Hay días en los que
solo una cosa nos consuela y a la que normalmente llamamos válvula de escape.
Todos tenemos una y la usamos en los malos momentos, cuando estamos bajos y
parece que nada vaya a ser como cuando la vida iba bien hace un minuto, unas
horas, el día anterior, el año pasado.
Mi escape y mi
rutina es correr y nadar. Pero es corriendo donde libero las endorfinas y me
siento más libre. Correr es como bañarse en pelotas en una playa medio vacía. Tú
y el mar, tú y tu ritmo subido a las zapatillas. Corres, pisas, te zambulles.
Te tapa una ola, te cubre el sudor, mejoras tu tiempo de hace un mes, estiras
los músculos, te tiendes al sol. Solo puedes pensar en avanzar, en seguir, en
lograrlo. No sabes el qué, pero quieres lograrlo, atrapar el momento, dejar
volar la imaginación y sentir, al terminar, el subidón y la felicidad, la
plenitud física y mental que da correr, los músculos agarrotados tras la
carrera, como la última brazada que te dejó rota pero alegre.
Hay pocos lugares
donde esconderse, y correr a menudo es una buena manera de espantar lo oscuro y
poner al mal tiempo buena cara. Aunque las cosas vayan bien me pongo la
camiseta, las zapatillas y mis fundas para las rótulas de ambas rodillas y me dispongo
a escucharme por dentro y por fuera.
Mientras avanzo voy
dejando atrás los problemillas y entro en un estado de agitación que me resetea
y me deja limpia para volver a pensar sobre lo que debo hacer en tal o cual
situación.
Desde que ha
comenzado la crisis ha aumentado el número de personas que se suben a sus
zapatillas y se lanzan a parques, calles y avenidas casi como una forma de
reivindicación de paz, de sosiego social. Es un deporte barato que no requiere
apuntarse a un grupo. Solo hay que tener ganas y espíritu de sacrificio. Es el
deporte ideal en estos tiempos. De hecho, no sé cómo no se ha convocado aún
alguna carrera de parados, de indignados, de ciudadanos deseosos de buenas
noticias.
Mi válvula de
escape es sencilla y barata pero es mía y me reconcilia con el resto del mundo
durante unas horas, hasta que de nuevo abro el periódico y leo.

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