jueves, 13 de septiembre de 2012

Crisis II: La válvula de escape


Hay días en los que solo una cosa nos consuela y a la que normalmente llamamos válvula de escape. Todos tenemos una y la usamos en los malos momentos, cuando estamos bajos y parece que nada vaya a ser como cuando la vida iba bien hace un minuto, unas horas, el día anterior, el año pasado.

Mi escape y mi rutina es correr y nadar. Pero es corriendo donde libero las endorfinas y me siento más libre. Correr es como bañarse en pelotas en una playa medio vacía. Tú y el mar, tú y tu ritmo subido a las zapatillas. Corres, pisas, te zambulles. Te tapa una ola, te cubre el sudor, mejoras tu tiempo de hace un mes, estiras los músculos, te tiendes al sol. Solo puedes pensar en avanzar, en seguir, en lograrlo. No sabes el qué, pero quieres lograrlo, atrapar el momento, dejar volar la imaginación y sentir, al terminar, el subidón y la felicidad, la plenitud física y mental que da correr, los músculos agarrotados tras la carrera, como la última brazada que te dejó rota pero alegre.



Hay pocos lugares donde esconderse, y correr a menudo es una buena manera de espantar lo oscuro y poner al mal tiempo buena cara. Aunque las cosas vayan bien me pongo la camiseta, las zapatillas y mis fundas para las rótulas de ambas rodillas y me dispongo a escucharme por dentro y por fuera.

Mientras avanzo voy dejando atrás los problemillas y entro en un estado de agitación que me resetea y me deja limpia para volver a pensar sobre lo que debo hacer en tal o cual situación.

Desde que ha comenzado la crisis ha aumentado el número de personas que se suben a sus zapatillas y se lanzan a parques, calles y avenidas casi como una forma de reivindicación de paz, de sosiego social. Es un deporte barato que no requiere apuntarse a un grupo. Solo hay que tener ganas y espíritu de sacrificio. Es el deporte ideal en estos tiempos. De hecho, no sé cómo no se ha convocado aún alguna carrera de parados, de indignados, de ciudadanos deseosos de buenas noticias. 

Mi válvula de escape es sencilla y barata pero es mía y me reconcilia con el resto del mundo durante unas horas, hasta que de nuevo abro el periódico y leo.


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