jueves, 14 de junio de 2012

Las portadillas que me dedicaste



La Feria del Libro que termina me ha dejado un buen sabor de boca. No pude ir hasta el penúltimo día, pero he podido moverme, como en un paseo marítimo sin mar de fondo, entre rostros conocidos y sus obras.

Adoro las letras de esos rostros con nombre y apellidos a los que a veces no asocio con lo leído, esas pocas palabras que dejan señal en  las portadillas de mis libros –nunca, jamás, han de dedicarse los libros en las guardas, es de mal gusto y feo, abrir el libro y encontrarte las palabras tan pronto–. Ojeo entre los volúmenes que poseo y releo de vez en cuando cómo se expresan mis muy queridos autores favoritos, qué parte de sí mismos asoma en sus trazos.

La letra de Marías es hermosa y compleja, apretada aunque con algún respiro a ratos y pequeña. La última dedicatoria que poseo, la de esta Feria, de Luis Alberto de Cuenca, no es bonita pero tiene una A capital que me deja  hipnotizada. Diría que es Z, pero indudablemente se trata de una A. Recuerdo la firma, también reciente, de Manuel Rivas, el dibujo de la herradura hecho con pluma y elegancia.

Los hay apasionados y descuidados, los que salen del paso y los que se esfuerzan. Pero entre todos han hecho que mis libros estuvieran más vivos, si cabe, y los han convertido en objetos aún más valiosos para mí. Recuerdo los momentos pasados, los días en que me los dedicaron, cuando leo esas pocas palabras, un “Para Elsa” únicamente muchas veces, tan especial en boca –o pluma– de tu autor favorito.

Alejados del anonimato y de la contención, en la Feria del Libro se lucen los pobres escritores como representantes de sus letras sin quererlo, obligados la mayoría de las veces por editores y librerías (que quieren aumentar así la venta de ejemplares) a estar ahí parados durante horas, haga calor o mucho calor, casi nunca fresco en estas fechas. Qué es del escritor sin cierto anonimato, sin embargo… Veo estos días la película Anonymous, que trata de indagar a través de un brillante guión, original y verosímil, quién se escondía detrás de Shakespeare, quién escribió esas obras, quién las firmó.

Imagino una Feria con rostros agraciados y caras sonrientes en nombre de autores reacios a aparecer en público o poco hermosos físicamente. Serían sus representantes para no tener que aparecer ellos mismos, feos o callados, maniáticos o poco afables, tal vez.

No es la televisión, pero es espectáculo. No puedes escribir una obra que agite las conciencias e intentar ser anónimo, aunque algunos, como Salinger, sí lo consiguieron.

De poco vale que te ocultes, autor mío, porque esas portadillas que me dedicaste son ya mi tesoro, me da igual tu rostro o el tono de tu voz, eres lo impreso.

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