jueves, 15 de noviembre de 2012

El roce frente al oprobio


Ayer, una vez más, asistí a una orgía de la democracia que no sé bien si me anima o me deja tan conmocionada que no me recupero. Y de nuevo, una vez más, confirmé lo que llevo observando en los últimos años, y es que el descontento ciudadano es enorme por mucho que el mafioso gobierno y sus acólitos no quieran verlo y nos hagan callar a golpe de porra y prohibición.

Es evidente que este descontento se manifiesta (nunca mejor dicho) en la calle y ya no en la huelga de los trabajadores porque la precariedad laboral, el pánico a perder el empleo, la desprotección de los sindicatos o su inexistencia en determinados sectores
–el mío, por ejemplo– hacen que la huelga no sea una opción de protesta, o al menos no  sea representativa para medir el rechazo a la reforma laboral y al auge de la privatización y de la desclasificación social. Por ello, donde ayer realmente me emocioné fue arropada por los míos, los ciudadanos de mi país –esto sí es patriotismo, sin necesidad de banderitas ni chulerías nacionales varias–, de los que me siento muy orgullosa en momentos como este.

Gente de todas las edades y estratos sociales, la mayoría humilde y de la mermada clase media nos encontramos juntos, bien pegados, mirándonos, rozándonos, sonriéndonos, cantando, llorando, gritando, emocionándonos por sentirnos unidos. La desprotección que ya nos dio el anterior gobierno del Partido Popular de Aznar, ese frío y esa sensación gélida atroz de abandono y menosprecio se vuelve a sentir en este nuevo gobierno de Rajoy, que es el mismo, el del oprobio y la desvergüenza, el del cínico señorito, el del que echa las culpas al gobierno anterior –como hiciera Aznar, por cierto–.

Por otro lado, creo que los sindicatos y algunos partidos de izquierda tienen que empezar a dejar de usar una terminología del pasado. Es importante saber llamar por su nombre a lo que nos sucede y a lo que somos y sentimos, porque nos identifica y nos acerca a los demás y a lo que queremos reivindicar. Uno de los motivos del éxito del movimiento de 15M fue precisamente la palabra indignado para definir al ciudadano descontento. Sigamos por ahí, nombremos correctamente –actualmente– a las cosas, no nos dejemos llevar por palabras, nos guste o no, del pasado. Queremos que cambien la mentalidad caduca que solo incluye al funcionario o a sectores que protegen a sus trabajadores y se acuerden un poco de los demás, del oficinista medio de la empresa privada, atado de pies y manos, de los que no podemos hacer huelga porque no es coherente con nuestra actual situación laboral. Ayer también estuvimos en la calle. Al salir de trabajar.

martes, 13 de noviembre de 2012

¡Ob... ama!

Hace unos días twiteaba mi alegría, entre tanta desdicha alrededor, por el éxito de Obama en las recientes elecciones americanas. Sí, sé que parece un actor y que todo lo que allí sucede es como de mentira, pero resulta que a pesar de lo que nos hemos reído de los norteamericanos y de sus tópicos  hacen un uso ejemplar de la democracia. Qué queréis que os diga, es increíble poder cambiar a un ser como Bush por un adorable Obama lleno de ideales y buenas intenciones. No ha habido en España diferencias tan abismales entre un presidente y otro. Bueno, sí, Aznar y Felipe González. Pero para cuando el primero se hizo más odioso ya no competía con González, los rivales eran otros más anodinos.

El caso americano me llena de alegría, como cuando en una de esas películas yanquis de catástrofes todo acaba bien y el país es salvado del mal, del malo malo, venga de donde venga, terrestre o extraterrestre. Con un poco de suerte, soñaba una de estas pasadas noches a punto de quedarme dormida, Obama, de algún modo misterioso se colará entre nuestros políticos de mentira y empezará a repartir a diestro y siniestro. Ay, qué pena que fuera un sueño. Pero eso tenemos, los sueños. En los sueños nadie puede meterse. Los burgueses no sueñan, ni los de Clarín ni los de Galdós lo hicieron nunca en las novelas porque eso los hacía libres. Ambos autores mostraron en sus más grandes obras esa carencia de sueños reales y figurados que caracteriza a estos políticos incautos que nos mangonean actualmente con las miras tan estrechas que no pueden ni soñar. Cuando alguien tiene un sueño hermoso es más fácil que pueda ser aceptado por todo un país. Cuando el sueño es justo y honesto, claro, no vale soñar que soy el que manda y se hace lo que yo quiero. Los sueños fabricados de emoción y de bondad se cumplirán en mayor o menor medida. Pero hay que trabajarlos, luchar, no se regalan los sueños, ya les gustaría a algunos.

Que un afroamericano haya llegado a ser presidente de Estados Unidos no es una casualidad. Pocos años lo separan de la esclavitud, de los separatismos, del racismo y la discriminación más terrible. Y sin embargo.  (Este punto aquí es a propósito, se lo he robado a mi lectura más reciente, La historia del amor). Llegó, vio, se lo curró y venció. Un luchador, un peleón, un hombre que lo tuvo difícil pero que no se rindió. Confío más en quien tardó en llegar que en el que entró suavemente o por tradición en la política. Para las buenas personas, para los políticos de profesión es una ardua tarea dirigir un país, hacer felices a los demás, ser lo más justo posible.

En este país en el que vivo hay buenos políticos, pero no abundan, y pocos son comparables a los de otras naciones. El actual enfrentamiento entre el presidente de la Comunidad de Madrid y la alcaldesa deja al descubierto mentiras, afán de poder, conspiraciones, estrategias sucias y rastreras y en un segundo plano el bien de los ciudadanos. No es realmente importante que hayan muerto cuatro jóvenes en una sala de conciertos que no cumplía con las normas de seguridad, es más importante pasar la patata caliente. No se asumen errores, se evitan, se ocultan.

Entre muchas cosas malas, muchísimas, los políticos norteamericanos y anglosajones, sin embargo, acaban reconociendo errores y dimitiendo, y si no son ellos es el pueblo el que los aparta y los echa a un lado para dejar paso al siguiente. Aquí no, una y otra legislatura los de arriba apoyan al cretino, al cínico que los mantenga en su estatus mientras los de abajo no votan porque nadie les convence. Hacen bien (o quizá no). Y así podemos estar eternamente, con la malicia latina tapando al ladrón. Así somos y así nos va.

jueves, 8 de noviembre de 2012

El boom, la literatura, la vida

A principios de los setenta se fundó el llamado boom de la literatura latinoamericana (yo prefiero llamarla hispanoamericana) que a mí me pilló recién nacida. Fue muchos años después, atraída por los títulos que veía en casa, que me atreví a probar suerte con García Márquez. La hojarasca o Crónica de una muerte anunciada fueron las primeras novelas del boom que leí. Llegarían después muchas otras, los cuentos de amor, locura y muerte de Quiroga y, por supuesto, los de Cortázar, que me volvían loca y llenaban las estanterías de la habitación que compartía con mi hermana mayor. Recuerdo cuando el escritor murió cómo lo lloró ella. Yo todavía no entendía el dolor de la muerte de un escritor admirado, aunque siempre imaginé con nostalgia la vida de Galdós, al que me parecía ver a veces como un fantasma atravesando las calles aledañas a la Plaza Mayor de Madrid, como si acabara de visitar a Fortunata o a la de Bringas, en aquella época en la que soñaba con sus novelas y sus personajes.

Una vez comencé a estudiar en la universidad, empezaron a revelárseme los secretos de las lecturas, de los autores. Pensamos que no es necesario que nos cuenten nada sobre los escritores que queremos y de los que disfrutamos, que basta con leer su obra. ¿Pero... y cuando lo hacen, cuando alguien se ha tomado la molestia de leer, profundizar y compartir lo descubierto o meditado?

En cuarto de carrera tuve al maestro de los maestros, el que me uniría ya para siempre a la literatura hispanoamericana y con el que llegué a plantearme escribir una tesis sobre Onetti, el autor complejo y maldito, el misógino que leía novelas del oeste sin levantarse de la cama. Quizá por todo ello me atrajo. Acostumbrada a la aparentemente sencilla prosa de García Márquez al que todos los que escribimos hemos intentado imitar alguna vez sin ser conscientes de ello, Onetti era un reto y costaba, había que hacer esfuerzos en asimilar personajes, escenas, diálogos. Era un autor rebelde y para hombres o especialistas, los menos cercanos a la masa lectora que devoraba las novelas de Vargas Llosa o los poemas de Neruda.

Decidí, así pues, ponerme las cosas un poco difíciles, leérmelo todo, incluidos sus cuentos publicados en un único volumen por Alfaguara. Ha sido de las mejores lecturas de mi vida porque es en el cuento donde Onetti es más Onetti y más vivo está, levantado de la cama, activo e incluso tierno.

Finalmente, la realidad se impuso y la tesis pasó a un segundo plano. Comencé a trabajar, a escribir, a enseñar. Mis alumnos de Español me absorbieron las tardes. Durante las mañanas trabajaba, gracias a una beca concedida por la Universidad Autónoma, en la Biblioteca Nacional, catalogando manuscritos del poeta Jorge Guillén de la mano de su hijo Claudio, que me animó a hacer una tesis sobre su padre y aquella correspondencia apasionante que apenas podía sostener de la emoción entre las manos en la Sala de Raros de la biblioteca en la que me concentraba sobre un pupitre inclinado, con las luces bajas, muy bajas, rodeada de los inmensos techos y de hermosas pinturas, con olor a papel y a pergamino en el ambiente y un intenso silencio.

Del boom a la Generación del 27. Del nuevo mundo al viejo. Tampoco en esta segunda ocasión, sin embargo, me sentí con fuerzas para acometer la tarea de escribir una tesis y pasarme años viviendo por y para  un único autor y una única época. Así pues, el boom estuvo en mi vida desde que empecé a leer, junto con el resto de la literatura. No podría elegir entre unas épocas y otras, entre unos y otros autores, entre prosa y poesía porque cada uno está en el momento que debe estar y cuando lo necesito. Me especialicé en Literatura Española e Hispanoamericana en mis cursos de doctorado -estos sí los hice gustosa- y ocuparon los mejores años de mi vida por muchas razones, no solo literarias.

Miro hacia atrás y veo rostros y letras, novelas, cuentos. Perú, Chile, Bryce, Parra, Argentina, México, Fuentes. De todos me queda un poso a pesar de no haber estado físicamente en ninguno de los países mencionados gracias a haber leído a sus autores. La Plaza Mayor no se entiende sin Galdós, o no del mismo modo. Hispanoamérica sin palabras no es nada.

sábado, 3 de noviembre de 2012

A medias

Siempre he pensado que los términos medios no son buenos. Nunca he entendido a los partidos "de centro", ni las medias tintas de ningún tipo, es como estar sin estar. Nunca he vivido a medias, aunque en determinados momentos tenga la sensación de estar a la mitad de todo.

Estoy en el nivel intermedio en natación (traducción: nado bien pero no para tirar cohetes). Mi nivel de inglés es intermedio (traducción: chapurreo, comprendo aquí y allá pero me queda mucho para alcanzar coherencia en el discurso y comprensión absoluta de lo leído y escuchado). Tengo cuarenta años, casi la mitad de una vida (entendámonos, de calidad, no se trata de aguantar como sea) y no tengo la sensación de haberlo conseguido todo o casi todo, al menos lo que tenía en mente en una especie de lista mental con la que parece que pasamos a la madurez después de la adolescencia.

Hay un truco para obviar lo que sucede y no sentirnos mal con lo que somos y que es hacer la vista gorda con nosotros mismos, hacer que no sabemos cuando irrumpe el pensamiento de mediocridad, de vida malgastada, de "podía haber hecho más", huir de la infelicidad hacia la felicidad más inmediata, pensar a corto plazo y no mirar solo hacia las metas que se adivinan en el horizonte y quizá nunca alcancemos. Paso la mitad del día lamentándome de lo que no hago en vez de disfrutar de lo que disfruto. Medio fin de semana echando de menos lo que podría tener si quisiera. Media vida con miedo de la otra media. Media vida enamorándome y buscando a mi media naranja y media vida intentando olvidar.

Siempre he pensado que la mitad de nosotros es valentía y energía y felicidad y la otra media tristeza. En un magnífico diálogo entre dos adolescentes en la novela de Nicole Krauss, titulada La historia del amor, el chico le dice a la chica a la que ama: "El que hoy seas un poco más feliz no quiere decir que no te sientas un poco más triste. Cada día te trae un poco de cada...". Y así es, o al menos así lo siento yo. No me queda más que aceptar los dos polos y quedarme en el término medio, que no está tan mal pero no me apasiona.

sábado, 27 de octubre de 2012

Crisis IV: Los que abandonan

Te levantas una mañana de sábado. El día es en realidad del mismo estilo al de ayer, huele igual, sabe a lo mismo y la tristeza es la de siempre en los últimos meses. Hubo un empeño por esforzarse cada mañana -desayunar, ducharse, vestirse y salir a la calle a buscar- al principio, cuando las cosas aún podían cambiar. Ahora podrían también, pero cada vez son menos los que así piensan después de casi un año de estrecheces y falsas esperanzas.

Hay al menos tres grupos sociales, de ciudadanos, de individuos para los que es lo mismo un día a otro y no distinguen entre un lunes, un domingo o un viernes (qué distintos para los que trabajamos): los indigentes, los jubilados, y ahora, últimamente, los parados, que aumentan escandalosamente su número y empiezan a ser un grupo más que numeroso. Uno de cada cuatro trabajadores, nada menos, entra en este desolador último grupo.

Desde un punto de vista psicológico el jubilado está descansando merecidamente después de una vida dedicada al trabajo, al menos en general esa es la percepción, por lo que no hay tortura por estar inactivo en ocasiones, por recibir una pensión ajustada, quizá, a lo que debería estar recibiendo. Pero no hay ansiedad porque no hay espera.Ya no se desea algo mejor, no se está esperanzado ante una posibilidad de empleo, por fin, después de más de un año inactivo, por ejemplo. No hay insomnio, no hay trastornos digestivos, ni de ansiedad, ni depresiones, no se tira la toalla, no se abandona.

El parado puede levantarse una mañana de sábado y olerle el mundo como cualquier otro y saber que no va a encontrar, nunca jamás, un trabajo. Es mayor, tiene aproximadamente unos 52 años, la formación tan costosa adquirida con esfuerzo no vale, es viejo, se siente viejo. Abre ese sábado una ventana y se precipita al vacío. Y entonces el mundo calla pero nadie comenta. Aparecen ahora los primeros, algún periodista se atreve a contar en una noticia breve y no demasiado llamativa, en el rincón del diario, en las últimas apariciones de una publicación digital. El suicidio sigue siendo un tema tabú. No entendemos a los suicidas, aunque quizá, y debido a este escandaloso ataque a la dignidad del ciudadano, empecemos a entenderlos mejor.

El suicida tiene un problema mental que no ha podido solucionar porque no ha recibido ayuda. El psiquiatra de la Seguridad Social atiende una vez al mes a un paciente con depresión, no puede haber un seguimiento mayor, por lo que cualquier tratamiento continuado es directamente imposible. Por ello, la mayoría de los que de verdad pueden curarse estarán acudiendo a terapia con un médico privado. Los precios son escandalosos, así que la mayoría acude una vez -si es que lo hace-, recibe unas pastillas y un buen día deja de tomarlas o sencillamente, al no haber terapia acompañando a los medicamentos, decide terminar con el tormento, la angustia, el sufrimiento que provoca una depresión.

El trabajo, como el deporte o el amor  es terapéutico. Una persona debe sentirse útil en algo para desear vivir. Sentirse acogido en sociedad pasa por tener un trabajo. Compadecemos a los que no trabajan pero son un poco apestados, los dejamos de lado, no vaya a ser que nos contagien.

Entiendo lo que está pasando, esos suicidios, y todos tenemos que saber que suceden, que algunas personas están desesperadas y optan por quitarse la vida. La desvergüenza de este gobierno dictatorial que no deja decidir a las personas, condena el aborto, la eutanasia, el suicidio. Hay que vivir a toda costa para que puedan chulearnos, humillarnos, ningunearnos, cosificarnos. Pues no, pese a quien le pese, y ojalé les pese a ellos, a los verdaderos culpables que están dejando al país enfermo para siempre, nosotros decidimos sobre nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestra decisión de ser o no desdichados, de abandonar y tirar la toalla.


viernes, 19 de octubre de 2012

Vendo principios


Me gusta visitar los mercados callejeros y husmear entre las cositas que se me ofrecen. Este verano, en Londres, donde son muy frecuentes, he disfrutado muchísimo. No se trata únicamente de comprar sino de observar la vida de multitud de objetos aparentemente sin sentido algunas veces, apelotonados en un trozo de tela aunque por separado tengan una historia y mucho que decir.

Imagino cada una de esas cosas con vida independiente. Su llegada a las casas, a los distintos lugares donde las acogieron por primera vez con ilusión. El momento de la venta, su grito interno, tal vez –un grito de cosa– al ser separada de otras cosas y del lugar al que llevaba acostumbrada durante años.

Hay personas más dadas a deshacerse de cachivaches, como las hay más acostumbradas a hacerlo de las personas y los lugares. Yo no soy de las que se deshace fácilmente de algo aunque últimamente, al igual que tanta gente, me ha dado por pensar en vender lo que ya no uso y está en buen estado. En el norte de Europa y en los países anglosajones es muy frecuente la venta de objetos a la puerta de las casas. Los domingos, por ejemplo, sacas al jardín lo que tienes para vender y te acomodas en una sillita esperando al comprador. El regateo, la posterior ida, el cambio de manos, el objeto en la bolsa… Es algo normal y no vergonzoso. Aquí no hay costumbre, y aunque empieza a hacerse cada vez más, sobre todo en las ciudades grandes, no acaba de gustar, no está bien visto para nuestra mentalidad provinciana de aparentar, para el orgullo hidalgo español rancio del pasado.

Hay personas capaces de venderlo todo, como se suele decir, hasta a su propia madre. Y entre ese todo se encuentran también los principios, esos que marcan pensamiento y conducta y que en épocas de bonanza parecían inamovibles. En los momentos de crisis hay ataques de egoísmo y renuncia masiva de principios y de estos sí se deshace uno sin vergüenza y sin ningún pudor, como si no quedara más remedio. Lo que amablemente se abrazaba y de lo que se presumía, el derroche de generosidad, la solidaridad, el no engañar ni mentir, se vuelve en contra y empiezan los trapicheos, los deslices y los cuernos. En todos los ámbitos, pero sobre todo en el político y social, estábamos de un lado y ahora estamos de otro. Nos acomodamos como podemos a la nueva situación, y entre una y otra postura, hasta que el cuerpo se encuentra a gusto, hay de todo y para todos.

Algunos exponen el oro y las joyas familiares. Otros, más modestos, se conforman con algunas prendas de segunda mano y unos zapatos que siempre les quedaron pequeños. Pero los hay también que ofertan sus principios para vendérselos por muy poco al mejor postor, y son estos los que creo que no merecen vivir en sociedad. Deberían estar confinados en el anonimato y la participación social de cualquier tipo, quedar relegados al olvido, permanecer señalados y marcados para siempre. Puedes robar en un momento de desesperación, golpear e incluso matar en un acceso de ira, pero vender en lo que uno cree me parece imperdonable. Quizá nos esperen mercadillos de principios dentro de poco, aunque no creo que tuvieran mucho éxito, ya hace tiempo que pasaron de moda.

martes, 16 de octubre de 2012

Hispanounidísimos

Hay un español de América, que siempre ha sido mayoría aunque muchos integristas de la Península (yo lo fui, lo reconozco) se empeñen en denostar por impuro, a pesar de alardear de conquistadores ­–eso sí les gusta– del nuevo continente.

Los académicos de la lengua, supongo que hartos de la presión o porque se aburrían de ser tan lentos se han lanzado de cabeza a aprobar en la RAE los estadounidismos, es decir, aquellos vocablos que utilizan los hispanounidenses –juro que no me lo estoy inventando–. Por fin email se admite para “correo electrónico”, sin guión (sigo poniendo tilde a esta palabra, no puedo evitarlo) y junto. Pero echo de menos muffin para “magdalena”, tan de moda últimamente, y sin embargo sí se añade bagel, que no he dicho jamás para nombrar un panecillo.

De lo más insólito me resulta phishing, que se podía haber adaptado a la fonética española, porque muchos dirán [pisin], con el desconocimiento del sonido inglés [f] para ph.

Rentar, estanflación y parada para referirse a “desfile” me suenan a lo que vulgarmente se denomina como sudamericanadas (neologismo despectivo, no está en la RAE), lo que tanto tiempo hemos tratado de ocultar, lo que no hemos querido escuchar y despreciamos cada vez que oímos. Pero es que son muchos más los que hablan español por el mundo que los que lo hablamos por aquí, y eso se nos olvida. El viejo continente no se preocupa de hablar español, pero del otro lado del Atlántico, sea por que es su lengua materna o porque se lleva, se habla español. En países como Estados Unidos no solo lo habla la inmigración hispana, sino los propios norteamericanos de habla inglesa, algo casi impensable en Francia o Inglaterra. En América se habla español y se quiere hablar español. Pero la lengua está viva y se mueve, crece, se transforma, y hay que adaptarse.

De la RAE siempre celebro unos cambios y tengo mis dudas o me provocan absoluto rechazo otros, pero en cualquier caso me gusta que sucedan. Demasiado tiempo entre los últimos y los siguientes, eso sí, lo que provoca que a veces una palabra admitida esté ya en desuso de la cantidad de tiempo transcurrido desde que se empleó y se gastó hasta que se admitió. Recuerdo alguna referida a juventudes pasadas, muy, muy pasadas, como por ejemplo basca refiriéndose a “pandilla”, que ahora nos hace sonrojar si la oímos. Pero en cualquier caso, me agrada que estos señores de la RAE vayan desintegrándose (de “integrismo”, ojo), y aunque sea muy poco a poco incluyan a América, que no solo va a aparecer reflejada como rareza y en un Diccionario Panhispánico de Dudas, como si de física cuántica se tratase.


sábado, 13 de octubre de 2012

Héroes deprimidos

Miro los estrenos de cartelera y encuentro un par de películas que me apetece ver, pero cuál es mi sorpresa cuando confirmo que no se encuentran en versión original en ningún cine de Madrid. Descarto, pues, la opción cine como actividad cultural del fin de semana y me decanto por una exposición gratuita en el Centro Cultural Conde Duque, la muestra del trabajo de Tim Burton en su última película, Frankenweenie. Intenté ir hace un par de semanas con mi hermana y mi sobrina y fue imposible. Pero de nuevo, sorpresa, la han trasladado a ¡¡¡El Corte Inglés!!!

De repente me entra un mareo, pierdo un poco el equilibrio porque he visto el futuro sin versión original, sin museos ni espacios puramente culturales, con exposiciones en centros comerciales y las becas Erasmus agotadas, por lo que nuestros jóvenes se unirán a esa corriente españolista que le gustaba tanto al dictador y ha continuado en el presente.

Veo los actos del desfile del 12 de octubre y alguna bandera de España con toro incluido en el balcón de los vecinos de enfrente. Parece que hubiéramos llegado al futuro desolador que imaginé hace un momento en el que miramos mal al que no habla español, al que no le gustan los toros ni la fiesta nacional y que no comparte un verano a pleno sol en el Levante. Viajaremos menos porque aquí lo tenemos todo y el intercambio cultural, tan rico y positivo para un joven que se está formando, desaparecerá porque un gobierno indecente, ignorante a más no poder, decide recortar, de nuevo, en los presupuestos para educación.

Este curso, para empezar, en las aulas españolas, muchos alumnos tendrán que renunciar a los libros y supongo que tirarán de fotocopias o de ayudas de familiares y amigos para poder estudiar. Al final los que lo pagan son los benditos profesores que cada vez son más héroes que trabajadores. Cada día ven menguar los recursos, distorsionarse el sistema educativo y ya no tienen fuerzas. Sé que las bajas por depresión son muy frecuentes entre profesores de la escuela pública, y no me extrañaría que aumentaran, aunque quizá lo que provoque la escandalosa actitud de este gobierno ante la educación sea un refuerzo de recursos por parte de los profesores, de imaginación y creatividad para sacar adelante el curso escolar y ayudar a los miles de afectados por la política de austeridad cultural de este gobierno.

Leo en los periódicos esta mañana que no hubo abucheos al presidente del gobierno ayer en el desfile del 12 de octubre, a diferencia de otros años con presidentes socialistas. Me río por no llorar. Quién va a abuchear, si los que allí estaban son los conservadores de antaño que celebran un día de conquistas y masacre en la violación de América hace siglos por héroes de pacotilla. Son los que Rajoy denominó la mayoría silenciosa desde nueva York, los que aún creen en el Imperio que fue un día España y que solo aparece mencionado en los libros de historia y algunos se atreven a celebrar, los que odian a Cataluña y al País Vasco por hablar otras lenguas. No son silenciosos, son agresivos e ignorantes, estúpidos porque no ven que los están engañando como a los que sí se hacen oír frente al Congreso y en las calles de todo el país. Ellos tampoco se salvan y no saben que cuanto más tonto es un pueblo más fácil es de manipular. Es de libro, de manual.

jueves, 11 de octubre de 2012

De orgullos


Estoy orgullosa de muchas de las cosas que me he currado en esta vida, por las que he luchado y que he conseguido.

Me llenan de orgullo mi trabajo y mis pequeños y grandes logros. También los de mis amigos. Estoy muy orgullosa de ellos, cómo no iba a estarlo. Me enorgullece tener unos sobrinos guapos y sanos y que sean, además, buenas personas.

Es un orgullo pertenecer al grupo de los premiados por la suerte, como cuando recibí aquel premio por mi modesto relato. Parece que hubiera pasado un siglo. Es un orgullo tener a tanta gente maravillosa a mi alrededor que me quiere.

Soy poco orgullosa y no me importa reconocer  mis errores. Me siento muy orgullosa de ellos porque me hacen ser quien soy.

Soy muchas cosas. Mujer y blanca, occidental, correctora, redactora, escritora, tía, sobrina, hija, pareja a veces, amiga, compañera de trabajo, amante, exigente, trabajadora, melancólica, alegre, única (esto me lo dijo alguien que me amó).

Soy, entre otras múltiples y variadas cosas, española, pero curiosamente esto no me hace sentir orgullosa. ¿Cómo puedo estar orgullosa de haber nacido en un país concreto por casualidad? Mañana es el llamado Día de la Hispanidad o de la Raza, no sé cuál suena peor. Dice el señor Wert, el Ministro de Cultura (aunque no lo parezca), que quiere españolizar a los estudiantes catalanes. Una vez le han llovido las críticas y se han oído gritos a favor de su dimisión (a los que uno el mío), ha rectificado y la ha liado aún más, explicando que lo que quería decir era que quiere hacer que esos estudiantes no solo se sientan orgullosos de ser catalanes sino también españoles.

¿Y qué pasa, me pregunto, si dichos estudiantes tampoco se sienten orgullosos de ser catalanes o ni siquiera saben lo que es el orgullo aún? Sentirse orgulloso es un acto de aprendizaje y de madurez. Si uno inculca en un niño el orgullo por pertenecer a un grupo exclusivo y excluyente está mediatizando la libertad de pensamiento, de elección, alimentando un sentimiento que si se produce ha de venir dado por una educación en libertad sin falsos patriotismos, que inculque verdaderos valores humanos, solidarios, éticos que todos compartimos, que la humanidad comparte. Manipular para hacer sectario al otro es una labor sucia y fea de la que el señor Wert no debería sentirse orgulloso.

lunes, 8 de octubre de 2012

My british friend

Para Antonio, que me inspira y me entiende

Adoro tu conversación, tu sentido del humor, tus colgantes, tus pañuelos, tus calcetines a juego con el color del jersey, tu estilo, mirarte durante horas, escucharte. Adoro cuando te enfurruñas, cuando ríes, cuando escribes jiji en los whatsapps. Después de un día largo y difícil y cuando estoy más sola, entras en el salón, te sientas en mi sofá rojo y me hablas. De cocina, desde tu blog, de la vida, las lecturas, el amor, las madres que nos animan a escribir y nos leen desde donde estés, allá en Londres, tan cerca pero tan lejos.

El otro día recordé nuestro primer encuentro en Madrid y cómo estuve esperándote tres horas (qué idiota) en el metro a que llegaras. Tenía 16 años, vaya. El barcito en el que escuchamos She loves you y a los Stone Roses, tú con tu impermeable amarillo y el pelo cayéndote sobre los ojos y yo con un mini vestido sesentero y un moño.

Acordarme de ti me da la vida y me refresca memoria y sentimientos. Las charlas en el último viaje, interminables, nos asentaron aún más si cabe, en ese terreno de amor y amistad tan profundo que es difícil de explicar. Contigo todo es fácil aunque sé que no siempre lo es para ti. Sé de tus ires y venires, de los cansancios, y aunque lo imagine seguro que ni me aproximo un poco a lo que sientes. Para ti escribo hoy y desde aquí te contemplo, pasmada de mi buena suerte, de haberte conocido, de esos 16 años que tenía cuando nos hicimos amigos. Gracias por todo, my british friend.



sábado, 6 de octubre de 2012

Dejemos hablar al viento

A poco que escarbemos en la historia encontraremos la "no historia", la que no ocurrió pero nos gustaría que hubiera sucedido. Así, imaginamos un pasado de igualdad eterno los que no hemos vivido una dictadura y hemos crecido y madurado en democracia. Damos por hecho unas acciones y una libertad de movimientos que no siempre se dieron. Y como en nuestra propia historia vital y familiar, mezclamos lo que ocurrió con cómo recordamos que ocurrió. ¿Cuál es el hecho objetivo en realidad? Siempre va a haber un narrador que medie e interprete aunque no quiera y por objetivo que desee ser. Es imposible mostrarse imparcial porque lo que tratemos como verdadero no dejará de ser una visión, nuestra visión.

Visiones tuvieron los del 98 de esa España rota que arrastraba un pesimismo heredado sin que pudiera esquivarlo, pues era su destino. Este determinismo histórico, unido a las recientes derrotas militares, hicieron que se concluyera que el mal de España no tenía cura y que había que asumirlo como una enfermedad. Intentaríamos curarla en la unidad castellana, obsesiva, centralista y rancia, populista, que aún estamos padeciendo.

Aquella España trabada y uniforme que heredó gustoso el franquismo es la que algunos se atreven a mencionar ahora, de nuevo como solución a una crisis ya no económica sino moral que nos ha hecho replantearnos nuestros cimientos democráticos que creíamos tan sólidos, y la actual distribución territorial y de poder.

Por otro lado, ahora que las cosas se ponen crudas, y ante la posibilidad de desvincularse de un gobierno centralista, conservador, con discursos del pasado sobre una unidad de España, las autonomías emergen con más fuerza para separarse de este grupo dirigido por seres deprimentes, sordos al pueblo, que promueven el desánimo desde su púlpito.

No creo que sea el momento de separaciones ni nacionalismos pero tampoco creo que lo sea el de atacar al que es diferente cultural y lingüísticamente. Dejemos de acusar a vascos, catalanes y gallegos de ser raros por querer conservar su lengua materna, su herencia histórica, y por lo tanto su identidad. Ya está bien de persecuciones y discursos castellanistas excluyentes. Dejemos hablar al viento, tituló Onetti a una de sus novelas.

Dejemos que las palabras fluyan en cualquier idioma, vengan de donde vengan. Y parémonos a escuchar lo que tenemos que decirnos, que aunque hablemos lenguas diferentes, hay un punto de encuentro para comunicarnos si queremos hacerlo.