleo que tiene la palabra destino, y me imagino a esta mujer uniformada entregándose a lo inevitable, como si una fuerza desconocida la hubiera llevado hasta allí, su destino en esa calle, anacrónica subida a su caballo.

"¡Sacad las carteras, que llega el banquerooooo!"
Las mareas de colores me han traído hoy hasta aquí. He ido siguiendo lemas y consignas, palabras y caras. Una especie de Nosferatu fabricado con bolsas de basura y papel maché me mira desde lo alto con un fajo de billetes en la mano, emulando a un banquero saqueador. El aire huele a verano a pesar de acercarse el otoño. Hay mucho que hacer, queda una larga estación de protestas por delante, pero por hoy todos estamos cansados.

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