La
Feria del Libro que termina me ha dejado un buen sabor de boca. No pude ir
hasta el penúltimo día, pero he podido moverme, como en un paseo marítimo sin
mar de fondo, entre rostros conocidos y sus obras.
Adoro
las letras de esos rostros con nombre y apellidos a los que a veces no asocio
con lo leído, esas pocas palabras que dejan señal en las portadillas de
mis libros –nunca, jamás, han de dedicarse los libros en las guardas, es de mal
gusto y feo, abrir el libro y encontrarte las palabras tan pronto–. Ojeo entre
los volúmenes que poseo y releo de vez en cuando cómo se expresan mis muy
queridos autores favoritos, qué parte de sí mismos asoma en sus trazos.
La
letra de Marías es hermosa y compleja, apretada aunque con algún respiro a
ratos y pequeña. La última dedicatoria que poseo, la de esta Feria, de Luis
Alberto de Cuenca, no es bonita pero tiene una A capital que me
deja hipnotizada. Diría que es Z, pero indudablemente se trata de una
A. Recuerdo la firma, también reciente, de Manuel Rivas, el dibujo de la
herradura hecho con pluma y elegancia.
Los
hay apasionados y descuidados, los que salen del paso y los que se esfuerzan.
Pero entre todos han hecho que mis libros estuvieran más vivos, si cabe, y los
han convertido en objetos aún más valiosos para mí. Recuerdo los momentos
pasados, los días en que me los dedicaron, cuando leo esas pocas palabras, un
“Para Elsa” únicamente muchas veces, tan especial en boca –o pluma– de tu autor
favorito.
Alejados del anonimato y de la contención, en la Feria del Libro se
lucen los pobres escritores como representantes de sus letras sin quererlo,
obligados la mayoría de las veces por editores y librerías (que quieren
aumentar así la venta de ejemplares) a estar ahí parados durante horas, haga
calor o mucho calor, casi nunca fresco en estas fechas. Qué es del escritor sin
cierto anonimato, sin embargo… Veo estos días la película Anonymous, que
trata de indagar a través de un brillante guión, original y verosímil, quién se
escondía detrás de Shakespeare, quién escribió esas obras, quién las firmó.
Imagino
una Feria con rostros agraciados y caras sonrientes en nombre de autores
reacios a aparecer en público o poco hermosos físicamente. Serían sus
representantes para no tener que aparecer ellos mismos, feos o callados,
maniáticos o poco afables, tal vez.
No
es la televisión, pero es espectáculo. No puedes escribir una obra que agite
las conciencias e intentar ser anónimo, aunque algunos, como Salinger, sí lo
consiguieron.
De
poco vale que te ocultes, autor mío, porque esas portadillas que me dedicaste
son ya mi tesoro, me da igual tu rostro o el tono de tu voz, eres lo impreso.
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