viernes, 1 de junio de 2012

La extraña familia

El parque es grande, profundo, pareciera que no tuviese fin. El aspecto sombrío de algunos rincones le da carácter pero hace estremecer las conciencias si te quedas demasiado tiempo parado.

Es un parque para pasear e ir dejando los problemas a los lados. Los gatos que llenan el parque a veces se quedan mirando un rincón fijamente, y si te asomas a ver qué han visto, puedes encontrarte con las cosas más insólitas, como una hipoteca sin pagar, un marido y unos hijos, un abuelo perdido que da vueltas sobre sí mismo desconcertado.

Los caminantes del parque dejan en los rincones parte de ellos mismos aunque no lo sepan. Qué hay más nuestro que nuestros fantasmas. Los problemas en el parque parecen tomar vida propia y no querer irse, y así, conviven en discreta armonía.

Cuando se acercan los pasos de un caminante nuevo, todos se paran a escuchar, a la espera de que el recién llegado les acompañe en sus largos días, como los de los gatos. Y es este el modo en que llega un nuevo miembro a la extraña familia.

El parque en el que viven los problemas compensa el sobresalto de sostener esta carga con una vegetación esplendorosa que le deja respirar. Al llegar la primavera, cuando atravieso el parque, aspiro el olor a humedad que ha quedado pegado a las hojas en el reciente otoño, y escucho a los pájaros desde temprano piando desesperados por encontrar su lugar en el mundo.

Los veranos en el parque hay muchos más problemas juntos que durante todo el año. La gente aprovecha el buen tiempo para salir y caminar, para dejar arrinconado lo que no pueden cargar en sus conciencias.

Ayer por la mañana dejé bien escondidos tras unos setos los asuntos que me entorpecían, pero al regresar de vuelta por el mismo camino, a la caída de la tarde, me dio pena su indefensión y me los llevé de nuevo a casa. Al fin y al cabo me pertenecen, llevamos juntos bastante tiempo, somos una especie de familia. Y además, no creo que pudieran sobrevivir sin mí.

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