sábado, 3 de noviembre de 2012

A medias

Siempre he pensado que los términos medios no son buenos. Nunca he entendido a los partidos "de centro", ni las medias tintas de ningún tipo, es como estar sin estar. Nunca he vivido a medias, aunque en determinados momentos tenga la sensación de estar a la mitad de todo.

Estoy en el nivel intermedio en natación (traducción: nado bien pero no para tirar cohetes). Mi nivel de inglés es intermedio (traducción: chapurreo, comprendo aquí y allá pero me queda mucho para alcanzar coherencia en el discurso y comprensión absoluta de lo leído y escuchado). Tengo cuarenta años, casi la mitad de una vida (entendámonos, de calidad, no se trata de aguantar como sea) y no tengo la sensación de haberlo conseguido todo o casi todo, al menos lo que tenía en mente en una especie de lista mental con la que parece que pasamos a la madurez después de la adolescencia.

Hay un truco para obviar lo que sucede y no sentirnos mal con lo que somos y que es hacer la vista gorda con nosotros mismos, hacer que no sabemos cuando irrumpe el pensamiento de mediocridad, de vida malgastada, de "podía haber hecho más", huir de la infelicidad hacia la felicidad más inmediata, pensar a corto plazo y no mirar solo hacia las metas que se adivinan en el horizonte y quizá nunca alcancemos. Paso la mitad del día lamentándome de lo que no hago en vez de disfrutar de lo que disfruto. Medio fin de semana echando de menos lo que podría tener si quisiera. Media vida con miedo de la otra media. Media vida enamorándome y buscando a mi media naranja y media vida intentando olvidar.

Siempre he pensado que la mitad de nosotros es valentía y energía y felicidad y la otra media tristeza. En un magnífico diálogo entre dos adolescentes en la novela de Nicole Krauss, titulada La historia del amor, el chico le dice a la chica a la que ama: "El que hoy seas un poco más feliz no quiere decir que no te sientas un poco más triste. Cada día te trae un poco de cada...". Y así es, o al menos así lo siento yo. No me queda más que aceptar los dos polos y quedarme en el término medio, que no está tan mal pero no me apasiona.

sábado, 27 de octubre de 2012

Crisis IV: Los que abandonan

Te levantas una mañana de sábado. El día es en realidad del mismo estilo al de ayer, huele igual, sabe a lo mismo y la tristeza es la de siempre en los últimos meses. Hubo un empeño por esforzarse cada mañana -desayunar, ducharse, vestirse y salir a la calle a buscar- al principio, cuando las cosas aún podían cambiar. Ahora podrían también, pero cada vez son menos los que así piensan después de casi un año de estrecheces y falsas esperanzas.

Hay al menos tres grupos sociales, de ciudadanos, de individuos para los que es lo mismo un día a otro y no distinguen entre un lunes, un domingo o un viernes (qué distintos para los que trabajamos): los indigentes, los jubilados, y ahora, últimamente, los parados, que aumentan escandalosamente su número y empiezan a ser un grupo más que numeroso. Uno de cada cuatro trabajadores, nada menos, entra en este desolador último grupo.

Desde un punto de vista psicológico el jubilado está descansando merecidamente después de una vida dedicada al trabajo, al menos en general esa es la percepción, por lo que no hay tortura por estar inactivo en ocasiones, por recibir una pensión ajustada, quizá, a lo que debería estar recibiendo. Pero no hay ansiedad porque no hay espera.Ya no se desea algo mejor, no se está esperanzado ante una posibilidad de empleo, por fin, después de más de un año inactivo, por ejemplo. No hay insomnio, no hay trastornos digestivos, ni de ansiedad, ni depresiones, no se tira la toalla, no se abandona.

El parado puede levantarse una mañana de sábado y olerle el mundo como cualquier otro y saber que no va a encontrar, nunca jamás, un trabajo. Es mayor, tiene aproximadamente unos 52 años, la formación tan costosa adquirida con esfuerzo no vale, es viejo, se siente viejo. Abre ese sábado una ventana y se precipita al vacío. Y entonces el mundo calla pero nadie comenta. Aparecen ahora los primeros, algún periodista se atreve a contar en una noticia breve y no demasiado llamativa, en el rincón del diario, en las últimas apariciones de una publicación digital. El suicidio sigue siendo un tema tabú. No entendemos a los suicidas, aunque quizá, y debido a este escandaloso ataque a la dignidad del ciudadano, empecemos a entenderlos mejor.

El suicida tiene un problema mental que no ha podido solucionar porque no ha recibido ayuda. El psiquiatra de la Seguridad Social atiende una vez al mes a un paciente con depresión, no puede haber un seguimiento mayor, por lo que cualquier tratamiento continuado es directamente imposible. Por ello, la mayoría de los que de verdad pueden curarse estarán acudiendo a terapia con un médico privado. Los precios son escandalosos, así que la mayoría acude una vez -si es que lo hace-, recibe unas pastillas y un buen día deja de tomarlas o sencillamente, al no haber terapia acompañando a los medicamentos, decide terminar con el tormento, la angustia, el sufrimiento que provoca una depresión.

El trabajo, como el deporte o el amor  es terapéutico. Una persona debe sentirse útil en algo para desear vivir. Sentirse acogido en sociedad pasa por tener un trabajo. Compadecemos a los que no trabajan pero son un poco apestados, los dejamos de lado, no vaya a ser que nos contagien.

Entiendo lo que está pasando, esos suicidios, y todos tenemos que saber que suceden, que algunas personas están desesperadas y optan por quitarse la vida. La desvergüenza de este gobierno dictatorial que no deja decidir a las personas, condena el aborto, la eutanasia, el suicidio. Hay que vivir a toda costa para que puedan chulearnos, humillarnos, ningunearnos, cosificarnos. Pues no, pese a quien le pese, y ojalé les pese a ellos, a los verdaderos culpables que están dejando al país enfermo para siempre, nosotros decidimos sobre nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestra decisión de ser o no desdichados, de abandonar y tirar la toalla.


viernes, 19 de octubre de 2012

Vendo principios


Me gusta visitar los mercados callejeros y husmear entre las cositas que se me ofrecen. Este verano, en Londres, donde son muy frecuentes, he disfrutado muchísimo. No se trata únicamente de comprar sino de observar la vida de multitud de objetos aparentemente sin sentido algunas veces, apelotonados en un trozo de tela aunque por separado tengan una historia y mucho que decir.

Imagino cada una de esas cosas con vida independiente. Su llegada a las casas, a los distintos lugares donde las acogieron por primera vez con ilusión. El momento de la venta, su grito interno, tal vez –un grito de cosa– al ser separada de otras cosas y del lugar al que llevaba acostumbrada durante años.

Hay personas más dadas a deshacerse de cachivaches, como las hay más acostumbradas a hacerlo de las personas y los lugares. Yo no soy de las que se deshace fácilmente de algo aunque últimamente, al igual que tanta gente, me ha dado por pensar en vender lo que ya no uso y está en buen estado. En el norte de Europa y en los países anglosajones es muy frecuente la venta de objetos a la puerta de las casas. Los domingos, por ejemplo, sacas al jardín lo que tienes para vender y te acomodas en una sillita esperando al comprador. El regateo, la posterior ida, el cambio de manos, el objeto en la bolsa… Es algo normal y no vergonzoso. Aquí no hay costumbre, y aunque empieza a hacerse cada vez más, sobre todo en las ciudades grandes, no acaba de gustar, no está bien visto para nuestra mentalidad provinciana de aparentar, para el orgullo hidalgo español rancio del pasado.

Hay personas capaces de venderlo todo, como se suele decir, hasta a su propia madre. Y entre ese todo se encuentran también los principios, esos que marcan pensamiento y conducta y que en épocas de bonanza parecían inamovibles. En los momentos de crisis hay ataques de egoísmo y renuncia masiva de principios y de estos sí se deshace uno sin vergüenza y sin ningún pudor, como si no quedara más remedio. Lo que amablemente se abrazaba y de lo que se presumía, el derroche de generosidad, la solidaridad, el no engañar ni mentir, se vuelve en contra y empiezan los trapicheos, los deslices y los cuernos. En todos los ámbitos, pero sobre todo en el político y social, estábamos de un lado y ahora estamos de otro. Nos acomodamos como podemos a la nueva situación, y entre una y otra postura, hasta que el cuerpo se encuentra a gusto, hay de todo y para todos.

Algunos exponen el oro y las joyas familiares. Otros, más modestos, se conforman con algunas prendas de segunda mano y unos zapatos que siempre les quedaron pequeños. Pero los hay también que ofertan sus principios para vendérselos por muy poco al mejor postor, y son estos los que creo que no merecen vivir en sociedad. Deberían estar confinados en el anonimato y la participación social de cualquier tipo, quedar relegados al olvido, permanecer señalados y marcados para siempre. Puedes robar en un momento de desesperación, golpear e incluso matar en un acceso de ira, pero vender en lo que uno cree me parece imperdonable. Quizá nos esperen mercadillos de principios dentro de poco, aunque no creo que tuvieran mucho éxito, ya hace tiempo que pasaron de moda.

martes, 16 de octubre de 2012

Hispanounidísimos

Hay un español de América, que siempre ha sido mayoría aunque muchos integristas de la Península (yo lo fui, lo reconozco) se empeñen en denostar por impuro, a pesar de alardear de conquistadores ­–eso sí les gusta– del nuevo continente.

Los académicos de la lengua, supongo que hartos de la presión o porque se aburrían de ser tan lentos se han lanzado de cabeza a aprobar en la RAE los estadounidismos, es decir, aquellos vocablos que utilizan los hispanounidenses –juro que no me lo estoy inventando–. Por fin email se admite para “correo electrónico”, sin guión (sigo poniendo tilde a esta palabra, no puedo evitarlo) y junto. Pero echo de menos muffin para “magdalena”, tan de moda últimamente, y sin embargo sí se añade bagel, que no he dicho jamás para nombrar un panecillo.

De lo más insólito me resulta phishing, que se podía haber adaptado a la fonética española, porque muchos dirán [pisin], con el desconocimiento del sonido inglés [f] para ph.

Rentar, estanflación y parada para referirse a “desfile” me suenan a lo que vulgarmente se denomina como sudamericanadas (neologismo despectivo, no está en la RAE), lo que tanto tiempo hemos tratado de ocultar, lo que no hemos querido escuchar y despreciamos cada vez que oímos. Pero es que son muchos más los que hablan español por el mundo que los que lo hablamos por aquí, y eso se nos olvida. El viejo continente no se preocupa de hablar español, pero del otro lado del Atlántico, sea por que es su lengua materna o porque se lleva, se habla español. En países como Estados Unidos no solo lo habla la inmigración hispana, sino los propios norteamericanos de habla inglesa, algo casi impensable en Francia o Inglaterra. En América se habla español y se quiere hablar español. Pero la lengua está viva y se mueve, crece, se transforma, y hay que adaptarse.

De la RAE siempre celebro unos cambios y tengo mis dudas o me provocan absoluto rechazo otros, pero en cualquier caso me gusta que sucedan. Demasiado tiempo entre los últimos y los siguientes, eso sí, lo que provoca que a veces una palabra admitida esté ya en desuso de la cantidad de tiempo transcurrido desde que se empleó y se gastó hasta que se admitió. Recuerdo alguna referida a juventudes pasadas, muy, muy pasadas, como por ejemplo basca refiriéndose a “pandilla”, que ahora nos hace sonrojar si la oímos. Pero en cualquier caso, me agrada que estos señores de la RAE vayan desintegrándose (de “integrismo”, ojo), y aunque sea muy poco a poco incluyan a América, que no solo va a aparecer reflejada como rareza y en un Diccionario Panhispánico de Dudas, como si de física cuántica se tratase.


sábado, 13 de octubre de 2012

Héroes deprimidos

Miro los estrenos de cartelera y encuentro un par de películas que me apetece ver, pero cuál es mi sorpresa cuando confirmo que no se encuentran en versión original en ningún cine de Madrid. Descarto, pues, la opción cine como actividad cultural del fin de semana y me decanto por una exposición gratuita en el Centro Cultural Conde Duque, la muestra del trabajo de Tim Burton en su última película, Frankenweenie. Intenté ir hace un par de semanas con mi hermana y mi sobrina y fue imposible. Pero de nuevo, sorpresa, la han trasladado a ¡¡¡El Corte Inglés!!!

De repente me entra un mareo, pierdo un poco el equilibrio porque he visto el futuro sin versión original, sin museos ni espacios puramente culturales, con exposiciones en centros comerciales y las becas Erasmus agotadas, por lo que nuestros jóvenes se unirán a esa corriente españolista que le gustaba tanto al dictador y ha continuado en el presente.

Veo los actos del desfile del 12 de octubre y alguna bandera de España con toro incluido en el balcón de los vecinos de enfrente. Parece que hubiéramos llegado al futuro desolador que imaginé hace un momento en el que miramos mal al que no habla español, al que no le gustan los toros ni la fiesta nacional y que no comparte un verano a pleno sol en el Levante. Viajaremos menos porque aquí lo tenemos todo y el intercambio cultural, tan rico y positivo para un joven que se está formando, desaparecerá porque un gobierno indecente, ignorante a más no poder, decide recortar, de nuevo, en los presupuestos para educación.

Este curso, para empezar, en las aulas españolas, muchos alumnos tendrán que renunciar a los libros y supongo que tirarán de fotocopias o de ayudas de familiares y amigos para poder estudiar. Al final los que lo pagan son los benditos profesores que cada vez son más héroes que trabajadores. Cada día ven menguar los recursos, distorsionarse el sistema educativo y ya no tienen fuerzas. Sé que las bajas por depresión son muy frecuentes entre profesores de la escuela pública, y no me extrañaría que aumentaran, aunque quizá lo que provoque la escandalosa actitud de este gobierno ante la educación sea un refuerzo de recursos por parte de los profesores, de imaginación y creatividad para sacar adelante el curso escolar y ayudar a los miles de afectados por la política de austeridad cultural de este gobierno.

Leo en los periódicos esta mañana que no hubo abucheos al presidente del gobierno ayer en el desfile del 12 de octubre, a diferencia de otros años con presidentes socialistas. Me río por no llorar. Quién va a abuchear, si los que allí estaban son los conservadores de antaño que celebran un día de conquistas y masacre en la violación de América hace siglos por héroes de pacotilla. Son los que Rajoy denominó la mayoría silenciosa desde nueva York, los que aún creen en el Imperio que fue un día España y que solo aparece mencionado en los libros de historia y algunos se atreven a celebrar, los que odian a Cataluña y al País Vasco por hablar otras lenguas. No son silenciosos, son agresivos e ignorantes, estúpidos porque no ven que los están engañando como a los que sí se hacen oír frente al Congreso y en las calles de todo el país. Ellos tampoco se salvan y no saben que cuanto más tonto es un pueblo más fácil es de manipular. Es de libro, de manual.

jueves, 11 de octubre de 2012

De orgullos


Estoy orgullosa de muchas de las cosas que me he currado en esta vida, por las que he luchado y que he conseguido.

Me llenan de orgullo mi trabajo y mis pequeños y grandes logros. También los de mis amigos. Estoy muy orgullosa de ellos, cómo no iba a estarlo. Me enorgullece tener unos sobrinos guapos y sanos y que sean, además, buenas personas.

Es un orgullo pertenecer al grupo de los premiados por la suerte, como cuando recibí aquel premio por mi modesto relato. Parece que hubiera pasado un siglo. Es un orgullo tener a tanta gente maravillosa a mi alrededor que me quiere.

Soy poco orgullosa y no me importa reconocer  mis errores. Me siento muy orgullosa de ellos porque me hacen ser quien soy.

Soy muchas cosas. Mujer y blanca, occidental, correctora, redactora, escritora, tía, sobrina, hija, pareja a veces, amiga, compañera de trabajo, amante, exigente, trabajadora, melancólica, alegre, única (esto me lo dijo alguien que me amó).

Soy, entre otras múltiples y variadas cosas, española, pero curiosamente esto no me hace sentir orgullosa. ¿Cómo puedo estar orgullosa de haber nacido en un país concreto por casualidad? Mañana es el llamado Día de la Hispanidad o de la Raza, no sé cuál suena peor. Dice el señor Wert, el Ministro de Cultura (aunque no lo parezca), que quiere españolizar a los estudiantes catalanes. Una vez le han llovido las críticas y se han oído gritos a favor de su dimisión (a los que uno el mío), ha rectificado y la ha liado aún más, explicando que lo que quería decir era que quiere hacer que esos estudiantes no solo se sientan orgullosos de ser catalanes sino también españoles.

¿Y qué pasa, me pregunto, si dichos estudiantes tampoco se sienten orgullosos de ser catalanes o ni siquiera saben lo que es el orgullo aún? Sentirse orgulloso es un acto de aprendizaje y de madurez. Si uno inculca en un niño el orgullo por pertenecer a un grupo exclusivo y excluyente está mediatizando la libertad de pensamiento, de elección, alimentando un sentimiento que si se produce ha de venir dado por una educación en libertad sin falsos patriotismos, que inculque verdaderos valores humanos, solidarios, éticos que todos compartimos, que la humanidad comparte. Manipular para hacer sectario al otro es una labor sucia y fea de la que el señor Wert no debería sentirse orgulloso.

lunes, 8 de octubre de 2012

My british friend

Para Antonio, que me inspira y me entiende

Adoro tu conversación, tu sentido del humor, tus colgantes, tus pañuelos, tus calcetines a juego con el color del jersey, tu estilo, mirarte durante horas, escucharte. Adoro cuando te enfurruñas, cuando ríes, cuando escribes jiji en los whatsapps. Después de un día largo y difícil y cuando estoy más sola, entras en el salón, te sientas en mi sofá rojo y me hablas. De cocina, desde tu blog, de la vida, las lecturas, el amor, las madres que nos animan a escribir y nos leen desde donde estés, allá en Londres, tan cerca pero tan lejos.

El otro día recordé nuestro primer encuentro en Madrid y cómo estuve esperándote tres horas (qué idiota) en el metro a que llegaras. Tenía 16 años, vaya. El barcito en el que escuchamos She loves you y a los Stone Roses, tú con tu impermeable amarillo y el pelo cayéndote sobre los ojos y yo con un mini vestido sesentero y un moño.

Acordarme de ti me da la vida y me refresca memoria y sentimientos. Las charlas en el último viaje, interminables, nos asentaron aún más si cabe, en ese terreno de amor y amistad tan profundo que es difícil de explicar. Contigo todo es fácil aunque sé que no siempre lo es para ti. Sé de tus ires y venires, de los cansancios, y aunque lo imagine seguro que ni me aproximo un poco a lo que sientes. Para ti escribo hoy y desde aquí te contemplo, pasmada de mi buena suerte, de haberte conocido, de esos 16 años que tenía cuando nos hicimos amigos. Gracias por todo, my british friend.



sábado, 6 de octubre de 2012

Dejemos hablar al viento

A poco que escarbemos en la historia encontraremos la "no historia", la que no ocurrió pero nos gustaría que hubiera sucedido. Así, imaginamos un pasado de igualdad eterno los que no hemos vivido una dictadura y hemos crecido y madurado en democracia. Damos por hecho unas acciones y una libertad de movimientos que no siempre se dieron. Y como en nuestra propia historia vital y familiar, mezclamos lo que ocurrió con cómo recordamos que ocurrió. ¿Cuál es el hecho objetivo en realidad? Siempre va a haber un narrador que medie e interprete aunque no quiera y por objetivo que desee ser. Es imposible mostrarse imparcial porque lo que tratemos como verdadero no dejará de ser una visión, nuestra visión.

Visiones tuvieron los del 98 de esa España rota que arrastraba un pesimismo heredado sin que pudiera esquivarlo, pues era su destino. Este determinismo histórico, unido a las recientes derrotas militares, hicieron que se concluyera que el mal de España no tenía cura y que había que asumirlo como una enfermedad. Intentaríamos curarla en la unidad castellana, obsesiva, centralista y rancia, populista, que aún estamos padeciendo.

Aquella España trabada y uniforme que heredó gustoso el franquismo es la que algunos se atreven a mencionar ahora, de nuevo como solución a una crisis ya no económica sino moral que nos ha hecho replantearnos nuestros cimientos democráticos que creíamos tan sólidos, y la actual distribución territorial y de poder.

Por otro lado, ahora que las cosas se ponen crudas, y ante la posibilidad de desvincularse de un gobierno centralista, conservador, con discursos del pasado sobre una unidad de España, las autonomías emergen con más fuerza para separarse de este grupo dirigido por seres deprimentes, sordos al pueblo, que promueven el desánimo desde su púlpito.

No creo que sea el momento de separaciones ni nacionalismos pero tampoco creo que lo sea el de atacar al que es diferente cultural y lingüísticamente. Dejemos de acusar a vascos, catalanes y gallegos de ser raros por querer conservar su lengua materna, su herencia histórica, y por lo tanto su identidad. Ya está bien de persecuciones y discursos castellanistas excluyentes. Dejemos hablar al viento, tituló Onetti a una de sus novelas.

Dejemos que las palabras fluyan en cualquier idioma, vengan de donde vengan. Y parémonos a escuchar lo que tenemos que decirnos, que aunque hablemos lenguas diferentes, hay un punto de encuentro para comunicarnos si queremos hacerlo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ni apolíticos ni analfabetos

A medida que se acerca el fin de semana suelo buscar qué hacer en esos dos días de libertad y me aturullo de la cantidad de cosas que se me ocurren. Son muchos los actos y las exposiciones que me apetecen y el ocio me abre un abanico de posibilidades. Mi ocio es cultural en muchas ocasiones pero no siempre. Pero la cultura es cultura se incluya en los ratos de ocio o no. Si tengo una tarde para ver un espectáculo no es lo mismo que acuda al teatro a ver La Celestina que a ver una deleznable comedia machista, por no llamarle bodrio, animada por una tal Carla Duval. No es lo mismo llevar a tus hijos a ver la exposición de Hopper en el Thyssen que llevarlos al museo del Real Madrid, no es lo mismo.

Confundir el ocio con la cultura, el entretenimiento que adormece las conciencias con el arte que las despierta es un error que puede disculparse en una persona que no se dedica a decidir sobre lo que ha de invertirse anualmente en cultura. Pero no en el que sí lo decide e incluye todo en el mismo saco de "ocio y entretenimiento", la casilla única. Es como mezclar, por ejemplo, las manifestaciones pacíficas, constantes últimamente, de los ciudadanos con las actividades de ocio del fin de semana. "Voy a mirar qué pelis estrenan este finde, y de paso nos acercamos por Sol a manifestarnos". Que las circunstacias políticas y sociales hayan hecho que los ciudadanos salgan a protestar a la calle no significa que les guste, que no les agote, que no estén deseando llevar a sus hijos al parque o a la montaña o al cine -esto ya casi impensable con la subida del IVA-. La gente sale a la calle porque es su deber, porque quieren una vida digna, que los respeten, que no los traten de estúpidos, de analfabetos. El pueblo no es ignorante, y eso lo saben bien los que ahora gobiernan, que han aprovechado la crisis para cargarse aquello que más han temido siempre de la izquierda y les hace sentirse inferiores, la cultura. Saber da poder, bien lo saben ellos, así que qué mejor que cargársela para debilitar al enemigo. "¡Muera la inteligencia!", piensan, en el fondo, como Millán Astray increpando a Unamuno en el año 36.




Decía Carlos Bardem en un reportaje que debemos enamorarnos de la política, hacerla nuestra de nuevo, porque es maravillosa, la de verdad, la que no miente. Y estoy de acuerdo, no demonicemos la política, demonicemos a los malos políticos, señalémoslos con el dedo. La política que hace que el ciudadano pueda participar y decidir es hermosa. Podemos mejorarla, creer en ella, moldearla, potenciarla, es nuestra arma más valiosa.Que no nos quiten lo que tenemos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Es mi casa

Al principio no eran muchos, y cuando pasabas por allí tenías que esquivar una valla o a un policía, pero poco a poco, y ya intensamente en el verano, los alrededores del Congreso de los Diputados fueron llenándose de más vallas y más policías. El perímetro se amplió hasta llegar a Neptuno, desde donde ya no podías subir dirección a la Puerta del Sol ni hacia el Círculo de Bellas Artes por la calle Cedaceros. Apostados en las esquinas de las callecitas que rodean el Congreso estaban los policías, cada vez más molestos, cada vez más mirones.

Daba la impresión de que los ciudadanos de Madrid asumían impertérritos esta situación y que no les importaba lo más mínimo, pero no fue así. Madrid estaba vacío en verano y solo unos pocos turistas se veían afectados aunque no molestos por esas restricciones innecesarias. Tras la vuelta de las vacaciones y ante las nuevas injusticias y los recortes, pero sobre todo debido a la prepotencia, la chulería y la soberbia del gobierno y de todos sus miembros, que hacen que están ciegos ante la sociedad, los ciudadanos han vuelto a salir a la calle con fuerzas renovadas.

Sí, estamos cabreados. Sí, somos hostiles. ¿Quién podría no serlo? A estas alturas de la vida, si eres un banco inepto que pone en peligro los ahorros de todo un país y además timas a tus clientes te dan un tironcillo de orejas, pero si eres un ciudadano con un sueldo de 600 euros y no puedes pagar el alquiler te echan a la calle, te pisotean y se ensañan contigo. Si eres funcionario, además, te quitan lo que pueden y ellos consideran innecesario o "extra". "Soy pobre de pedir" y "yo también lo paso mal con un sueldo de 3.000 euros". Dos personajillos del PP dijeron un día estas palabras, estas frases pronunciadas desde lo alto de la escalera sin ser conscientes de estarlo, porque en el fondo lo piensan, que les falta pasta, que les podría ir mejor... Si algo caracteriza a la derecha es la insolidaridad, el egoísmo y el no saberse poner en la piel de otros porque no lo necesitan. ¿Para qué? Son dictatoriales  –esto se hace porque yo lo digo-, con lo cual no hay una intención de entender ni de ser entendidos, no hay comunicación, ni diálogo, ni conversación.


Anoche en Telemadrid se hacía un "repaso", en uno de los telediarios nocturnos, a la Democracia española y emitían imágenes de un Congreso del año 78 en la que incluían a un Rajoy actual declarándose a favor de la Constitución aprobada ese año, como si él la hubiera creado. Parece que el hecho de que los diputados del PP estén "de acuerdo" con la Constitución los hace únicos y buenos. Bueno, en realidad, si se piensa, para ellos sí lo es, que vienen con el sello franquista en la frente de no pensar, de no salir a la calle, de bajar la cabeza y decir que sí al dictador, al que están acostumbrados, como las familias de las que provienen. Rodear el Congreso pacíficamente es para ellos un acto de vandalismo, como "un golpe de Estado", que decían ayer. Y es que a la derecha le ha dado por enseñar lo que es la democracia sin tener en cuenta el respeto, el derecho a manifestarse, la necesidad -saludable- de la crítica, pero sobre todo sin tener en cuenta que la democracia nos la sabemos nosotros mejor que nadie, que el pueblo llano también estudia y piensa y saca sus conclusiones, aunque a veces le cueste un poco llegar a ellas.

Cuando calientas los ánimos, la cosa arde. Que no nos calienten porque quedan muchas, muchísimas manifestaciones, rodeos y actos en la calle. Es el único modo de no sentirnos estúpidos ni estafados, de sentirnos apoyados y útiles. Rodear el Congreso es como sentarte a la puerta de casa para pedir lo que mereces, lo que te pertenece, porque tú los elegiste y están ahí gracias al sistema democrático, gracias a ti.


sábado, 22 de septiembre de 2012

Él sí, descanse en paz


No imaginé, cuando escribí mi última reflexión, que habría de escribir esta días después. Me llamó mi madre, compungida, para darme la noticia de que Santiago Carrillo había muerto, e inmediatamente recordé uno de esos episodios de la infancia que te vienen sin querer a la memoria y visualizas como si hubiera sido ayer.

Carrillo fue nuestro vecino durante unos años, no sé cuántos, y era notorio porque en el portal del edificio de Madrid en el que estaba nuestro piso, donde jugaba con mis amigas a menudo, se apostaban a diario dos policías para proteger la seguridad del comunista recién admitido en democracia y al que imagino multitud de enemigos fascistas que pululaban y pululan, como cucarachas, amparados ahora por la policía que los protege de los ciudadanos pacíficos.

En mi mente infantil lo respetaba pues advertía admiración entre mis seres más adorados, mi madre y mis hermanos, cuando se referían a él. En resumen, sabía que era un honor compartir vecindario con el dirigente comunista.

Asocio esta época con el humo del tabaco -quizá porque Carrillo también es inimaginable sin un pitillo en la mano- en el cuarto de mis hermanos, una nube densa que me recibía cada vez que entraba allí, una especie de santuario de la paz, la diversión y la música, donde pasaba los mejores ratos de la infancia. Allí estuvo el primer futbolín de mesa, el primer aparato de juegos electrónico, el equipo de música y la radio. Y allí  yo bailaba y cantaba a grito pelado Alaska, Loquillo, los Rolling Stones, mientras las caras de Allende y del Che me miraban desde las paredes. Desde aquella habitación se escuchaban, si abrías la ventana, los macro conciertos del estadio Vicente Calderón.

Recuerdo una tarde de deberes en el salón de casa -tenía yo nueve años- en la que oí lo que parecía una discusión en el cuarto de mis padres, a  pesar de estar mi padre solo echándose la siesta. Al rato aparecieron en el salón mi padre y mis hermanos con gesto preocupado. “Golpe de estado”, “congreso”, decían, y mamá no estaba en casa. Curiosamente, recuerdo esa tarde porque mi libro de Sociales, abierto en la mesa, me explicaba el significado de cada uno de los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Unos muñequitos mostraban un policía, otros a un Guardia Civil… Quién iba a confundir a este último con otro cualquiera, con ese sombrero ridículo que solo verlo hacía temblar las piernas, y más desde aquel 23 de febrero, que como en otros momentos a lo largo de la infancia no fui conciente de lo que había estado a punto de suceder.

 Mamá llegó a salvo a casa y contó lo que había visto en las inmediaciones del Congreso. Fueron días duros y luchadores en los que el país salió a la calle en repulsa por el intento de golpe de estado. No recuerdo haber ido a esa multitudinaria manifestación, aunque creo que me llevaron, pero sí recuerdo el entierro de Enrique Tierno Galván en Madrid. Veo bullicio, mamá y yo llorando, lluvia y una carroza negra de otra época cruzando la villa y corte galdosiana a golpe de caballo. Me acuerdo de Tierno, de él sí, el mejor alcalde. Mamá lo adoraba.

Soy joven como para tener más recuerdos de aquellos años importantes para la Democracia un poco de juguete que abrazaba España, gris aún pero entusiasta, siguiendo lo mejor posible las nuevas reglas de un país civilizado. Agradezco a mi madre que me inculcara esos principios éticos y sociales para vivir en Democracia a pesar de que para ella también fuera incipiente y misteriosa. Lo aprendimos juntas pero a edades diferentes, y su entusiasmo fue el mío. Agradezco que me llevara a manifestaciones y me hiciera patear las calles. Desde entonces no he dejado de faltar a las citas importantes y he aprendido que no hay que tener miedo de expresarse cuando se está del lado de los justos y de los valientes, de los que luchan por la libertad de su pueblo, de los que sirven durante toda su vida honestamente a los que los votaron. No hay que temer a una derecha que jamás, nunca, podrá competir con los grandes caballeros, los verdaderos políticos, los que vivieron la dictadura y el exilio, ni con sus herederos.

 Si nunca has subido en el Metro ni has utilizado el transporte público, si no has hecho colas ni has estado en lista de espera para operarte y siempre has llegado holgadamente a fin de mes no puedes entender la vida de los otros, de las personas de verdad, como Carrillo.





martes, 18 de septiembre de 2012

¿Descanse en paz?


Es curioso que a raíz de la dimisión o muerte de una persona famosa o popular muchos periodistas se vuelquen en hacer una semblanza de su personalidad, un resumen de sus mejores frases y momentos y no un repaso honesto que explique quién era realmente el ser en cuestión.

En el caso de los muertos puedo entender cierto “respeto” por eso de que no pueden defenderse, y aunque fueran malos sabemos que ya no van a molestar más. ¿Pero con los que dimiten? Quizá sea la dimisión una pequeña muerte, una etapa que se cierra y que nunca volverá del mismo modo, de ahí el cuidado de los periodistas al tratar sobre esta extraña especie.

La dimisión suele ir asociada a la honestidad, pues hay tanto ladrón y turbulento en polín de que ha hecho bien, de que por fin asumer estas tierras hay tanto ladrnca volverolestar m su personalidad, un resumen de sustica que no quiere soltar su puesto, que cuando uno lo hace da la sensación de que ha hecho bien, de que por fin asume sus errores o los de los demás en el pasado y para el futuro.

El caso de la señora Aguirre es intencionado, pensado y meditado y nada tiene que ver con un cáncer que padeció ni con tomarse un descanso y dedicarse a la familia. Detrás está el dinero, las argucias, los malos modos, los sobornos, los flirteos empresariales, la cara fascista más vulgar y retrógrada.

Ayer estuve viendo en la televisión y leyendo en los distintos medios de comunicación diversos artículos cargados de cierta nostalgia en los que se repasaba la vida política de esta señora medio analfabeta, malhablada (a pesar de venir de buena familia, con esa prepotencia tan propia de la clase alta de derechas, obscena en trato y lenguaje, sobre todo cuando se dirige a los que no piensan como ella), a la que ahora que ha dimitido todos parecen reírle las gracias o al menos ser más condescendientes con ella.

Es increíble que hace unas horas estuvieran sus compañeros políticos de la oposición echando pestes de ella, y ahora que se ha ido elogien su persona asociando su mala hostia y su perversidad, su mala educación y su carácter insultante con un “carácter fuerte”. Pero qué país es este que alaba al que se va aunque no sea inocente, aunque detrás del gesto no haya una disculpa, una actitud humilde sino retadora y dictatorial.

Cuando un personaje importante, noble o inteligente muere hay un Descanse en paz implícito en nuestra despedida mental, seamos religiosos o no, que hace honor a su trayectoria vital, a su descubrimiento científico, a su obra literaria. Es un deseo natural cuando esa persona ha destacado de algún modo sobre el resto aportando algo a sus semejantes. A la señora Aguirre le deseo, como mínimo, el mismo sufrimiento que ha engendrado y el desprecio de la mayor parte del pueblo, aunque creo que ese ya lo tiene ganado por facha, por ignorante, por sus comentarios racistas y sexistas, por sus insultos. Pero por encima de todo deseo que no descanse en paz.