Al borde de un verano que no llega y a punto de tirar la toalla en mi esfuerzo por intentar aprobar el Módulo 6 de Inglés en la Escuela Oficial de Idiomas, llego a un jueves raro después de un San Isidro de descanso y deporte.
Raro porque no hay sol que valga, llueve polen, y yo, que nunca había tenido alergia, empiezo a estornudar sin parar y parece que tuviera astillitas en los ojos. No dejo de beber agua para aclararme la garganta, que se me seca a cada instante. Entre estos esfuerzos por mantenerme sana frente a un aire insalubre las noticias continúan el ritmo de siempre. Malas, chungas, penosas, no hay grados cerrados, cada día añado un nuevo "estado" a lo que sucede, voy modificándolo ya que siguen sorprendiéndome las agresivas técnicas de este gobierno que nos desgobierna y nos inutiliza para hacernos formar parte de esa política retrógrada y obscena de la que me reiría si pudiera.
Pero esto es serio, no es para reírse. Dentro de poco habrá movilizaciones (entre todas las que ya ha habido) para que dejen de meterse en nuestras vidas, las de las mujeres, a través de telediarios y de espacios públicos, desde los púlpitos y las aceras. Habrá que, una vez más, explicarles a estos señores tan defensores de la vida a toda costa que la decisión de interrumpir un embarazo depende única y exclusivamente de la mujer que está embarazada. Les cuesta entenderlo, habrá que escribírselo, recitárselo, grabárselo. Mientras, siguen contraatacando desde los telediarios de la televisión pública con campañas anti-aborto, del sector más conservador del partido que gobierna, y con consejos de "rezos" a los santos para pedir trabajo los parados o recomendando normas para el "decoro" en la vestimenta de nuestras jóvenes, que van provocando -esto salió ayer, lo juro-.
Aleccionar, pretender "enseñar" una doctrina a través de un medio público es más propio de las dictaduras que de las democracias. No me extraña, tal y como se está sucediendo todo en este país que empieza a transformarse en tragedia -ojalá fuera tragicomedia, pero no tengo fuerzas-, pero no deja de alarmarme. ¿Qué será lo siguiente? No quiero imaginarlo.
La marea sube poco a poco y lentamente y muchos de los que empezaron a protestar, eufóricos en su derecho, se han agotado de gritar a una pared, a un muro que no responde. Hemos de seguir gritando, sin embargo. No lo cambiaremos todo -hay cosas que ya jamás serán las mismas-, pero otras sí podrán cambiarse y cambiarán, estoy segura, como la ley de desahucios, por ejemplo. Mucho o poco, hay que hacer que se perciba el malestar y no darnos por vencidos. Si no peleamos, acabaremos ahogados del modo más humillante, sin haber intentado nadar, movernos un poco, gritar, pedir ayuda, protestar, decir que esto no nos gusta.
Decir no es muy difícil y aprender a hacerlo requiere de libertad y de inteligencia. Digamos no y enseñemos a los más jóvenes a hacerlo con un porqué y con un fin.
jueves, 16 de mayo de 2013
lunes, 13 de mayo de 2013
BESITOS en mayúscula
BESITOS (con mayúsculas, que son más cariñosos). Así se despide mamá
en su último mensaje por correo electrónico, con esas siete letras más grandes. Y me quedo pensando en que, lejos de distanciarnos,
nos ha unido este tipo de tecnología a algunas personas con las que antes no
podíamos hablar con la fluidez y la frecuencia con la que deseábamos hacerlo.
Los mensajes enviados y recibidos van creando esa relación
que para muchos es un esfuerzo. La mayoría de las redes sociales más populares se
ocupan, precisamente por este motivo, de que tengamos que hacer muy poco más
que pulsar un “Me gusta” y añadir una carita sonriente de vez en cuando a breves comentarios para hacerlos más cercanos.
Mamá aún no sabe añadir iconitos (macaquitos, los llama
ella) a sus mensajes, ni falta que le hace. Estos ya están lo suficientemente
trabajados y humanizados y tienen la esencia de ella misma, esa que la hace
cercana, divertida e irónica.
Queda tan poco ya de esas conversaciones apasionantes que manteníamos
por teléfono con los que estaban lejos, o de esas cartas de varios folios que
pesaban antes de abrirlas y cargaban con mensajes maravillosos, con historias
cotidianas.
Pienso en 84, Charing
Cross Road, la deliciosa obrita de Helene Hanff, basada en la relación
epistolar entre una lectora norteamericana y un librero inglés después de la
Segunda Guerra Mundial, en plena posguerra. El intercambio durará veinte años,
suficiente para conocerse, respetarse y quererse de un modo cauteloso y
distante pero hermoso. El amor a la lectura, a los libros, al oficio de librero
que tan olvidado puede parecer ahora, protagonizan la historia.
De esta deliciosa obra que ejemplifica las relaciones
humanas del pasado y la comunicación epistolar parece que hubiera habido un
salto que intensifica las relaciones, pero no ha sido así. Se ha ampliado la
velocidad de comunicación y el número de personas que puedes conocer, y a las que tener acceso de ese modo campechano y poco profundo que caracteriza las amistades
en la red. Pero conocimiento verdadero del otro, intimidad, sinceridad,
palabras de consuelo, de eso ya queda poco.
La comunicación ha disminuido abriendo camino a la información banal, somera, que poco nos dice del otro. Por eso agradezco tanto las relaciones intensas que el correo electrónico me ha proporcionado. Con un par de amigos sigo escribiéndome como cuando nos mandábamos cartas, incluso en la frecuencia (no muy a menudo). No son mensajes largos pero son intensos y contienen los hechos de un amplio periodo de tiempo.
Pero la correspondencia más importante es la de mamá. Podemos ser sinceras y contárnoslo todo, desde las pequeñeces cotidianas más tontas hasta los pensamientos más profundos, esos que solo surgen cuando escribes y no, a lo mejor, mientras hablas frente a frente y te miras a los ojos. La escritura provoca reflexiones distintas, es una manera de verbalizar en silencio, de confesar lo más oculto de uno mismo.
Esos BESITOS gigantes y mayúsculos son hoy el motor de mi día luminoso porque lo dicen todo. Ahora sé que cuando aparezcan después de un mensaje de mamá significará más cariño, cada vez más grande, como el mío.
La comunicación ha disminuido abriendo camino a la información banal, somera, que poco nos dice del otro. Por eso agradezco tanto las relaciones intensas que el correo electrónico me ha proporcionado. Con un par de amigos sigo escribiéndome como cuando nos mandábamos cartas, incluso en la frecuencia (no muy a menudo). No son mensajes largos pero son intensos y contienen los hechos de un amplio periodo de tiempo.
Pero la correspondencia más importante es la de mamá. Podemos ser sinceras y contárnoslo todo, desde las pequeñeces cotidianas más tontas hasta los pensamientos más profundos, esos que solo surgen cuando escribes y no, a lo mejor, mientras hablas frente a frente y te miras a los ojos. La escritura provoca reflexiones distintas, es una manera de verbalizar en silencio, de confesar lo más oculto de uno mismo.
Esos BESITOS gigantes y mayúsculos son hoy el motor de mi día luminoso porque lo dicen todo. Ahora sé que cuando aparezcan después de un mensaje de mamá significará más cariño, cada vez más grande, como el mío.
martes, 23 de abril de 2013
Te escribo, me escribes, leemos
Mamá nació el 23 de abril de 1936, así que hoy celebra su cumpleaños. Este año es distinto, pues puedo felicitarla por correo electrónico muy temprano, para que cuando acuda a su portátil medio dormida, sin haber desayunado aún, se encuentre con palabras cariñosas.
Es, desde Reyes, un nuevo modo maravilloso de comunicarnos. Por teléfono o en persona las palabras se pierden y uno sin querer puede desconectar y no escuchar atentamente, como el otro desea. Aquí, sin embargo, nos hablamos sin tapujos, sin cuidado, sin interferencias. Nos decimos las cosas y vamos sabiendo la una de la otra más y más. Uno no deja de conocer a las personas con el paso de los años. No lo conocemos todo de una vez, y menos de los padres. Vamos sacando datos, escuchando aventuras, historias. Sabiendo de su niñez, de su juventud, ellos que siempre nos parecieron inalterables y de edad inamovible e incierta.
A mamá le ha dado por contar y me narra, me escribe, y lo hace bien. Con las palabras como le salen, casi como si hablara, pero sin errores, con los términos exactos, la prosa sencilla y las frases cortas. Y con esa especial sensibilidad casi infantil que intuía que poseía pero que no había comprobado con certeza hasta ahora. Me recuerda a Celia a veces, es decir, a Elena Fortún, a la creadora del personaje entrañable que he leído y releído gracias, precisamente, a mi madre.
Leer nos hace libres, dicen, y creo que es cierto. El genio cervantino y el shakesperiano se celebran hoy como símbolo de esa libertad en lo escrito (la del que escribe lo que desea) y en el que lo lee (que puede elegir qué quiere o desea leer en cada momento sin censura).
Uno de los pensamientos que más acude a mi madre, y que ha compartido conmigo en varias ocasiones, es el de una España de posguerra caracterizada por la ignorancia, en la que de un tal Lorca no se sabía, ni de un Machado, y en el que Día del Libro no existía. La generación de mi madre descubrió tarde a algunos autores, pero al menos supieron, pudieron leer y conocer. Muchos otros se quedaron en el camino, privados del placer de ver nacer la Democracia y con ella la libertad. Por ello, el Día del Libro se siente uno agradecido, confortado.
(Mientras escribo, por cierto, mamá ya leyó mi correo de felicitación, y me responde que a estas horas, el 23 de abril de 1936, aún estaba en el limbo, pues nació a las 18:00 horas. Así es ella.)
miércoles, 17 de abril de 2013
Los lugares inviolables
Hay momentos y lugares que no deberían interrumpirse ni
violarse. Una maratón no puede terminar violentamente, una clase en la
universidad no ha de verse interrumpida nunca por el estampido del arma de un
terrorista.
Cuando estudiaba el doctorado en la Universidad Autónoma,
tras terminar la carrera de Filología Hispánica, viví el desolador episodio del
asesinato de Tomás y Valiente en su despacho. Alguien entró en nuestra aula y
nos avisó de lo que había sucedido, de lo que acababa de ocurrir a unos pocos metros de nosotros. La
perplejidad primero, después la indignación.
Lo mismo sentí ayer ante la noticia del atentado de Boston.
Y es que hay lugares y actos que parecen inviolables y no me imagino a nadie rompiendo
esas normas no escritas. Pero sucede.
domingo, 14 de abril de 2013
Llegada de la primavera sentada en un café
Espero a mamá en esta cafetería una mañana de domingo. Es excelente para trabajar y escribir. Desde la ventana el sol me da a trozos en el rostro. Solo se escucha el sonido de una máquina encendida, un congelador o algo parecido. Desde aquí veo las terrazas de un par de casas que deben costar un riñón en esta zona, seguro.
La mañana ha comenzado con el fin de una novela que no quería terminar de leer pero ha sido genial hacerlo no ya entre las sábanas sino en el pequeño balcón de mi cuarto. El segundo café de la mañana me ha acompañado. Después he mirado el parque, en el que tan temprano solo había un señor con su perro.
Da gusto madrugar en domingo y pensar que el resto del mundo está dormido mientras tú lo tienes para ti solita, todo tuyo para hacer lo que quieras. Se me acumulan los planes, los proyectos. Finalmente salgo rauda a la cafetería donde me encontraré con mi madre y charlaremos. Son estos los domingos de palabras, de confidencias, que hoy en concreto comienza como terminó el día de ayer, con las palabras. Un agradable rato de cañas por el centro de la capital en buena compañía en un Madrid de sábado tarde-noche abarrotado, el reconocimiento de los mismos pesares y los mismos consuelos en el amigo que te escucha. También las mismas alegrías. Planes de viaje juntos, sueños.
El día me ha recibido hoy, al bajar a la calle, con sol y temperatura cálida, tan insólito que me daba la impresión de haber estado dormida toda una estación y haber despertado con la llegada real de la primavera, de esa que los que vivimos en Madrid sentimos tan pocas veces. Es mucho más frecuente el paso del frío al calor más agobiante, no hay términos medios en esta ciudad cargada de ruido y luz.
Hoy, sin embargo, es de esos pocos días de primavera que al mediodía podría parecer veraniego incluso. Hoy es día de pasar el tiempo al aire libre y empezar mañana la semana de un modo diferente, soñando con el próximo domingo, quizá ya no de palabras pero sí de buen tiempo instalado en un pequeño balcón, en el reflejo de una ventana de una cafetería en el Paseo del Prado madrileño.
La mañana ha comenzado con el fin de una novela que no quería terminar de leer pero ha sido genial hacerlo no ya entre las sábanas sino en el pequeño balcón de mi cuarto. El segundo café de la mañana me ha acompañado. Después he mirado el parque, en el que tan temprano solo había un señor con su perro.
Da gusto madrugar en domingo y pensar que el resto del mundo está dormido mientras tú lo tienes para ti solita, todo tuyo para hacer lo que quieras. Se me acumulan los planes, los proyectos. Finalmente salgo rauda a la cafetería donde me encontraré con mi madre y charlaremos. Son estos los domingos de palabras, de confidencias, que hoy en concreto comienza como terminó el día de ayer, con las palabras. Un agradable rato de cañas por el centro de la capital en buena compañía en un Madrid de sábado tarde-noche abarrotado, el reconocimiento de los mismos pesares y los mismos consuelos en el amigo que te escucha. También las mismas alegrías. Planes de viaje juntos, sueños.
El día me ha recibido hoy, al bajar a la calle, con sol y temperatura cálida, tan insólito que me daba la impresión de haber estado dormida toda una estación y haber despertado con la llegada real de la primavera, de esa que los que vivimos en Madrid sentimos tan pocas veces. Es mucho más frecuente el paso del frío al calor más agobiante, no hay términos medios en esta ciudad cargada de ruido y luz.
Hoy, sin embargo, es de esos pocos días de primavera que al mediodía podría parecer veraniego incluso. Hoy es día de pasar el tiempo al aire libre y empezar mañana la semana de un modo diferente, soñando con el próximo domingo, quizá ya no de palabras pero sí de buen tiempo instalado en un pequeño balcón, en el reflejo de una ventana de una cafetería en el Paseo del Prado madrileño.
miércoles, 10 de abril de 2013
Black Mirror
Primero la sonrisa, después el estupor. No podía creer tanta suerte. Todos
los componentes viajando en una sola entrega de una hora, ni demasiado corta ni
demasiado larga. La ciencia-ficción cotidiana que me atrapa desde que leí El
hombre invisible o Fahrenheit 451.
Esos mundos posibles cada vez más cercanos a los que me lleva esta serie me conmovieron desde las primeras escenas. Tres capítulos independientes unidos por un tema común: cuáles son los límites de los avances tecnológicos, cómo pueden afectarnos emocionalmente, cómo pueden cambiar nuestras vidas.
Esos mundos posibles cada vez más cercanos a los que me lleva esta serie me conmovieron desde las primeras escenas. Tres capítulos independientes unidos por un tema común: cuáles son los límites de los avances tecnológicos, cómo pueden afectarnos emocionalmente, cómo pueden cambiar nuestras vidas.
Nunca hay un control absoluto, siempre un pero o un fallo en la “criatura”
creada para hacernos más cómoda la existencia. Pero cuando el monstruo se
vuelve contra el padre que lo trajo al mundo con ese descaro incontrolable de
niño malcriado, poco se puede hacer. Y cuando queremos darnos cuenta es demasiado
tarde para reconducirlo por el buen camino porque nosotros mismos
descontrolamos las emociones creadas por el artilugio, el programa, el
software, la nueva forma de vivir que nos ha cambiado para siempre y que
heredarán los que nos sucedan.
Black Mirror es mi camino a otra
visión, como lo han sido esos clásicos de la ciencia-ficción en literatura o en
el cine. Me interesa porque me completa, llena ese vacío de incertidumbre ante
lo que podría ser y aún no es, ante lo que se aproxima, que esperamos con
impaciencia pero también con cierto nerviosismo.
Ese futuro es nuestra parte mas oscura porque es la que nos hace imaginar
lo cruel y extraño que será el mundo en unos años. Pocos pensamos en el futuro
como un tiempo prometedor con avances que nos harán más felices. Casi todos adoptamos
un temor al cambio, a más vale lo malo conocido, no queremos arriesgarnos.
La serie es deslumbrante. Posee la frialdad y la belleza de un paisaje
gris casi blanco un día nublado o el del interior de una nevera nueva. Las interpretaciones
de los personajes son igualmente traslúcidas, casi etéreas. Al menos en la primera
temporada y el comienzo de la segunda (me quedan dos capítulos por disfrutar).
Moderna, brutal, compasiva a ratos, con diálogos brillantes, nunca obvia. Cuenta lo que no sabemos a ciencia cierta que vaya a suceder pero
intuimos que podría ocurrir u ocurriría si nosotros fuéramos alguno de los personajes, que parecen vivir unas vidas que podrían ser las nuestras. Y el Yo que haría se repite en cada capítulo como una llamada al interior de nuestra psique.
viernes, 29 de marzo de 2013
La vida llena de sentido
La frase, oída hasta la saciedad, de que empezamos a apreciar algo cuando lo perdemos es perfecta para resumir Perfect sense, una película que llega a mí tardíamente, como cada vez sucederá más debido a los recortes. El seguimiento que hacía a menudo de lo estrenado en salas independientes me mantenía en contacto con un cine menos comercial, pero ahora ya no va a ser posible, así que mis referencias serán los compañeros piratas que me pasan películas en versión original subtitulada.
Veo la película porque me apetece disfrutar de Ewan McGregor, que creo no me ha decepcionado en ninguno de los papeles que ha protagonizado. Todo empieza suavemente y pronto aprecio cierta estética de videoclip y de documental a un tiempo. Da la impresión de que algunas imágenes han sido rescatadas de pedazos de otros documentales sobre países en los que la violencia se produce en las calles. Cuando aparece la pareja protagonista, ambos hermosos y perfectos, y la banda sonora los envuelve parece que estemos viendo la historia irreal de una canción, con esa plasticidad tan propia de los videoclips que sin embargo no puede dejar de fascinarnos. Y así sucede. No dejo de asombrarme hasta el final a pesar de algunos fallos en el guión, en la evolución de los personajes, sobre todo en los secundarios, quizá porque la historia avanza, junto a la epidemia que asola a la humanidad en la película, a pasos agigantados.
Tras un ataque de pena, de pérdida inevitable por lo que hicimos mal con los demás en el pasado, tras el arrepentimiento y el deseo de morir, llega la ausencia de sentido y la humanidad deja de oler. Enseguida se acostumbra a la pérdida del olfato, y a pesar de que ya nada es como antes, la vida sigue. Así comienza la película, al tiempo que se inicia una relación entre una epidemióloga, que está siguiendo la evolución de la extraña enfermedad, y un chef especializado en pescados de un elegante restaurante de Londres. La hermosa ciudad nos envuelve y es grato reconocer calles de la ciudad, su peculiar e inconfundible luz, su olor, a pesar de que en cuanto desaparece el sentido de los personajes también nosotros lo perdemos.
No voy a contar nada más. Vedla, sentid la película con cada uno de los sentidos que poseéis. Hay, sobre todo, una escena prodigiosa, única, que vale por toda la película, un ataque de hambre multitudinario que convierte a los personajes en seres vulnerables y animalizados y que nos conmueve profundamente. Ahí queda. Disfrutadla.
Veo la película porque me apetece disfrutar de Ewan McGregor, que creo no me ha decepcionado en ninguno de los papeles que ha protagonizado. Todo empieza suavemente y pronto aprecio cierta estética de videoclip y de documental a un tiempo. Da la impresión de que algunas imágenes han sido rescatadas de pedazos de otros documentales sobre países en los que la violencia se produce en las calles. Cuando aparece la pareja protagonista, ambos hermosos y perfectos, y la banda sonora los envuelve parece que estemos viendo la historia irreal de una canción, con esa plasticidad tan propia de los videoclips que sin embargo no puede dejar de fascinarnos. Y así sucede. No dejo de asombrarme hasta el final a pesar de algunos fallos en el guión, en la evolución de los personajes, sobre todo en los secundarios, quizá porque la historia avanza, junto a la epidemia que asola a la humanidad en la película, a pasos agigantados.
Tras un ataque de pena, de pérdida inevitable por lo que hicimos mal con los demás en el pasado, tras el arrepentimiento y el deseo de morir, llega la ausencia de sentido y la humanidad deja de oler. Enseguida se acostumbra a la pérdida del olfato, y a pesar de que ya nada es como antes, la vida sigue. Así comienza la película, al tiempo que se inicia una relación entre una epidemióloga, que está siguiendo la evolución de la extraña enfermedad, y un chef especializado en pescados de un elegante restaurante de Londres. La hermosa ciudad nos envuelve y es grato reconocer calles de la ciudad, su peculiar e inconfundible luz, su olor, a pesar de que en cuanto desaparece el sentido de los personajes también nosotros lo perdemos.
No voy a contar nada más. Vedla, sentid la película con cada uno de los sentidos que poseéis. Hay, sobre todo, una escena prodigiosa, única, que vale por toda la película, un ataque de hambre multitudinario que convierte a los personajes en seres vulnerables y animalizados y que nos conmueve profundamente. Ahí queda. Disfrutadla.
domingo, 17 de marzo de 2013
Why do you do?
Hoy es un buen día para escuchar a Sidonie, mientras veo caer la lluvia de la primavera que ya se huele en los días más largos y en la luz inconfundible de primera y última hora. El almendro de Atocha con Moyano está maravilloso este año.
No hace frío para correr, así que salgo bajo la lluvia. Los días de lluvia valen por dos en esto del "running", pero yo lo prefiero. No sufro, no protesto. Intento una nueva forma de correr y creo que funciona. Me relajo, corro, escucho a Sidonie en 180º de Radio 3 y me emociono tanto que al llegar a casa lo pongo en Spotify, donde los escucho de nuevo mientras escribo. Me quedo horas hechizada.
Desde mi nuevo portátil veo distinta la realidad. Aún no tengo el Mac tan deseado pero podré enamorarme de este, es cuestión de tiempo. La historia con mi nuevo PC es como la de un matrimonio concertado. Es un buen negocio, útil, una buena inversión, pero no hay amor aún. Surgirá. El amor verdadero quizá para dentro de otros cuatro años, ese Mac ligero que sin duda algún día tocarán mis dedos.
La mañana con Sidonie me anuncia tres días de fiesta e intimidad. Es suave el fin de semana en el que entro a pesar de la brutalidad de la semana. Llegas a estar con esos desconocidos como alimañas como en tu propia casa, y cuando realmente llegas a ella te parece imposible la paz y esa serenidad que solo los días de lluvia tienen.
Todo esto lo escribí ayer por la mañana. Hoy es domingo y saboreo un café (soluble, me quedé sin el habitual ayer) y ya no llueve pero lo ha hecho. Está siendo un fin de semana intenso de lecturas nuevas, de iniciativas, de ideas y de proyectos. El aprendizaje del inglés empieza a ser una realidad. Ayer tuve mi primera tarde de intercambio. Acudí al café que me recomendaron como uno de los más interesantes para hablar con otras personas en inglés. Fue un bonito primer capítulo de una serie, me sentí como un personaje de Cheers, quizá como Fraiser cuando llega por primera vez al bar. Bueno, estoy exagerando. Voy a contarlo bien.
Entré en el café-bar y estaba medio vacío. Junto a la puerta se veía una mesa con libros en inglés y a la izquierda una bonita estantería con más títulos. A la derecha y al fondo, la barra, donde un camarero fuerte de ojos claros y barba me saluda y me pregunta en inglés qué quiero tomar. Me siento en una de las sillas de la barra. Detrás de mí hay tres mesas bajas con sillas. En una de ellas, una pareja joven charla en inglés. Ella habla bastante bien. Al fondo, en la tercera mesa detrás de mí, una madre y su hijo leen una revista y un libro respectivamente. De vez en cuando se dicen algo en inglés. Son turistas porque al salir preguntan al camarero donde ir "de tapas".
La luz del local es bajita y la música que suena, muy buena. Por el acento del camarero, que habla con otro inglés acodado en un extremo de la barra, deduzco que es británico. A mi lado hay un chico enfrascado en la lectura en inglés de un libro de Stephen King. De vez en cuando subraya alguna palabra. Parece español. Me pregunto si será fácil entender a King en inglés. Le pregunto al camarero cuándo son los días de intercambio. Lo sé pero quiero confirmarlo, no estoy segura al cien por cien. Me dice lo que espero. Hoy sábado, precisamente, a partir de las 8, es uno de los días.
Al ratillo, y mientras leo David Copperfield en inglés en mi ebook, entra una pareja con una niña pequeña. Piden brownies, muffins y cafés. Yo sigo con mi cerveza a un euro. Al cabo de unos veinte minutos se me acerca la chica que ha entrado con su hija y su marido y nos ponemos a hablar. "Así que de este modo funciona", pienso. Y me encanta. Me dice que es mexicana, que lleva cinco años en España. Está estudiando en la Carlos III una carrera de Empresariales pero necesita mejorar su inglés. Nos contamos las vidas -en inglés-. Habla mucho mejor que yo pero nos entendemos bien. Es simpática y divertida. Nos damos los teléfonos para otro día. Se va a otro extremo de la barra para hablar con el inglés amigo del camarero, al que entiendo muy bien.
Me doy la vuelta en el asiento y veo que el español que leía a King ha cerrado el libro y está hablando con un chico de aspecto inglés que me incluye inmediatamente en la conversación. El juego ahora es otro. El chico español (David) y yo hablamos en inglés, mientras el inglés (de Manchester, profesor universitario de filología inglesa) habla español y se interesa mucho en que yo haya dado clases de español. Saca la lengua y me pregunta en qué parte del paladar tiene que ponerla para pronunciar correctamente "perro". Le sale algo así como "pego". Practicamos. Yo digo "perro" y él dice "pego", que después pasa a "pergo" y que acaba pareciéndose bastante a la doble erre española. Tengo una sensación de estar viviendo una historia surrealista que me encanta. Creo que nunca ha sido tan fácil entablar conversación en un bar con la gente sin estar borrachos todos.
Nos enfrascamos, pues, en una interesante conversación sobre idiomas y técnicas de estudio en España e Inglaterra. El inglés se va y me quedo con David, el español, que me enseña las herramientas que se ha bajado para aprender el idioma en el iPhone. Me anoto algunas que no conocía. Tiene más nivel que yo aunque no lleva demasiados años estudiando. Ahora está desesperado. Si no aprueba un examen internacional para trabajar en determinados países del sur de Arabia y de Australia no podrá trabajar. En breve lo echarán del colegio privado en el que enseña. Le falta inglés y el futuro de la enseñanza del idioma en este país es pésimo. Antes, por un horario nocturno ganaba 1.200 euros. Ahora, 600. No puede vivir con 600 euros Me da un par de direcciones más donde se puede hacer intercambio. Él va después a otro bar que está también por el centro. Pienso si animarme pero estoy ya cansada. Quedamos en vernos pronto, si no es en este café-bar en el otro del que me ha hablado. Nos anotamos los horarios con interés.
El local se ha llenado. En la parte del sótano, a la que bajo pues es donde están los baños, las paredes están forradas de estanterías que llegan hasta el techo de libros nuevos y de segunda mano en inglés a muy buen precio. También te dejan leer en el local, aunque creo que solo los de arriba. Aquí puedes quedarte horas, el sótano está vacío, huele a humedad y la luz es muy acogedora. Los ejemplares me miran mudos desde los estantes esperando a que los coja pero no saben que no los entenderé muy bien, y eso me da cierto reparo. Los admiro. Veo a Mankell, a Shakespeare y a Roth en uno de los rincones más oscuros, tentándome para que los ojee. Por hoy ha sido suficiente. Estoy cansada y llevo casi dos horas hablando en inglés. El fin de semana está siendo perfecto.
Have a good weekend!
No hace frío para correr, así que salgo bajo la lluvia. Los días de lluvia valen por dos en esto del "running", pero yo lo prefiero. No sufro, no protesto. Intento una nueva forma de correr y creo que funciona. Me relajo, corro, escucho a Sidonie en 180º de Radio 3 y me emociono tanto que al llegar a casa lo pongo en Spotify, donde los escucho de nuevo mientras escribo. Me quedo horas hechizada.
Desde mi nuevo portátil veo distinta la realidad. Aún no tengo el Mac tan deseado pero podré enamorarme de este, es cuestión de tiempo. La historia con mi nuevo PC es como la de un matrimonio concertado. Es un buen negocio, útil, una buena inversión, pero no hay amor aún. Surgirá. El amor verdadero quizá para dentro de otros cuatro años, ese Mac ligero que sin duda algún día tocarán mis dedos.
La mañana con Sidonie me anuncia tres días de fiesta e intimidad. Es suave el fin de semana en el que entro a pesar de la brutalidad de la semana. Llegas a estar con esos desconocidos como alimañas como en tu propia casa, y cuando realmente llegas a ella te parece imposible la paz y esa serenidad que solo los días de lluvia tienen.
Todo esto lo escribí ayer por la mañana. Hoy es domingo y saboreo un café (soluble, me quedé sin el habitual ayer) y ya no llueve pero lo ha hecho. Está siendo un fin de semana intenso de lecturas nuevas, de iniciativas, de ideas y de proyectos. El aprendizaje del inglés empieza a ser una realidad. Ayer tuve mi primera tarde de intercambio. Acudí al café que me recomendaron como uno de los más interesantes para hablar con otras personas en inglés. Fue un bonito primer capítulo de una serie, me sentí como un personaje de Cheers, quizá como Fraiser cuando llega por primera vez al bar. Bueno, estoy exagerando. Voy a contarlo bien.
Entré en el café-bar y estaba medio vacío. Junto a la puerta se veía una mesa con libros en inglés y a la izquierda una bonita estantería con más títulos. A la derecha y al fondo, la barra, donde un camarero fuerte de ojos claros y barba me saluda y me pregunta en inglés qué quiero tomar. Me siento en una de las sillas de la barra. Detrás de mí hay tres mesas bajas con sillas. En una de ellas, una pareja joven charla en inglés. Ella habla bastante bien. Al fondo, en la tercera mesa detrás de mí, una madre y su hijo leen una revista y un libro respectivamente. De vez en cuando se dicen algo en inglés. Son turistas porque al salir preguntan al camarero donde ir "de tapas".
La luz del local es bajita y la música que suena, muy buena. Por el acento del camarero, que habla con otro inglés acodado en un extremo de la barra, deduzco que es británico. A mi lado hay un chico enfrascado en la lectura en inglés de un libro de Stephen King. De vez en cuando subraya alguna palabra. Parece español. Me pregunto si será fácil entender a King en inglés. Le pregunto al camarero cuándo son los días de intercambio. Lo sé pero quiero confirmarlo, no estoy segura al cien por cien. Me dice lo que espero. Hoy sábado, precisamente, a partir de las 8, es uno de los días.
Al ratillo, y mientras leo David Copperfield en inglés en mi ebook, entra una pareja con una niña pequeña. Piden brownies, muffins y cafés. Yo sigo con mi cerveza a un euro. Al cabo de unos veinte minutos se me acerca la chica que ha entrado con su hija y su marido y nos ponemos a hablar. "Así que de este modo funciona", pienso. Y me encanta. Me dice que es mexicana, que lleva cinco años en España. Está estudiando en la Carlos III una carrera de Empresariales pero necesita mejorar su inglés. Nos contamos las vidas -en inglés-. Habla mucho mejor que yo pero nos entendemos bien. Es simpática y divertida. Nos damos los teléfonos para otro día. Se va a otro extremo de la barra para hablar con el inglés amigo del camarero, al que entiendo muy bien.
Me doy la vuelta en el asiento y veo que el español que leía a King ha cerrado el libro y está hablando con un chico de aspecto inglés que me incluye inmediatamente en la conversación. El juego ahora es otro. El chico español (David) y yo hablamos en inglés, mientras el inglés (de Manchester, profesor universitario de filología inglesa) habla español y se interesa mucho en que yo haya dado clases de español. Saca la lengua y me pregunta en qué parte del paladar tiene que ponerla para pronunciar correctamente "perro". Le sale algo así como "pego". Practicamos. Yo digo "perro" y él dice "pego", que después pasa a "pergo" y que acaba pareciéndose bastante a la doble erre española. Tengo una sensación de estar viviendo una historia surrealista que me encanta. Creo que nunca ha sido tan fácil entablar conversación en un bar con la gente sin estar borrachos todos.
Nos enfrascamos, pues, en una interesante conversación sobre idiomas y técnicas de estudio en España e Inglaterra. El inglés se va y me quedo con David, el español, que me enseña las herramientas que se ha bajado para aprender el idioma en el iPhone. Me anoto algunas que no conocía. Tiene más nivel que yo aunque no lleva demasiados años estudiando. Ahora está desesperado. Si no aprueba un examen internacional para trabajar en determinados países del sur de Arabia y de Australia no podrá trabajar. En breve lo echarán del colegio privado en el que enseña. Le falta inglés y el futuro de la enseñanza del idioma en este país es pésimo. Antes, por un horario nocturno ganaba 1.200 euros. Ahora, 600. No puede vivir con 600 euros Me da un par de direcciones más donde se puede hacer intercambio. Él va después a otro bar que está también por el centro. Pienso si animarme pero estoy ya cansada. Quedamos en vernos pronto, si no es en este café-bar en el otro del que me ha hablado. Nos anotamos los horarios con interés.
El local se ha llenado. En la parte del sótano, a la que bajo pues es donde están los baños, las paredes están forradas de estanterías que llegan hasta el techo de libros nuevos y de segunda mano en inglés a muy buen precio. También te dejan leer en el local, aunque creo que solo los de arriba. Aquí puedes quedarte horas, el sótano está vacío, huele a humedad y la luz es muy acogedora. Los ejemplares me miran mudos desde los estantes esperando a que los coja pero no saben que no los entenderé muy bien, y eso me da cierto reparo. Los admiro. Veo a Mankell, a Shakespeare y a Roth en uno de los rincones más oscuros, tentándome para que los ojee. Por hoy ha sido suficiente. Estoy cansada y llevo casi dos horas hablando en inglés. El fin de semana está siendo perfecto.
Have a good weekend!
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