sábado, 22 de septiembre de 2012

Él sí, descanse en paz


No imaginé, cuando escribí mi última reflexión, que habría de escribir esta días después. Me llamó mi madre, compungida, para darme la noticia de que Santiago Carrillo había muerto, e inmediatamente recordé uno de esos episodios de la infancia que te vienen sin querer a la memoria y visualizas como si hubiera sido ayer.

Carrillo fue nuestro vecino durante unos años, no sé cuántos, y era notorio porque en el portal del edificio de Madrid en el que estaba nuestro piso, donde jugaba con mis amigas a menudo, se apostaban a diario dos policías para proteger la seguridad del comunista recién admitido en democracia y al que imagino multitud de enemigos fascistas que pululaban y pululan, como cucarachas, amparados ahora por la policía que los protege de los ciudadanos pacíficos.

En mi mente infantil lo respetaba pues advertía admiración entre mis seres más adorados, mi madre y mis hermanos, cuando se referían a él. En resumen, sabía que era un honor compartir vecindario con el dirigente comunista.

Asocio esta época con el humo del tabaco -quizá porque Carrillo también es inimaginable sin un pitillo en la mano- en el cuarto de mis hermanos, una nube densa que me recibía cada vez que entraba allí, una especie de santuario de la paz, la diversión y la música, donde pasaba los mejores ratos de la infancia. Allí estuvo el primer futbolín de mesa, el primer aparato de juegos electrónico, el equipo de música y la radio. Y allí  yo bailaba y cantaba a grito pelado Alaska, Loquillo, los Rolling Stones, mientras las caras de Allende y del Che me miraban desde las paredes. Desde aquella habitación se escuchaban, si abrías la ventana, los macro conciertos del estadio Vicente Calderón.

Recuerdo una tarde de deberes en el salón de casa -tenía yo nueve años- en la que oí lo que parecía una discusión en el cuarto de mis padres, a  pesar de estar mi padre solo echándose la siesta. Al rato aparecieron en el salón mi padre y mis hermanos con gesto preocupado. “Golpe de estado”, “congreso”, decían, y mamá no estaba en casa. Curiosamente, recuerdo esa tarde porque mi libro de Sociales, abierto en la mesa, me explicaba el significado de cada uno de los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Unos muñequitos mostraban un policía, otros a un Guardia Civil… Quién iba a confundir a este último con otro cualquiera, con ese sombrero ridículo que solo verlo hacía temblar las piernas, y más desde aquel 23 de febrero, que como en otros momentos a lo largo de la infancia no fui conciente de lo que había estado a punto de suceder.

 Mamá llegó a salvo a casa y contó lo que había visto en las inmediaciones del Congreso. Fueron días duros y luchadores en los que el país salió a la calle en repulsa por el intento de golpe de estado. No recuerdo haber ido a esa multitudinaria manifestación, aunque creo que me llevaron, pero sí recuerdo el entierro de Enrique Tierno Galván en Madrid. Veo bullicio, mamá y yo llorando, lluvia y una carroza negra de otra época cruzando la villa y corte galdosiana a golpe de caballo. Me acuerdo de Tierno, de él sí, el mejor alcalde. Mamá lo adoraba.

Soy joven como para tener más recuerdos de aquellos años importantes para la Democracia un poco de juguete que abrazaba España, gris aún pero entusiasta, siguiendo lo mejor posible las nuevas reglas de un país civilizado. Agradezco a mi madre que me inculcara esos principios éticos y sociales para vivir en Democracia a pesar de que para ella también fuera incipiente y misteriosa. Lo aprendimos juntas pero a edades diferentes, y su entusiasmo fue el mío. Agradezco que me llevara a manifestaciones y me hiciera patear las calles. Desde entonces no he dejado de faltar a las citas importantes y he aprendido que no hay que tener miedo de expresarse cuando se está del lado de los justos y de los valientes, de los que luchan por la libertad de su pueblo, de los que sirven durante toda su vida honestamente a los que los votaron. No hay que temer a una derecha que jamás, nunca, podrá competir con los grandes caballeros, los verdaderos políticos, los que vivieron la dictadura y el exilio, ni con sus herederos.

 Si nunca has subido en el Metro ni has utilizado el transporte público, si no has hecho colas ni has estado en lista de espera para operarte y siempre has llegado holgadamente a fin de mes no puedes entender la vida de los otros, de las personas de verdad, como Carrillo.





No hay comentarios:

Publicar un comentario