No imaginé, cuando escribí mi última reflexión, que habría
de escribir esta días después. Me llamó mi madre, compungida, para darme la
noticia de que Santiago Carrillo había muerto, e inmediatamente recordé uno de
esos episodios de la infancia que te vienen sin querer a la memoria y
visualizas como si hubiera sido ayer.
Carrillo fue nuestro vecino durante unos años, no sé
cuántos, y era notorio porque en el portal del edificio de Madrid en el que estaba nuestro piso, donde jugaba
con mis amigas a menudo, se apostaban a diario dos policías para proteger la
seguridad del comunista recién admitido en democracia y al que imagino multitud
de enemigos fascistas que pululaban y pululan, como cucarachas, amparados ahora
por la policía que los protege de los ciudadanos pacíficos.
En mi mente infantil lo respetaba pues advertía admiración
entre mis seres más adorados, mi madre y mis hermanos, cuando se referían a él.
En resumen, sabía que era un honor compartir vecindario con el dirigente
comunista.
Asocio esta época con el humo del tabaco -quizá porque
Carrillo también es inimaginable sin un pitillo en la mano- en el cuarto de mis
hermanos, una nube densa que me recibía cada vez que entraba allí, una especie
de santuario de la paz, la diversión y la música, donde pasaba los mejores
ratos de la infancia. Allí estuvo el primer futbolín de mesa, el primer aparato
de juegos electrónico, el equipo de música y la radio. Y allí yo bailaba y cantaba a grito pelado Alaska,
Loquillo, los Rolling Stones, mientras las caras de Allende y del Che me
miraban desde las paredes. Desde aquella habitación se escuchaban, si abrías la
ventana, los macro conciertos del estadio Vicente Calderón.
Recuerdo una tarde de deberes en el salón de casa -tenía yo
nueve años- en la que oí lo que parecía una discusión en el cuarto de mis padres,
a pesar de estar mi padre solo echándose
la siesta. Al rato aparecieron en el salón mi padre y mis hermanos con gesto
preocupado. “Golpe de estado”, “congreso”, decían, y mamá no estaba en casa.
Curiosamente, recuerdo esa tarde porque mi libro de Sociales, abierto en la
mesa, me explicaba el significado de cada uno de los miembros de los Cuerpos de
Seguridad del Estado. Unos muñequitos mostraban un policía, otros a un Guardia
Civil… Quién iba a confundir a este último con otro cualquiera, con ese
sombrero ridículo que solo verlo hacía temblar las piernas, y más desde aquel
23 de febrero, que como en otros momentos a lo largo de la infancia no fui
conciente de lo que había estado a punto de suceder.
Soy joven como para tener más recuerdos de aquellos años
importantes para la Democracia un poco de juguete que abrazaba España, gris aún
pero entusiasta, siguiendo lo mejor posible las nuevas reglas de un país
civilizado. Agradezco a mi madre que me inculcara esos principios éticos y
sociales para vivir en Democracia a pesar de que para ella también fuera
incipiente y misteriosa. Lo aprendimos juntas pero a edades diferentes, y su
entusiasmo fue el mío. Agradezco que me llevara a manifestaciones y me hiciera
patear las calles. Desde entonces no he dejado de faltar a las citas
importantes y he aprendido que no hay que tener miedo de expresarse cuando se
está del lado de los justos y de los valientes, de los que luchan por la
libertad de su pueblo, de los que sirven durante toda su vida honestamente a
los que los votaron. No hay que temer a una derecha que jamás, nunca, podrá
competir con los grandes caballeros, los verdaderos políticos, los que vivieron
la dictadura y el exilio, ni con sus herederos.


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