Cuando uno
tiene cerca a un “famoso” de los admirados, de los que es impensable imaginar
encontrarse jamás en su vida tan cerca, escuchar su risa, su voz, su forma de
comentar el vino, de pedirlo, de degustarlo, lo primero que desea es saberlo
todo sobre esa persona, preguntarle cómo le va, tocarle el rostro quizá para
confirmar que está hecho del mismo material que nosotros, analizar cómo coge el
cubierto o qué comenta. Era difícil encontrar a un actor extranjero en mi
ciudad, uno de mis preferidos, y por azares del destino lo tenía aquella noche
sentado a mi lado, impecable.
Tengo muchos
libros dedicados de mis autores favoritos, la mayoría de ellos adquiridos en la
Feria del Libro del Retiro, donde cada año estampan su firma amablemente
intentando ser originales en la dedicatoria. Imagino que antes de irse a dormir
harán un repaso de las más usadas o genéricas e irán intercalándolas entre los
libros de sus admiradores, que aguardan pacientemente en la cola a que les
llegue su turno. Buf.
Ayer estuve a
punto de comprar el último libro de uno de mis autores más admirados y leídos,
Vargas Llosa, y finalmente pensé que lo pediría para mi cumpleaños. Seguí
haciendo compras durante la tarde y a última hora de la noche fui a cenar con
una amiga a un pequeño y acogedor bistro francés en el centro de la capital,
pero ciertamente oculto un una calle pequeña. Unas poquitas mesas en la
entrada, la barra a la izquierda y al fondo otras tres mesas. Nos dieron una
redondita muy mona y acogedora. La cena estaba siendo excepcional y relajada y
de repente nos dimos cuenta de que estábamos solas pues de la mesa más cercana
se acababan de levantar los últimos clientes. En el segundo plato se abrió la
puerta y apareció Vargas Llosa impecablemente vestido, moreno y elegante,
sonriente, acompañado por su esposa y por la que parecía ser su asistente, una
joven despierta y vivaz con acento peruano. Se sentaron a nuestro lado.
A
Vargas Llosa le gusta el pollo tai, el buen vino y no sabe qué exposición irá a
ver hoy, ya que estaba barajando posibilidades. Habló de política y de la
situación social. Mi amiga y yo intentábamos seguir nuestra cena como si tal
cosa pero era realmente difícil teniéndolo tan cerca y escuchando sus
comentarios. Le sonreímos, es a todo lo que pudimos llegar, porque qué le dices
a un hombre así, “me gusta su obra” -obvio-, “enhorabuena por el Nobel tan
merecido” -obvio y pasado ya, no acaban de dárselo-, “¿puedo invitarte a tomar
algo y charlar de literatura?”. Esta sí, esta hubiera sido la pregunta clave
que como imaginaréis no hice, así que me quedé sentada sonriendo viendo cómo se
iba, saludando, el rostro de sonrisa exultante, el porte único, quizá cavilando
ya en el día siguiente, cuando después de escuchar música clásica, ir a caminar
y leer los periódicos -lo contó una vez en una entrevista, por eso lo sé- se
tuviera que poner a trabajar en su último proyecto, que cuál será, qué emoción
cuando lo lea y sepa que en esos días en Madrid, y en concreto aquella noche
del 11 de mayo, ya el cumpleaños del 15-M, pues eran más de las doce ,
él estaba pensando en ese personaje nuevo, en una escena concreta de la nueva
obra, en un giro del argumento inesperado, como encontrarte al final de un día
largo al escritor al que admiras cenando junto a ti y disfrutando, también, de
su viernes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario