domingo, 14 de abril de 2013

Llegada de la primavera sentada en un café

Espero a mamá en esta cafetería una mañana de domingo. Es excelente para trabajar y escribir. Desde la ventana el sol me da a trozos en el rostro. Solo se escucha el sonido de una máquina encendida, un congelador o algo parecido. Desde aquí veo las terrazas de un par de casas que deben costar un riñón en esta zona, seguro.

La mañana ha comenzado con el fin de una novela que no quería terminar de leer pero ha sido genial hacerlo no ya entre las sábanas sino en el pequeño balcón de mi cuarto. El segundo café de la mañana me ha acompañado. Después he mirado el parque, en el que tan temprano solo había un señor con su perro.

Da gusto madrugar en domingo y pensar que el resto del mundo está dormido mientras tú lo tienes para ti solita, todo tuyo para hacer lo que quieras. Se me acumulan los planes, los proyectos. Finalmente salgo rauda a la cafetería donde me encontraré con mi madre y charlaremos. Son estos los domingos de palabras, de confidencias, que hoy en concreto comienza como terminó el día de ayer, con las palabras. Un agradable rato de cañas por el centro de la capital en buena compañía en un Madrid de sábado tarde-noche abarrotado, el reconocimiento de los mismos pesares y los mismos consuelos en el amigo que te escucha. También las mismas alegrías. Planes de viaje juntos, sueños.

El día me ha recibido hoy, al bajar a la calle, con sol y temperatura cálida, tan insólito que me daba la impresión de haber estado dormida toda una estación y haber despertado con la llegada real de la primavera, de esa que los que vivimos en Madrid sentimos tan pocas veces. Es mucho más frecuente el paso del frío al calor más agobiante, no hay términos medios en esta ciudad cargada de ruido y luz.

Hoy, sin embargo, es de esos pocos días de primavera que al mediodía podría parecer veraniego incluso. Hoy es día de pasar el tiempo al aire libre y empezar mañana la semana de un modo diferente, soñando con el próximo domingo, quizá ya no de palabras pero sí de buen tiempo instalado en un pequeño balcón, en el reflejo de una ventana de una cafetería en el Paseo del Prado madrileño.


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