sábado, 12 de mayo de 2012

De mitomanías y otras debilidades

Una vez coincidí en un restaurante con Javier Bardem y John Malkovich y apenas pude cenar, más preocupada de escuchar sus conversaciones que de disfrutar de lo que tenía en el plato. Fue en La Bardemcilla hace ya muchos años.

Cuando uno tiene cerca a un “famoso” de los admirados, de los que es impensable imaginar encontrarse jamás en su vida tan cerca, escuchar su risa, su voz, su forma de comentar el vino, de pedirlo, de degustarlo, lo primero que desea es saberlo todo sobre esa persona, preguntarle cómo le va, tocarle el rostro quizá para confirmar que está hecho del mismo material que nosotros, analizar cómo coge el cubierto o qué comenta. Era difícil encontrar a un actor extranjero en mi ciudad, uno de mis preferidos, y por azares del destino lo tenía aquella noche sentado a mi lado, impecable.

Tengo muchos libros dedicados de mis autores favoritos, la mayoría de ellos adquiridos en la Feria del Libro del Retiro, donde cada año estampan su firma amablemente intentando ser originales en la dedicatoria. Imagino que antes de irse a dormir harán un repaso de las más usadas o genéricas e irán intercalándolas entre los libros de sus admiradores, que aguardan pacientemente en la cola a que les llegue su turno. Buf.

Ayer estuve a punto de comprar el último libro de uno de mis autores más admirados y leídos, Vargas Llosa, y finalmente pensé que lo pediría para mi cumpleaños. Seguí haciendo compras durante la tarde y a última hora de la noche fui a cenar con una amiga a un pequeño y acogedor bistro francés en el centro de la capital, pero ciertamente oculto un una calle pequeña. Unas poquitas mesas en la entrada, la barra a la izquierda y al fondo otras tres mesas. Nos dieron una redondita muy mona y acogedora. La cena estaba siendo excepcional y relajada y de repente nos dimos cuenta de que estábamos solas pues de la mesa más cercana se acababan de levantar los últimos clientes. En el segundo plato se abrió la puerta y apareció Vargas Llosa impecablemente vestido, moreno y elegante, sonriente, acompañado por su esposa y por la que parecía ser su asistente, una joven despierta y vivaz con acento peruano. Se sentaron a nuestro lado. 

A Vargas Llosa le gusta el pollo tai, el buen vino y no sabe qué exposición irá a ver hoy, ya que estaba barajando posibilidades. Habló de política y de la situación social. Mi amiga y yo intentábamos seguir nuestra cena como si tal cosa pero era realmente difícil teniéndolo tan cerca y escuchando sus comentarios. Le sonreímos, es a todo lo que pudimos llegar, porque qué le dices a un hombre así, “me gusta su obra” -obvio-, “enhorabuena por el Nobel tan merecido” -obvio y pasado ya, no acaban de dárselo-, “¿puedo invitarte a tomar algo y charlar de literatura?”. Esta sí, esta hubiera sido la pregunta clave que como imaginaréis no hice, así que me quedé sentada sonriendo viendo cómo se iba, saludando, el rostro de sonrisa exultante, el porte único, quizá cavilando ya en el día siguiente, cuando después de escuchar música clásica, ir a caminar y leer los periódicos -lo contó una vez en una entrevista, por eso lo sé- se tuviera que poner a trabajar en su último proyecto, que cuál será, qué emoción cuando lo lea y sepa que en esos días en Madrid, y en concreto aquella noche del 11 de mayo, ya el cumpleaños del 15-M, pues eran más de las doce , él estaba pensando en ese personaje nuevo, en una escena concreta de la nueva obra, en un giro del argumento inesperado, como encontrarte al final de un día largo al escritor al que admiras cenando junto a ti y disfrutando, también, de su viernes.

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