miércoles, 10 de abril de 2013

Black Mirror


Primero la sonrisa, después el estupor. No podía creer tanta suerte. Todos los componentes viajando en una sola entrega de una hora, ni demasiado corta ni demasiado larga. La ciencia-ficción cotidiana que me atrapa desde que leí El hombre invisible o Fahrenheit 451

Esos mundos posibles cada vez más cercanos a los que me lleva esta serie me conmovieron desde las primeras escenas. Tres capítulos independientes unidos por un tema común: cuáles son los límites de los avances tecnológicos, cómo pueden afectarnos emocionalmente, cómo pueden cambiar nuestras vidas.

Nunca hay un control absoluto, siempre un pero o un fallo en la “criatura” creada para hacernos más cómoda la existencia. Pero cuando el monstruo se vuelve contra el padre que lo trajo al mundo con ese descaro incontrolable de niño malcriado, poco se puede hacer. Y cuando queremos darnos cuenta es demasiado tarde para reconducirlo por el buen camino porque nosotros mismos descontrolamos las emociones creadas por el artilugio, el programa, el software, la nueva forma de vivir que nos ha cambiado para siempre y que heredarán los que nos sucedan.

Black Mirror es mi camino a otra visión, como lo han sido esos clásicos de la ciencia-ficción en literatura o en el cine. Me interesa porque me completa, llena ese vacío de incertidumbre ante lo que podría ser y aún no es, ante lo que se aproxima, que esperamos con impaciencia pero también con cierto nerviosismo.



Ese futuro es nuestra parte mas oscura porque es la que nos hace imaginar lo cruel y extraño que será el mundo en unos años. Pocos pensamos en el futuro como un tiempo prometedor con avances que nos harán más felices. Casi todos adoptamos un temor al cambio, a más vale lo malo conocido, no queremos arriesgarnos.

La serie es deslumbrante. Posee la frialdad y la belleza de un paisaje gris casi blanco un día nublado o el del interior de una nevera nueva. Las interpretaciones de los personajes son igualmente traslúcidas, casi etéreas. Al menos en la primera temporada y el comienzo de la segunda (me quedan dos capítulos por disfrutar).

Moderna, brutal, compasiva a ratos, con diálogos brillantes, nunca obvia. Cuenta lo que no sabemos a ciencia cierta que vaya a suceder pero intuimos que podría ocurrir u ocurriría si nosotros fuéramos alguno de los personajes, que parecen vivir unas vidas que podrían ser las nuestras. Y el Yo que haría se repite en cada capítulo como una llamada al interior de nuestra psique.

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