Me siguen preocupando los errores de los otros. Los míos los
controlo, escucho en mi interior cómo mejorarlos y, en definitiva, intento eliminarlos.
La edad te da capacidad de reflexión y de rectificación, pensamiento
y sosiego. Paz si uno logra vivir acorde a sus ideas y a su forma de ver el
mundo. Mejor persona si además consigues ayudar en algo a los demás y, en
consecuencia, ser más feliz.
Últimamente, no sé si por la edad, que nos hace también más
observadores, veo lo que vulgarmente se conoce como “la paja en el ojo ajeno”,
aunque quizá en este caso en el que estoy no sea exacta la expresión, pues
implica un descuido de las “pajas” propias que yo no tengo. Veo las mías y las
despejo para visualizar más claramente las de los demás, que entorpecen sus
vistas y horizontes.
No comprendo cómo han podido engañarnos tanto, cómo hemos dejado que los errores de los demás nos hayan salpicado hasta el punto de que
parezcan nuestros. Los países mediterráneos, los pobres de Europa, estamos de
capa caída. Los griegos, los peor parados, cometen errores que son indudables
pero además se les atribuyen los de una Europa mal planificada y con una moneda
endeble tras la que no hay un respaldo, una unidad política.
España padece esos errores europeos de los países
supuestamente más avanzados. ¿Tan malos somos, tan mal lo hemos hecho? Soy
consciente de estos errores “latinos”, de la malicia, de la corrupción, de la “burbuja”
inmobiliaria, pero tampoco entiendo por qué somos lo peores de la clase cuando
supuestamente estábamos unidos para ayudarnos, no para pisarnos y echarnos
fuera.
Veo mis errores, mis faltas leves y graves pero no creo
merecer este castigo ni creo que lo merezca Grecia, cuyos ciudadanos, por
cierto, trabajan más horas que los de Alemania. Cuando se está en el mismo
equipo no castiga uno a su compañero, para eso está el grupo, para apoyarse y
arropar. Quizá de emociones y afectos sabemos más por estas tierras que por
esas frías y desangeladas de la otra Europa.
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