Tengo la sensación de que he engañado a un yo anterior, a
una época pasada que no puedo evitar ver pesada y anticuada, quizá por la
ligereza de las nuevas formas.
Los libros, que antes me parecían el único modo de sumergirme
en la lectura, empiezan a resultarme pesados aunque hermosos, como esas
antiguas tablas de madera en las que leían nuestros antepasados o esos librotes
que solo podían (y pueden) leerse en bibliotecas porque es imposible su
traslado cómodamente.
Y entonces aparecieron los ordenadores, los portátiles, los
más manejables. Todo empezó a hacerse más cómodo. Lo que antes te destrozaba la vista, ahora no. Las nuevas pantallas hacían
que aguantáramos más horas frente a un ordenador sin que nos sangraran los ojos.
Vinieron los teléfonos inteligentes. Podías leer con cierta
claridad, con mucha en el caso del iPhone. Noticias, mensajes, artículos,
incluso libros. Con mi smartphone y la aplicación de Kindle para Android llegué
a leer El retrato de Dorian Grey en
mi dispositivo. Lógicamente sucedió una única vez, era demasiado chiquitita la
pantalla para resultar realmente cómoda, y además cansaba la vista a pesar de
la nitidez y de poder bajar la luminosidad.
Cuando aparecieron los tablets me sentí tentada por el iPad,
pero el precio me echó para atrás y ni siquiera me planteé cómo se leerían
libros ahí. No podía tenerlo. Después he sabido de personas que leen en este
soporte pero he escuchado que te acaba agotando la vista y yo vivo de mis ojos,
quiero decir que me gano la vida con ellos. Si eso perdiera, perdería la vida.
Seguí con mis lecturas habituales, las de los libros, pero
este verano, de aeropuerto en aeropuerto, debía ser muy cuidadosa con los
volúmenes que elegía para transportar de un lado a otro. Así, me llevé a mis
viajes libros finitos, de poco peso, que sostenía en mis manos antes de meter
en el bolso, temblando ante cualquier peso extra. Cuando vas a estar cargada
horas con dos o tres kilos kilos de peso tienes qué saber bien qué eliges.
Cometí el error -no por la calidad de la obra, magnífica- de comprar un libro
en el aeropuerto, y en vez de seguir con la regla de los libros ligeros me hice
con uno de pastas duras aunque de papel barato, por lo que también pesaba menos, de Charles Dickens, Notas
de América.
Volviendo al asunto. Cuando regresé a Madrid, alguien muy
cercano me presentó al pequeño. No
podía dejar de mirarlo y tocarlo. Pesaba poco, era bonito y la lectura era
agradable. Había visto hace un par de años otros modelos pero este ya tenía una
serie de características que me interesaban, como la conexión Wi-Fi que te
permite subrayar y conectarte con diccionarios y Wikipedia. En fin, el bichito
lo tenía todo.
Decidí comprarlo y tardó unos días en llegar a mis manos, por lo que fue aún más deseado
hasta que por fin leí Diario de invierno,
de Auster. Ha sido el primer libro “devorado” en mi Kindle Touch. Y es que es
eso lo que pasa con los libros electrónicos, que te hacen devorar las obras -que ellos previamente han devorado para ti-, porque nada mediatiza la lectura. Ni el peso del libro, ni la textura de las
páginas, ni el poder ver “lo que queda” para acabar, ni el tener que pensar en
si me cabe o no en el bolso. Sí, lo sé, justo todo lo agradable que tiene el
libro, además de una cubierta diferente para cada tomo, un papel con un gramaje
concreto que le da la suavidad o la aspereza, un diseño asociado al acto de
leer…
Probé a oler el Kindle y no huele a nada, un poco como si
oliera un plástico, nada especial. Me entró cierta nostalgia por el amado que
olía a tantas cosas.
La parte de atrás es algo más blanda y da gusto cogerlo con
una mano. Pero no es un libro. Y no creo que nadie debiera compararlo. Es un
modo delicioso de leer y leer sin parar, sin detenerte a pensar en nada más. La
belleza de los libros ya la tengo para mis joyas predilectas y seguiré
comprando -supongo- a mis autores favoritos. El resto, lo soportará mi pequeño, que tiene capacidad para
tres mil libros (que no leeré nunca, mi vida no da para tanto) y que me ha
devuelto la conciencia de que la lectura va más allá del objeto que contiene
las palabras.
Amo los libros y sentía que de algún modo los estaba engañando
desde que adquirí el Kindle. Necesitaba escribir esto para darme cuenta de que
no es así. El libro es otra cosa,
algo que une el placer de varios sentidos y conceptos, tacto, olfato, estética,
vista, diseño, y por supuesto contiene textos que nos hacen disfrutar al
leerlos. Cuando comenté mi compra con algunos amigos dijeron que si yo había
llegado a hacer esto, el libro estaba abocado a desaparecer, conocedores de mi
defensa a ultranza del libro, de la tradición… No creo que el libro en sí esté abocado
al fracaso, pero la tecnología se ha impuesto en la sociedad a todos los
niveles y hace la vida más cómoda y accesible. Con la subida de los precios y
el aumento de acceso libre en la red a los textos era lógico que esto pasara.
No es un drama, es la realidad, y contra el avance poco puede hacerse más que
disfrutarlo.
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