Qué sencillo es asimilar lo que poseemos cuando es agradable y tenemos desde que nacimos.
Me había acostumbrado a pensar que la educación gratuita y de calidad para todos era normal. Que la sanidad era un derecho que nadie podía violar de ningún modo, pues sería tan absurdo o improbable su falta como hacer que el sol se cubriera por voluntad propia.
No había podido imaginar que esos espacios culturales a los que me he acostumbrado a ir a menudo, regularmente, desde niña, iban a tener que cerrar o al menos dejar de ser lo que fueron, espacios vivos donde aprender gracias a las exposiciones, los conciertos, el teatro... gratuitos o económicos. Qué palabras tan alejadas ahora, que parece que nada lo es, que por todo hemos de pagar desorbitadamente.
Estaría dispuesta a gastar más por esos espacios cuyos ingresos van a descender porque no hay nada peor que un museo a medio hacer o una sala vacía y muerta que no exponga ni muestre, en la que no fluyan las formas, las almas de los actores, los cuadros de un pintor, los textos viejos ya pero amados de los antiguos libros.
Qué será de los fondos de las bibliotecas públicas, ya de por sí precarios, en los que te haces con una novedad un año después de haberse publicado y en los que faltan títulos fundamentales. La crisis no nos lleva, como pensaba al principio, ingenuamente, a lo público, porque lo público va a dejar de existir es decir, va a pasar a ser privado, y por tanto caro e inaccesible para muchísimos ciudadanos. No es que se acabe con el acceso a la cultura, es que directamente se va a acabar con la cultura. Menos exposiciones, cierre de centros culturales (hoy el Conde Duque y el Matadero ven reducidos sus fondos).
Dejaremos de gastar en libros, cines y copas los más pobres, los que más ganan seguirán ganando y consumiendo en su ocio como siempre. Nosotros no tendremos ni el consuelo de las bibliotecas. En consecuencia, el ocio de los más jóvenes seguirá siendo el alcohol y las drogas baratas. Muchos, por aburrimiento, caerán en la delincuencia a la que lleva el hastío y la miseria, la falta de objetivos y los pocos alicientes y oportunidades que te niega una sociedad. Y eso nos afectará a todos, a los ricos también, no iban a librarse de esto.
Las consecuencias de la ignorancia son fatales, reducir los gastos para la enseñanza pública nos lleva a lo que tanto criticábamos de America Latina hace unos años, no tantos en realidad. Ellos aprendieron algunas cosas de nosotros. Ahora nosotros volvemos atrás y nos hacemos insolidarios, populistas, clasistas, usureros y muy, muy ignorantes.
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