Visiones tuvieron los del 98 de esa España rota que arrastraba un pesimismo heredado sin que pudiera esquivarlo, pues era su destino. Este determinismo histórico, unido a las recientes derrotas militares, hicieron que se concluyera que el mal de España no tenía cura y que había que asumirlo como una enfermedad. Intentaríamos curarla en la unidad castellana, obsesiva, centralista y rancia, populista, que aún estamos padeciendo.
Aquella España trabada y uniforme que heredó gustoso el franquismo es la que algunos se atreven a mencionar ahora, de nuevo como solución a una crisis ya no económica sino moral que nos ha hecho replantearnos nuestros cimientos democráticos que creíamos tan sólidos, y la actual distribución territorial y de poder.
Por otro lado, ahora que las cosas se ponen crudas, y ante la posibilidad de desvincularse de un gobierno centralista, conservador, con discursos del pasado sobre una unidad de España, las autonomías emergen con más fuerza para separarse de este grupo dirigido por seres deprimentes, sordos al pueblo, que promueven el desánimo desde su púlpito.
No creo que sea el momento de separaciones ni nacionalismos pero tampoco creo que lo sea el de atacar al que es diferente cultural y lingüísticamente. Dejemos de acusar a vascos, catalanes y gallegos de ser raros por querer conservar su lengua materna, su herencia histórica, y por lo tanto su identidad. Ya está bien de persecuciones y discursos castellanistas excluyentes. Dejemos hablar al viento, tituló Onetti a una de sus novelas.Dejemos que las palabras fluyan en cualquier idioma, vengan de donde vengan. Y parémonos a escuchar lo que tenemos que decirnos, que aunque hablemos lenguas diferentes, hay un punto de encuentro para comunicarnos si queremos hacerlo.
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