jueves, 17 de noviembre de 2011

Con ellos llegó el escándalo

A Benetton se lo perdono todo. No soy una asidua de su ropa ni de su diseño pero sí de sus campañas porque creo que detrás de la provocación hay una gran idea, un germen que va más allá del puro escándalo y que se moja con problemas sociales importantes, algo que la moda no ha de apoyar, quizá, ¿pero qué hay de malo cuando lo hacen y pueden de este modo influir en el pensamiento general de la población o en hacer que esta piense de repente en asuntos que normalmente no pasaría por su cabeza y menos entre los que compran ropa cara y pija?


Desde las famosas imágenes de personas de distintas razas vistiendo ropa de colores me he sentido afín a su espíritu innovador, luminoso y tan ochentero. Representa mi adolescencia –sí, fui pijilla– y mi forma de ver el mundo a los quince años, con esa rebeldía que buscas con ansia y tanto te cuesta encontrar fuera de grupos de rock y algún que otro actor de moda. El hecho de que una marca de ropa se salte los tópicos y tenga la capacidad de, a pesar de ser tan sencilla y clásica, remover las conciencias y escandalizar, hace que simpatice inmediatamente, y más cuando se trata de provocar al Vaticano, como en la última de sus campañas, en la que muestran las fotos lógicamente trucadas del Papa Benedicto XVI besándose con el imán de El cairo.


Siempre ha habido escándalos en la trayectoria publicitaria de Benetton, y esta vez ha vuelto fuerte, hacía tiempo que no nos sorprendía así. La pregunta es: ¿Sorprende ya realmente? ¿No se ve quizá también la provocación que suelen manejar ya un poco trasnochada? Hace diez, veinte años, no estábamos acostumbrados a este tipo de montajes fotográficos o de imágenes “impactantes” que gracias a Internet son tan frecuentes ahora. Ya no nos escandaliza casi nada visualmente. Y es que si lo piensas, los únicos que se han ofendido con esta última campaña de Benetton son los conservadores natos, los de siempre, los que hasta en el escándalo y la denuncia de conductas están pasados de moda, ochenteros hasta la médula. Y ya no se lleva.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cartas y esperanza

Ya no encuentro cartas en el buzón a menudo. Es raro que alguien que viaje te envíe una postal, ya no te cuento una carta, así que me he acostumbrado a abrir el buzón y encontrar las temidas facturas, anuncios de restaurantes a domicilio y, estos días, además, propaganda electoral.


Recogí los últimos sobres ayer, cuando llegué a casa, y antes de abrirlos, uno por uno, me pongo en situación, y me imagino que son cartas personales, palabras que solo se escribieron para mí, como nos quieren hacer sentir cuando nos las envían. No cuela. Mis intenciones han sido buenas, y probablemente también las de ellos, pero a pesar de todo, no funciona.


Querer hacer sentir a alguien especial cuando se lo ignora a diario es muy difícil. Llamar su atención diciéndole que es importante y que piensas en él en todo momento pero no se lo demuestras lo suficiente, aunque te gustaría, mucho más. No es honesto quererme cuando me necesitan y cuando no, ignorarme, aunque curiosamente es lo que la mayoría de la gente egoísta que conocemos hace –la mayoría de la población–. Así, lo que criticamos individualmente y no toleramos, que jueguen con nosotros, en política se admite, vete a tú a saber por qué.


Tengo la sensación, en estos días previos a unas nuevas elecciones, que nos darán la vuelta de nuevo poniéndolo todo patatas arriba, que este es el momento en el que más ignorados estamos por parte de los políticos, demasiado ocupados pensando cómo salir de esta, cómo engatusar, diciendo qué, prometiendo quién sabe qué cosa. He llegado a un punto en el que no me creo nada de nadie que tenga el poder o pretenda alcanzarlo, demasiados intereses de por medio, la crisis y la falta de empleo anula todos los escrúpulos. Así que excepto que haya sorpresas, ninguno de los posibles vencedores en las elecciones del día 20 merecen mi espera ni mi atención y ni mucho menos mi voto y mi confianza. Espero, eso sí, que los ciudadanos no se sientan decepcionados con los resultados y que las soluciones a los problemas lleguen lo antes posible. Yo ya no tengo esperanza, solo quiero mantenerme al margen de esta broma en la que me ignoran y recibir cartas y postales dirigidas a mí, a quien yo soy, no a lo que supuestamente represento.

martes, 15 de noviembre de 2011

Dame un boli rojo

Me gustaría poder utilizar los signos de corrección en la vida propia y la ajena. Resaltaría en negrita con lo que tener cuidado, en cursiva lo delicado, en lo que habría que pararse antes de actuar. En Caja Alta –mayúscula– el PELIGRO, y en cajas bajas –minúsculas– el resto, que sería lo común, lo de todos los días.


De la actualidad destacaría en negrita y subrayado las palabras economía y crisis, por ejemplo, aunque no fuera correcto, pues según las normas no pueden convivir en la misma palabra ambos usos, aunque este sea un caso de emergencia y por tanto también las mayúsculas ayudarían a advertir del peligro, e incluso la cursiva a resaltar lo delicado de ambos términos. Sin duda en Caja Alta irían la POBREZA, el HAMBRE, la ESPECULACIÓN, la PENA DE MUERTE, etc. –esta, de etcétera abreviatura, en minúscula, hay demasiado aglutinado en la palabra–.


Corregir el mundo con un boli rojo requeriría mi tiempo al completo, dedicada noche y día a modificar, reemplazar, resaltar, tachar, superponer, subrayar, anotar al margen, redondear. Si los sueños me permitieran el descanso escribiría mi vida en lápiz para poder cometer errores y borrarlos, la goma Milán siempre a mano para rectificar aquello que hice mal y de lo que en el momento no fui consciente.


En ese sentido, escribir a lápiz es más fácil porque no te arriesgas demasiado, el boli o la pluma te obligan a no emborronar, y ello conlleva no poder equivocarte. Y sin embargo hay tantas vidas escritas y soñadas con bolígrafo azul y negro que si me dejaran condenaría al rojo que da vértigo pensarlo. Me conformo con que haya pocos tachones, pero que haya, la planilla entera sin un solo fallo es tan extraña como una vida de mentira o con las erratas ocultas que el corrector aún no pudo ver, solo aún, dame tiempo y un boli rojo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Casi todo

De Italia me gusta casi todo. Ojo, es importante el casi en esta frase. Cuando te gusta todo no hay duda, al igual que cuando no te gusta nada, pero casi todo y casi nada dicen más que los absolutos o extremos todo y nada.


De Italia me gusta la luz y el paisaje, el arte y la energía, el idioma y la gastronomía, la gente y su carácter esforzado y valiente. En Italia puedes perderte junto a un río o en una ciudad cubierta de agua y parecer que estés en otra época. Puedes ver los monumentos más hermosos y enormes en el rincón más diminuto, como caídos del cielo, al doblar una esquina –así sentí la fontana de Trevi cuando la vi, cuando me la encontré–.


Italia es, pese a Berlusconis y papistas, un paraíso de historia, de cultura, de muestra de belleza que, nos guste o no, ha estado sometida y ha sido ridiculizada en dos ocasiones destacables: durante la Segunda Guerra, con Mussolini, y ahora, con Berlusconi. Dos momentos fatídicos, como en casi todas las grandes historias y en todos los maravillosos países de los que te gusta casi todo.


Italia me ha dado dos buenos amigos, del norte y del sur, así que no puedo generalizar en eso de los caracteres. Me ha dado el idioma –uno de los más hermosos–, cuyo aprendizaje en la universidad me llevó a leer en el original a Calvino o a Pavese y a comprender mejor mi lengua nativa, el castellano. Me ha dado momentos increíbles en una terraza junto a los Uffizi y los mejores paseos artísticos que uno pueda imaginar. He visto pueblos como Orvieto, Asís o Verona, ciudades como Bolonia, Florencia o Venecia que me han hecho fantasear como ningún otro lugar conocido.


Italia es más que un tópico y hay que conocerla teniendo en cuenta el casi porque siempre va a haber algo que disguste, un día concreto, un personajillo infame que arruine la reputación de todo un pueblo, pero de eso aquí también sabemos bastante, hemos tenido varios, dos bien sonados y recientes –y también pequeños, por cierto–, y todo se supera, los complejos, las manías, las dictaduras, las desvergüenzas, todo, no hay cavaliere que pueda impedirlo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

De obsesiones pasadas

Ir a la pelu da también para algunas reflexiones, más cerca de la frivolidad de lo que suelo estar. Husmeo entre las revistas mientras el tinte hace su efecto y no veo las preocupaciones que me asaltan a diario sino otras mucho más banales que compensan a las que sí me importan.

Hubo una época de mi vida en la que mi aspecto ante los demás, pero sobre todo ante mí misma, era más importante que cualquier otra cosa, no porque fuera una frívola o trabajara de modelo o mi actividad principal se basara en mi imagen corporal y en mi físico. Fue simplemente que elegí controlar el aspecto que me hacía creer poder controlarme así a mí misma y no ver la vida que llevaba y no me gustaba. En algo invertía mi energía -y mira que hay cosas para hacerlo-, y un poco entre las compañías que frecuentas, los lugares a los que vas y las parejas erróneas que te buscas, el caso es que finalmente te ves envuelta en manicuras, tintes, gimnasios y tacones imposibles.

Es agradable haber terminado -ya hace tiempo, no es nuevo- esa etapa. Un alivio que nunca pensé llegaría. Cuando voy a la pelu ahora -a la de siempre, a la de ese vida obsesionada por la imagen proyectada-, como el día de ayer, los rostros de los que me tiñen el pelo y me lo cortan son los mismos sin serlo. De pronto, allí metida, no tengo la sensación de que el tiempo no haya pasado como cuando entramos en un lugar que nos transporta al pasado ciertamente inquietante y nos parece estar de nuevo allí, sino más bien que el tiempo ha pasado y yo soy otra, al igual que ellos, con más arrugas por dentro y por fuera porque nada tan frívolo y superficial dura para siempre, al menos no del mismo modo, al igual que la belleza, a no ser que te sometas a la cirugía, y aun así, por dentro no puedes engañarte, eres otro, has cambiado, a mejor en mi caso, no sé en el de los demás, pero por lo que veo y cuentan, también.

Me recreo un rato en la frivolidad de revistas de moda y cotilleo que muestran, por ejemplo, en un zoom, la celulitis de Britney Spears. Me pongo al día en las tendencias para este otoño-invierno y me recreo en unos bonitos zapatos de Camper que nunca tendré, y una vez vuelvo a la realidad, mi pelo cortado y brillante, camino por la acera dirigiéndome a disfrutar de mi sábado noche metida en mis confortables botas planas que no me destrozan la espalda y me relajan para caminar. Las piernas celulíticas y las de las modelos cuyos muslos son del mismo grosor de sus brazos, así como los consejos para perder ocho kilos en un mes se van quedando atrás.

Pienso en cómo sería leer revistas del corazón y “femeninas” que te hablasen de los interiores de esas mujeres. Quizá no vendieran demasiado por no contener nada o podredumbre o porque mostraran poderosas obsesiones por gustar y gustarse a uno mismo a través del sacrificio inútil de dietas inhumanas y tacones dolorosos de alturas imposibles.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Mi alegría

Hay muchos modos de ver la realidad, de afrontar el día a día y de observar lo que sucede. En un momento como el de ayer reflexiono sobre la vieja Europa y lo que ya no puedo hacer comparándolo con lo que hacía hace años. Pero pienso entonces en lo feliz que me siento con lo que hago y soy, que no depende con que haya o no haya crisis económica, afortunadamente, y que puedo disfrutar de mis placeres, los que no implican tener dinero.

Pero hay algo más, algo que hoy estoy obligada a comentar y que me viene rondando desde ayer, después de haber escrito sobre la sensación de hecatombe mundial en mi interior. La salud que poseo, ganada a pulso, es la que realmente es un lujo cuando uno ha visto las cosas desde la montaña más alta y a punto de precipitarse por un acantilado, tan a punto que te preguntas cómo es posible seguir aquí. Un buen amigo fue operado antes de ayer y está bien, y esto me hace felicísima y me olvido de todo lo demás. Vuelve a tener esperanza, rompe con lo antiguo y se enfrenta a una nueva etapa con ímpetu, algo que le caracteriza y admiro.

La fortaleza, las ganas de empujar y de seguir son muy difíciles de eliminar cuando uno las tiene. Puedes lamentarte, obsesionarte e incluso dar la apariencia de ser una persona algo negativa y pesimista y sin embargo sigues ahí cada día, haciendo las cosas, responsabilizándote de ti mismo, de los demás, de hacer lo correcto, de ser buena persona, buen ciudadano y a pesar de todo has sufrido y padecido tanto que no sabes ni cómo sigues aquí. Y esa es la alegría, el secreto, lo que la gente no sabe. Que la parte positiva está pero hay que esforzarse en verla y en lograrla, no esperar con los brazos cruzados. Ser fuerte, valiente, es cuestión de práctica, cuanto antes empieces, mejor. Puedes hasta vencer una enfermedad.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Lo sé, pero…

La sensación de que el mundo se tambalea no es nueva. Supongo que no para nadie con un mínimo de contacto con la realidad cotidiana, que lee las noticias y está pendiente de lo que sucede a su alrededor. Ha habido más crisis, pero me pillaron en momentos en los que estaba a otras cosas y no prestaba atención a la economía porque de mí no dependía la supervivencia, la cama, el techo, sino de mis padres. Pero ahora sí, ahora soy, para bien o para mal, la dueña de mi vida y eso es a veces bueno y a veces malo.


En este momento, el del agua al cuello, no siento que las cosas se hayan desmadrado porque me falte un lugar donde vivir o no llegue a final de mes, sino porque cada vez me veo más agobiada entre unas paredes que van cerrándose poco a poco, por algún maquiavélico sistema mecánico, y que espero no lleguen a juntarse. Te levantas una mañana con el ánimo de que todo va a mejorar y te encuentras una nueva desgracia a cuestas que no es solo tuya pues se extiende a otros países en los que nunca pensaste que pudiera suceder. El tambaleo de la vieja Europa me espeluzna porque nunca lo sentí tanto.


Puedes dejar de hacer esto, lo otro, recortar aquí y allá, no para otros, como los políticos, sino para ti mismo, y aún así tienes la sensación de que podrías privarte de más. Finalmente te da miedo hasta sacar una moneda del bolsillo y cualquier gasto te parece excesivo y hace que te remuerda la conciencia. Estoy en ese punto, en el del temor a gastar de más y que de repente alguien me castigue por ello. La sensación de que no volveré a viajar a otros países y conocer otras culturas me persigue. No puedo soportar la idea de no volver a estar quince días en una playa soleada sin demasiados lujos, pero en una playa, con buena lectura, buena compañía y todo el tiempo del mundo.


Lo bueno, sí, lo sé, es que no tengo hijos, no estoy hipotecada ni debo dinero a nadie y debería sentirme aliviada. Soy una privilegiada, que conste que lo sé, pero esta especie de fin del mundo que no acaba de terminar me va minando y no sé cómo quitármelo de encima para poder disfrutar de lo poco que gasto. ¿Pánico colectivo y contagioso? Puede. Qué mal rollo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Los jueves de lunes

De poco sirve hacer como que es jueves cuando en realidad es lunes, un lunes como un piano. Hoy me he levantado de mala gana, con el miércoles festivo en la boca aún, a demasiado poco me ha sabido, y al no saciarme no hay descanso. Cuando además te llevas trabajo a casa todavía te sabe a menos.


Hoy, sin embargo, me traigo los restos de una rica paella que disfruté también ayer y me sobró, y sorprendentemente cuando bajo a la cocina de la agencia descubro que estoy sola, que todo el mundo ha salido a comer.


Existe la costumbre de comer los jueves fuera de la oficina, pero como el miércoles era festivo, muchos celebraron como un jueves el martes y salieron a comer. Hoy esperaba encontrarme a más de uno pugnando por sentarse y sin embargo se han tomado el jueves como jueves, no como lunes, que es lo que parece, tan puñeteramente gris y triste.


Lo único en lo que se parece este lunes que siento por dentro a un jueves es en que tengo clase de natación, pero entonces también podría ser martes. Me despistan estos festivos en los que no descanso, se me parte la rutina y me aturden hasta no saber en qué día vivo. ¿Y mañana, viernes? No sé yo, me da a mí que será martes y que el fin de semana aún anda lejos.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los años perdidos

Termino de ver Oranges and Sunshine antes de irme a dormir anoche y me quedo con el corazón encogido por la historia. Una excepcional Emily Watson y el trabajo del director, Jim Loach, además de unos secundarios perfectos en su papel te convencen de una historia que increíblemente es real.

Una trabajadora social (Emily Watson) que descubre que durante años (1935-1970) Inglaterra deportó a niños ingleses de familias pobres y con problemas o huérfanos en barcos que les llevaron a Australia y Nueva Zelanda para trabajar con unos hermanos cristianos que los explotan, los violan y los vejan. Más allá del drama, espeluznante, y el horror, que lo hay, lo poderoso de la película es cómo está tratada la parte emocional de esos niños que crecieron sin afecto y que, como dice uno de ellos, ya adulto, “dejaron de llorar a los ocho años y aprender a hacerlo ahora es muy difícil”. Y el drama real de la película empieza ahí, en esa imposibilidad del llanto e incluso del sufrimiento, pues al haber estado tan sometidos son incapaces de expresar el dolor. La trabajadora social es la que lo padece, y es la transmisora de su padecimiento, tanto que en un momento no sabe si será capaz de soportar la carga del dolor ajeno, que como le dice su psiquiatra es una de las cosas que provocan más estrés.

Bueno, mi reflexión, mi emoción cuando termino de ver esta excelente película es lo fácil que es robar una infancia, perder la identidad y no volver a encontrarse. La protagonista encuentra a algunas de las madres de esos niños que años después no saben quiénes son, pues sí son algo, hay unas raíces pero no pueden tirar de ellas porque no saben dónde están. El no saber de dónde proceden es lo que les ha dejado a medias. A los niños les prometen naranjas al desayuno y sol todos los días, y embarcan a Australia con la ilusión y la hermosa promesa. Los encuentros entre madres e hijos o entre hermanos, años después, cuando la protagonista les ayude a localizar a sus familiares no son sensibleros, están muy bien mostrados, es como debió de ser.

Me recuerda la historia, inevitablemente, a esas vidas robadas que el diario El País nos ha ido narrando estos últimos meses. La última que leí hace un par de días, la de aquellas monjas en un hospital privado que ante la supuesta muerte de su bebé -no es cierto, lo robaron-, intentan consolar a la madre recordándole sus cinco hijas sanas y que el niño, de haber vivido, criado entre tantas niñas habría salido “maricón”. Eso le dijeron, así lo narra. En la película, los “hermanos cristianos”, curas que en Australia y Nueva Zelanda esperaban a los niños, los violaron también a su gusto durante años, tantos que los adultos a los que escuchas después son seres sin alma, tan dolidos, tan dañados, como un juguete al que ya no le funciona el mecanismo y que mantiene un aspecto externo aparentemente bueno pero por dentro algo no va, algo se ha torcido, se ha roto, se ha apagado para siempre porque quién recupera eso, los años perdidos, la identidad. Muy pocos, esa es la realidad, y son seres incapaces ya de rehacerse, de componerse, de valorarse, de crearse una profesión, de amar y ser amados. Seres solitarios que siguen por el mundo sin los demás, aparentemente como el resto, pero vacíos.

martes, 8 de noviembre de 2011

No, no vi el partido

¿Y de qué podría hablar hoy que no fuera el debate de ayer? Pues realmente no puedo hablar más que resumiendo lo que he leído en los distintos medios porque ¡no lo vi! No, y lo digo tranquila. Los compañeros de trabajo me miraban extrañados esta mañana porque no había asistido al mano a mano. Como perderte un Madrid-Barsa, poco más o menos, que lo ven hasta los niños –seguro que muchos vieron ayer el debate–.


En otras ocasiones he asistido a estos debates porque consideraba necesario reafirmar mis ideas, más bien confirmarlas. Y he de decir que en este caso me cae muy, muy bien Rubalcaba, aborrezco lo que representa Rajoy y a él como persona, como ser humano, me parece un provinciano gañán conservador, y sin embargo, con todo el dolor de mi corazón no voy a votar al primero –y por descontado, no al segundo-.


A estas alturas el lavado de cara del PSOE introduciendo a Rubalcaba me parece una chapucilla o apaño de última hora. La derecha, nos guste o no, al no pensar no entra en debates, ya acostumbrados a acatar órdenes sin protestar y a lo dictatorial; no admite fisuras, y eso es lo que el pueblo quiere ver, alguien en quien confiar que no ceda. Lo de “Cuidado, que viene la derecha” ha dejado de funcionar. En todo caso, ya lo sabemos, claro que viene la derecha, y cómo. Lo padeceremos, sí, pero muchos no caeremos en los juegos bipartidistas que no nos representan, ni mucho menos, a todos.


¿Por qué no más cara a cara, debates con otros grupos parlamentarios? Harta estoy de esos Barsa-Madrid, Madrid-Barsa que dejan de lado a los demás y se olvidan del deporte en sí, centrándose solo en el espectáculo.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Los impacientes

En mi estantería de libros pendientes tengo volúmenes que no he podido leer porque se me han acumulado las lecturas, aunque en algunos casos lo que está ahí es porque no ha encajado todavía con el momento y la temperatura adecuados.


No solo influye en la decisión de qué libro será el siguiente que lea la experiencia que quiera vivir, el tiempo que quiera ocupar en su lectura, el tipo de mirada que tenga últimamente, con más ganas de ensayo, de ciencia-ficción, de novela española o quizá inglesa. Esta última me gusta a partir del XX, si no, me aburre. Sin embargo, adoro la novela decimonónica española, que me lleva al sofá, a la manta en invierno, al recogimiento que produce este tipo de lectura.


Es fascinante la lectura por temporadas. Si quisiera empezar a releer Fortunata y Jacinta, nunca lo haría en verano, tampoco La Regenta. Son lecturas de invierno y como mucho podrían aguantar una primavera fresca, pero no un caluroso verano, no una lectura al sol o en la playa, que la novela negra tan bien soporta. Y así, un autor sueco y frío –en temporada y estilo, los ambientes siempre estremecedores para situar la acción de la novela– como Mankell soporta el calor y el verano debido, supongo, al género que trata.


Leí la trilogía de Larsson un verano que por muchas razones no olvidaré. Fue, además, uno de los veranos más calurosos de los últimos años en Madrid y sin duda estará para mí marcado por esa lectura fría, sobrecogedora. Pero a los realistas del XIX, casi sin excepción, prefiero leerlos en invierno, junto a la ventana desde la que veo llover o nevar. Si hay sol radiante prefiero abrigarme bien y leer al aire libre, y entonces el Retiro es el lugar perfecto para seguir las aventuras y desventuras el universo interior de mis heroínas Fortunata, Ana Ozores o Emma, tan fuertes y débiles a un tiempo como yo misma.


Ayer comencé –por fin– Guerra y paz, un clásico que llevaba tiempo en la estantería de los pendientes esperando su turno. Fue un regalo y deseaba hacer honor al hecho de que lo fuera. Intento leer antes los libros que me regalan que los comprados por mí, pues me gusta comentar lo antes posible con el amigo que me lo regaló el acierto o desconcierto de su elección. Las primeras páginas de Tolstói me confirman que he elegido bien, que este es el momento y no habré de aparcar de nuevo la novela, dejarla en reclusión con el resto de sus compañeros que esperan ser leídos, pues para eso nacieron.


Los hay más sabios –son los de segunda mano– que tranquilizan a los nuevos, a los que vienen directamente de las tiendas, de las librerías, impacientes por ser abiertos y olidos y por fin comenzados. Llegará, si no ahora, en la estación adecuada, el momento de hacerlos crujir al abrirlos y estremecerlos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Los momentos solo míos

Me he despertado temprano y he aprovechado para desayunar en el más absoluto silencio que solo se da una mañana de domingo o una de pleno agosto con puente por medio. Lo bueno de vivir en el centro de una gran ciudad es que los sonidos te indican el día que es, diría casi la hora. A veces, en la cama, medio despierta aún, oigo el ladrido familiar de un perro al que sé suelen bajar al parque que hay debajo de mi casa a las 8:30. En ocasiones, el vecino empieza a toser y aunque las paredes son finas lo oigo bien porque tiene una tos de enfermedad inconfundible que le hace sufrir por la mañana.

Todos los sonidos me van indicando en qué momento del día estoy. El silencio de esta mañana auguraba una hora temprana que me ha permitido estar conmigo a solas, más de lo habitual, pues en cuanto empiece el ritmo dominguero de mover muebles en limpiezas generales en las casas y las radios de mis vecinos se enciendan, yo ya habré de estar en el mundo y hacer algo más útil que leer plácidamente con un segundo café o mirar por la ventana mientras pienso en el próximo capítulo de la novela que estoy escribiendo.

Los sonidos, como la luz, te obligan a un tipo de actividad, te van llevando a donde quieren que vayas y no puedes apartarte fácilmente. Es por eso tan agradable estar despierto de madrugada un lunes cuando todos están durmiendo sabiendo que al día siguiente no has de ir a trabajar y nada te obliga a acostarte ya. O bien pasear temprano por las calles recién regadas cuando todos duermen y solo tú produces el sonido de pisadas que llena la acera. Son los momentos realmente propios. El resto, todo lo que hacemos, forma parte de un guión en el que se cruzan muchos extras aparte de ti, el protagonista, y en el que los sonidos de todos marcan una melodía muy concreta y un ritmo difícil de romper, pero se puede.

Oigo al perro de las 9:30 ladrando en el parque y la vecina de arriba ha empezado a barrer, el sonido de la escoba inconfundible en mi techo. Es hora de entrar en el mundo, no hay quien me libre, al escenario.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Lo mismo pero distinto

Guardados los ventiladores, recogido el edredón nórdico de la tintorería y hecho el cambio de ropa en el armario -lo más aburrido de todo- estamos preparados ya para lo que se nos avecina, que siempre es variado por lo diferente. Una época en la que parecen concentrarse todas las cosas importantes, que aúnan sus fuerzas para ocurrir al mismo tiempo.

Hay planes: fiestas privadas, inauguraciones de casas o restaurantes, novedades editoriales que hay que adquirir como sea, ver la exposición que ha montado un gran amigo y a la que aún no has podido ir -Un viaje al cine español: 25 años de los Premios Goya en el centro de arte del teatro Fernán Gómez, ahí va el dato-. Y entre las responsabilidades, el ocio y lo que sabe Dios llegará añadidas unas elecciones generales al cotarro, se presenta un otoño de cambios: de gobierno, de actitud vital, de recortes. Y con los cambios llegan los buenos propósitos, quizá no tan sentimentales como los de Año Nuevo.

A partir de septiembre los planes suelen ir más encaminados a iniciar o reanudar actividades, a cambiar de imagen, a replantearse el ocio y el descanso. En el año nuevo hay más fuerza en lo deseado -como si algo mágico pudiera ayudarte a impulsar el deseo-, repasamos el año emocional que hemos vivido, hablamos con nuestra pareja si la tenemos y si no, la buscamos, no hay lugar, digamos, para la resignación sino para la acción.

Septiembre y los tres meses siguientes -noviembre ya, cómo pasa el tiempo- es un periodo de cambio obligado tras el desajuste del verano, en el que nos hemos saltado la rutina. Volver a la rutina lleva exactamente ese tiempo, tres meses, y la vuelta con algunos cambios aquí y allá es mucho más entretenida. Además forma parte del animal de ciudad introducir detalles en el día a día, no siempre trascendentales, también estéticos, o quizá más radicales para que un año tras otro no parezca el mismo y la novedad nos dé cierto consuelo. Y sintamos ser otros aunque seamos los mismos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

En primera persona

Arranca la campaña electoral -una más- con un PSOE peleón que me gusta. En la foto del candidato quitaría, sin embargo, el puñito político, ese de la vehemencia clásica con el que se apoya el que se dedica a esos menesteres de hablar al resto. Tiene poco de firmeza y seguridad, acorde al pelear del lema electoral, yo lo quitaría. El PP, siempre más pusilánime y temeroso de salirse de lo clásico, se presenta con sonrisa burguesa de todo irá bien, confía en mí y hazme caso, que siempre da mucho miedo cuando viene de un señor así, un poco de toma niña, caramelos. Huidiza la mirada, la sonrisa de babas que cuando habla ha de sorber para que no le goteen boca abajo, quizá tan lenguaraz que el miembro no le quepa en la boca con holgura -que nadie piense mal-, demasiado llena para expresarse con claridad, el sonido de saliva sin tragar acompañando cada frase.

Una vez más habremos de escuchar los tópicos de las promesas y de las mentiras, esta vez mucho mayores debido a la crisis. Me consuela la posibilidad de que haya quizá una caída del bipartidismo gracias al impulso del 15 M y a que IU haga una buena campaña -aún no he visto sus reclamos de cartel-. No quiero hacer un análisis político en este espacio mío analizando a cada uno de los candidatos. De hecho, me encantaría tener datos suficientes para hacerlo de ellos como personas, que es lo que me importa, porque al fin es lo que cuenta y nos interesa a todos. Desgraciadamente, no sé tanto sobre sus vidas y sus costumbres aunque deduzco que se parecen bastante, salvando las distancias. Ahora bien, ¿y las experiencias?

Me pregunto, por ejemplo, si Rajoy habrá viajado en metro alguna vez -ojo, sin causa oficial ni por inauguraciones varias-, si sabrá que existe el metrobús, de cuya existencia otros del PP han dudado -increíble pero cierto-, si tendrá idea de lo que es ser mileurista soltero en una ciudad como Madrid, si sabrá lo que el arte y la cultura alimentan el espíritu, si es consciente del daño de la privatización de servicios públicos básicos como la educación y la salud -dos partes de lo mismo, en definitiva-. Son preguntas sin respuesta, experiencias que me gustaría que mi candidato favorito para votar en unas elecciones generales tuviera.

La experiencia, para escribir y para gobernar, es fundamental. Sin ella lo que resulta es falso, forzado, poco verosímil y aunque te esfuerces te acaban pillando. ¿Cómo hablar del amor si no se ha vivido? ¿Cómo ponerse en el lugar del ciudadano de a pie si nunca se ha ido a pie por la vida y son los coches caros y oficiales o solo caros donde se ha viajado y se ha movido uno por el mundo? Es útil ponerse en el lugar del otro para emprender determinadas acciones -no todo se puede vivir en primera persona-, para entender y para detectar problemas y actuar con soluciones, pero querer saberlo todo de todos y del mundo de repente es muy difícil. Y eso cuando se quiere saber, que a veces ni siquiera, y hacen como que te escuchan cuando en realidad no hay nadie al otro lado, solo unas fotos muy poco verosímiles y nada de fiar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Un poco borroso

Es frecuente que me pregunten cómo después de estar leyendo todo el día en mi trabajo –leyendo y corrigiendo– soy capaz de seguir leyendo al salir: en el metro, en casa, en los descansos de mediodía. Y hay días en los que, efectivamente, no apetece continuar con la actividad una vez se han terminado las lecturas obligadas, y no lo hago entonces, dejo que la mente y los ojos descansen.


Hay otros días muy duros en los que leo mucho en pantalla, más que en papel, y entonces se me queda la mirada borrosa, e incluso al levantarme al día siguiente, después de haber dormido, como hoy, la mirada lectora tarda en recuperarse. Los ojos, mi herramienta de trabajo, se van gastando y hay que cuidarlos. La mayoría de los días, sin embargo, al salir de trabajar sigo leyendo porque es muy diferente leer textos técnicos o sobre un tema especializado que desconoces y no interesa a leer lo que te gusta, del mismo modo que no es lo mismo comer cualquier cosa para quitarte el hambre rápidamente a comer con hambre lo que te encanta.


Con la escritura pasa algo parecido. Fue Flaubert, creo, el que dijo que no conocía ningún tipo de inspiración que fuera capaz de resistir diez horas de trabajo de corrección. Y es que pulir lo que los demás han escrito –incluso lo de uno mismo, aunque al igual que con la lectura elegida, no te cueste tanto hacerlo– requiere de una paciencia y una técnica de trabajo que poco tienen que ver con el acto inspirador maravilloso que hace que el tiempo vuele. Lo bueno del trabajo de corrector es que te prepara, te hace ganar fuerza y fondo para acometer carreras mayores, como un trabajo creativo propio que va a haber que corregir también antes o después. Al final, todo es práctica y entrenamiento, y todo está, asimismo, relacionado, más de lo que me gustaría, a veces.


Leer, corregir y escribir son partes de algo mucho más grande que ocupa una vida y te deja exhausto. El trabajo diario me entrena para el ocio, para coger con ganas un nuevo texto que leer o para escribir unas pocas líneas para este espacio, y eso llena y es la vida aunque acabes viendo borroso.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Huele mal y nadie me habla

Sin ánimo de convencer a nadie aunque si lo hago bienvenido sea, empiezo este otoño, por fin, a disfrutar de las ventajas del ex fumador que lleva un año sin probar bocado. No voy a hablar de que subo mejor las escaleras (que sí), de que mi casa, mi pelo y mi ropa ya no huelen a tabaco (que también), de que mi aliento es fresco y tampoco atufa (vale, también) porque esto, más que ventajas, son desventajas, ya que huelo lo de los demás, y esto, en parte, porque mi olfato se ha agudizado. Parece mentira pero hueles más cuando no fumas, supongo porque al fumar todo te huele a tabaco, incluido tú mismo y es muy difícil distinguir por encima de ese olor adictivo y maravilloso –cuando fumas lo es– qué otro pulula y está.


Así, el problema ahora es oler el tabaco de otros, no solo de sus alientos, de sus apestosas bocas, de su ropa, de su pelo, del ascensor que acaban de ocupar, sino también del que se desprende de los cigarrillos que con todo el derecho van fumando mientras caminan delante de ti por la calle. Cuando fumaba también me molestaba, aunque menos. Cuando uno está parado fumando el no fumador puede rodear el infecto humo pero si vas caminando por la calle es muy difícil evitarlo. Así, me encuentro este otoño no solo dando saltitos por las aceras para pillar las hojas de los árboles bien secas que suenen al ser pisadas sino también adelantando a los fumadores. Es bastante estresante.


Otra de las ventajas –a ver si esta sí– de no fumar en otoño y llevar un año sin hacerlo, –insisto, si no, no vale, porque los primeros meses tenía ansiedad, ahora ya no y se nota– es que no tengo que pasar frío fumando en la calle pero a cambio mis relaciones sociales han mermado. Me entero la última de los cotilleos de la oficina y ya no puedo desahogarme con mis compañeros sobre ese jefe tan joven y ya tan cabrón o sobre la cantidad de curro que tenemos últimamente o simplemente si irá llover durante la semana o el fin de semana. En fin, las cosillas que uno comenta y que rompen la rutina.


Me hace mucha gracia cuando leo sobre el aislamiento y la persecución a los que se somete a los fumadores, cuando somos en realidad los no fumadores los que estamos discriminados y ya nadie nos cuenta nada y lo olemos todo. Eso sí, podemos subir las escaleras sin esfuerzo.

lunes, 31 de octubre de 2011

Restos de memoria

Intento imaginar cómo tiene que ser. Que años después, y tras búsquedas infructuosas, una generación más de por medio, te llamen para decirte que algo saben de los restos de tus abuelos. Los buscaron tus padres toda su vida intentando así darles un descanso digno, la paz que no tuvieron en vida, pero durante la contienda murieron, en esa guerra que muchos quieren olvidar, no sé por qué, con lo hermosa que es la historia aunque los hechos sean dramáticos -cuáles no lo son- siempre para algunos, otros salen mejor librados, sus muertos sí en cementerios, en hermosas tumbas, llenos de flores.

Muchos muertos fueron incinerados, pero también después enterrados para ser visitados, tan importante el lugar donde charlar con los muertos, el espacio donde recogerse y en el que conversar con los tuyos sin que nadie te observe, sin que puedan juzgarte, cada tumba sin embargo con un tipo de piedra o de flor, más cara o barata, marcando también las clases sociales. No son lo mismo los muertos pobres que los muertos ricos, estos mantienen su estatus incluso bajo tierra.

Pero hay muertos inencontrados e inencontrables que dejaron a sus familiares sumidos en la duda de cómo murieron, de si existieron realmente, de si pasaron por el mundo. Los recientes descubrimientos de fusilados del franquismo atados con alambre en Ciudad Real me hacen pensar en cómo ha de ser reencontrarse con el duelo tantos años después, celebrar unos funerales tan a destiempo, muertos ya los que debieron haberlo hecho, los que tuvieron que haberlos llorado pero que sin embargo están ya también muertos, esos herederos dolidos y aturdidos pero no tan desesperados como para sentir del mismo modo la pérdida del que fuera su abuelo, su tío segundo, a lo mejor.

La restauración de la dignidad, de la memoria, de la historia, es lo que las familias de esos fallecidos tendrán, este día, 1 de noviembre, como un regalo que nunca olvidarán. No habían podido olvidar esa historia familiar coja, incompleta, que sus padres les contaran, pero ahora pueden terminar el puzle, poner la última ficha, cerrar el ciclo, y las próximas generaciones tendrán un episodio más que añadir, cómo sus bisabuelos o tatarabuelos aparecieron un día con las manos atadas a la espalda, en una fosa, donde murieron fusilados por la ira de otros. Desconocidos y ocultos hasta ahora, salen a la luz como restos de la barbarie humana, como rastro de nuestra historia, de una guerra que no puede olvidarse, ni debe.

Vuelta a la realidad

Hoy es uno de esos días en los que la realidad cobra un sentido distinto. Vuelvo a estar en el mundo tras haber viajado, pisado otras tierras que no son las de mi ciudad de residencia habitual. He visto mares y marineros tan blancos que a través de la piel se les adivinaban las venas de sus brazos. He sentido cómo fueron otros momentos parecidos, cuando los ciegos de aquel país volvían de pronto a ver y el corazón me dio un vuelco. He recordado la desgracia de aquella mujer abandonada a su suerte tras quedar mancillada por el tal Juanito, Fortunata la llamaban, qué lejos de su destino el nombre, qué ironía. Me recuerdan momentos como hoy a aquel también, menos literario pero igualmente absorbente, en el que el hombre que odiaba a las mujeres es finalmente liquidado como un monstruo. A través de su víctima mayor, representante de todas las que él asesinó, viajé a la Suecia actual y llegué también, por cierto, a Lindqvist y a una niña vampírica y entrañable que dejaba entrar al compañero con el que jugar, nada más.

Desde días como estos, por supuesto, he estado también en el pasado, en las tierras castellanas que aborrezco, pero amo a través del loco cuerdo que las holló junto a su fiel escudero. Y de escuderos fieles me remonto al final de la gran historia de mi juventud, del gran libro de fantasía, en el que Frodo, finalmente, se deshace del tesoro, gracias a la ayuda de su Sam.

Cada vez que me han abandonado, algunos después de meses, la mayoría conmigo día y noche, me pregunto cómo será la relectura y creo que nunca será lo mismo. El placer de la primera vez, del descubrimiento, del desenlace que nos deja temblando porque se acabó de pronto lo que nos rodeó durante tanto tiempo, es solo comparable a cuando uno escribe y sabe que lo que está contando terminará también, como ahora, para siempre. Habrá otros escritos y otros días y otros momentos, pero no serán este, y da pena que se acaben, aunque duren años, unos días solo, una hora apenas, unos minutos, lo que tardas en fabricar un tweet, un microrrelato o el verso de un poema. Lo bueno, como hoy, y a pesar de haber terminado de leer la última de novela de uno de mis autores favoritos y de estar a un tiempo terminando mi reflexión de este final de mes en el que cumplo 31 escritos que nunca pensé llegar a expresar, es que la realidad recibe, pase lo que pase, con los brazos abiertos para que te metas de nuevo en ella, siempre hay un hueco esperando.

domingo, 30 de octubre de 2011

La visita más esperada

De Halloween o la Noche de Brujas se ha hablado mucho y mal en España por creerse que se trataba de una fiesta puramente norteamericana y que como tantas estúpidas costumbres de Estados Unidos, había llegado a nosotros para modificar nuestras tradiciones europeas clásicas.

La noche de los muertos, el deseo de encontrarse con ellos, de no asumir que con la muerte se acabo el contacto visual y verbal con la persona fallecida, se remonta en Europa a un periodo anterior al cristianismo. El origen parte de la fiesta celta llamada Samhain -palabra proveniente del irlandés antiguo, Samaín en gallego-, que significa fin del verano. Era el final de la temporada de cosechas para los países celtas, el comienzo del año celta, el comienzo de la estación oscura.

En muchos lugares de España, como en Galicia, se sigue celebrando la fiesta pagana, en la que la cara tallada en la cáscara de la calabaza servirá después como máscara para cubrir el rostro en el Introito o carnaval gallego. Con la cristianización de la Península, la fiesta pasó a ser la de todos los santos, mucho más triste y oscura, y más evocadora de la España franquista que de la celta.

Los celtas creían que con la llegada del Samhain se hacía más fina la línea que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, por lo que era probable que sus queridos familiares y amigos fallecidos los visitasen. La tradición de disfrazarse de espectro o de ser terrorífico se ha mantenido porque se pensaba que con los muertos amados llegaban también espíritus malignos a los que había que asustar, de ahí las caretas en las calabazas y en los rostros deformados.

Me encanta esta historia y su origen porque no es lo mismo pasar de una a otra estación, de la calidez al frío, con los muertos de nuestro lado, que con vivos que parecen muertos visitando tumbas vestidos de domingo. Me gusta más la alegría de los niños, el color rojo y naranja, el truco o trato, que la pesadez y las lágrimas de los cementerios. En las culturas celtas la vida y la muerte estaban estrechamente ligadas y no se dramatizaba del mismo modo trágico la pérdida del ser querido, quizá por la posibilidad del reencuentro en esa última noche mágica de octubre. Las luces bajas, las palabras quedas, los susurros en la ventana no deben asustarnos, quizá un antepasado quiera visitarnos desde el otro lado. Da más miedo este, con todo lo que contiene y en el que muchos vivos se parecen demasiado a los espíritus malignos, a los que no logro ahuyentar ni con el más terrorífico de mis rostros.

viernes, 28 de octubre de 2011

Como pez en el agua

En las clases de natación a las que voy dos veces por semana, me siento como en la vida. Hay compañeros competitivos, también tímidos. Otros te adelantan y te salpican y casi te hunden porque no se fijan en que estás delante. Los hay que ni te saludan y desde su mirada oculta tras las ortopédicas gafas te adelantan veloces sin mirarte siquiera, sin reparar en tu existencia. Los días de piscina varían, como en la vida, y los hay que te hundes a cada rato y pierdes el ritmo o te lo hacen perder, y otros en los que, como en un hermoso baile ensayado de antemano, los cuerpos fluyen sin rozarse, manteniendo las distancias, sonriendo en los descansos.


Cada día que pasa voy conociendo más a la gente de mi clase y sin duda equiparo sus actitudes a las de las personas con las que me cruzo a diario -­sin bañador y caminando por mi vida- en las que un pequeño gesto delata su desinterés o su deseo de ayudar al que lo necesita. Hay humanos que no se comportan como tales aunque todos seamos el mismo cúmulo de vísceras y huesos, de estupidez y ternura. A pesar de que acabaremos del mismo modo, los hay que creen que adelantándote, compitiendo, tendrán un punto más, allá donde vayan, el caso es estar por delante.


Me gustan los retos y competir hasta cierto punto, no apabullar, pisar ni hundir al que va a mi lado. Miro a los de atrás, estoy pendiente de quién va delante, conduzco por esta vida como creo que debe hacerse. El resto, que la deshumanización agresiva del entorno nos inculca, es para otros, no me va nada, y me gusta compartir una piscina, respetar las distancias, no chocar con el de delante, no ir más deprisa que él si sé que no puede nadar igual de rápido que yo y que si acelero lo estaré presionando. En fin, intentar que todo sea más tranquilo y llevadero, no veloz porque sí, rápido porque entonces no seré nadie. Qué triste tener que destacar en el machaque cuando lo bonito es ir en paralelo.