jueves, 6 de septiembre de 2012

Crisis I: Los taperianos

Era cosa de unos pocos, de personas con bajos ingresos, pertenecientes, en su mayoría, a las clases medias-bajas trabajadoras de obreros y señoras de la limpieza. Se consideraba de mal gusto aludir a ello en público o enseñar demasiado el objeto cuando empezó a extenderse a las clases medias y a los oficinistas con traje. Y ahora, aunque pretendamos ser originales en el envoltorio, todos llevamos el mismo porta-táper en distintas versiones: negro, de colores, de tela vaquera, con cremallera, duro y blando, para colgar en la espalda, para llevar en la mano. Los hay que intentan disimular que llevan su comida del día encima trasladándola en bolsitas pretenciosas de alguna tienda de lujo que una vez les dieron o heredaron. Las clásicas bolsas de tela con asas son una opción para los más modernos y jóvenes. Las cursis se hicieron con la de Harrods en sus distintas versiones. Los descuidados siguen con las de plástico de cualquier supermercado, ya arrugadas y con algunos restos de salsa, y no intentan ocultar su contenido.



Los taperianos han vuelto con fuerza este otoño e invaden metros y autobuses con sus bolsas y maletitas para llevar comida. Somos todos. Llevamos la nuestra como parte de nosotros mismos y podemos decir mucho de cada persona solo con ver el modelo que ha elegido. Ni siquiera nos molesta su carga. La ponemos en nuestras rodillas si cogemos sitio en el metro y leemos por encima del bulto que descansa sobre nosotros. Si estamos de pie y apretados en el vagón puede que se nos claven unos cuantos envases de los otros aquí y allá, pero no importa porque todos estamos en el mismo grupo y nos miramos de reojo valorando el diseño de la bolsita de cada uno.

Era excepcional hace tiempo entre los trabajadores de gama alta. Aunque con táper de diseño, ellos también han acabado uniéndose al grupo. Y es que es mejor, para qué engañarnos. Los hábitos alimenticios han cambiado, y con ellos la oferta culinaria "sana" en hostelería es mucho más cara. Pagamos por no tomar grasas y una simple ensalada mixta aliñada nos cuesta lo mismo que los ingredientes para siete. Así de escandalosa es la cuenta (real). Es barata la comida basura, la rápida, la que te destroza el estómago y te deja el ánimo y la salud por los suelos.

La crisis nos ha dado nuevos hábitos que de pronto marcan nuestra pertenencia a un grupo sin que lo hayamos buscado. Llevarse la comida al trabajo es una rutina saludable y de las pocas consecuencias positivas de la crisis. Sé de muchos que están aprendiendo a cocinar y a hacer sus pinitos culinarios gracias a la necesidad de la práctica diaria. Los hay que, más sencillos, cortamos tres verduras y abrimos dos latas y tenemos el plato del día.

Pero el caso es que lo que nos ha llevado al táper puede ser, en un futuro, lo que nos lleve a un comedor social o a los baños públicos. Perteneceremos, entonces, a un nuevo grupo con otras caras y otras vidas.


1 comentario:

  1. Hace ya mucho tiempo que muchos de nosotros comíamos con tupper en el trabajo, comiendo más o menos sano pero, pero sobre todo, no gastando el sueldo que nos pagaban y esquilmando la economía cotidiana, destinando ese ahorro a otros menesteres tal que viajes, ocio o puro placer...

    La vuelta al tupper es otra muestra representativa de esta sociedad, la española tan absurda como idiota: albañiles comiendo en restaurantes cobrando sueldos astronómicos, eso si, la mitad en negro (no tengo nada contra ellos pero es inadmisible que un albañil gane más que un profesor o médico), oficinistas mileuristas comprándose BMW's y comiendo en el VIPS a diario, fontaneros que no van a arreglarte una cisterna porque esperan un trabajo mayor... podría poner mil ejemplos que todos tenemos en mente.

    Esta es una sociedad de sobrad@s por eso muchos sienten vergüenza de llevar un tupper al trabajo y yo me alegro de esa vergüenza, y me reiría si lo viera, no por el tupper sino por la propia vergüenza. Nos preocupamos por las formas mientras nos olvidamos que el fondo, la crisis, en cierto sentido la han provocado todos esos que de forma cotidiana gastaban una buena parte sus ingresos en comer en restaurantes por sentir vergüenza por un tüpper.
    Espero que esta sociedad idiota se de cuenta que la forma no es el problema (Gordillo no es el problema), es la corrupción, la falta de valores y la falta de moral la que avergüenza a los chicos del tüpper.

    P.D. Me ha encantado este microrelato tan clarificador de la nueva realidad urbana.

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