miércoles, 18 de abril de 2012

Qué chasco

Hay días que duelen. Se te clavan en el corazón y en la espalda y te impiden respirar. Hay días en los que descubres que creías que lo habías aprendido todo y que no te volvería a pasar, pero te pasa. Los chascos amorosos son como las gripes, las pillas por mucho que te cuides y que te abrigues.

Aun así da rabia que pase. Estar metido en la cama y sentir que estás perdiendo el tiempo , y una vez pasado el mal, que lo has perdido.

Afortunadamente, darse cuenta a tiempo siempre es mejor que no saberlo nunca, que pasar el resto de tu vida junto a alguien que te machaque a diario, para el que no seamos nada o, simplemente –algo mucho más sencillo y atroz–, junto a alguien que no nos quiera lo suficiente.

Una vez un chico al que adoraba me dijo eso a mi pregunta de si yo le gustaba. Me dijo: “Sí, pero no lo suficiente”. La frase se me clavó en el alma y me destrozó, y aún a veces la recuerdo. Sin embargo, aunque en su momento no la entendí, más adelante sí supe a qué se refería porque nos sucede a todos. Pero que te vuelva a pasar es un poco como de broma, que de nuevo no despiertes en alguien tanto como querrías es atroz y lo seguirá siendo con quince, con veinte y con cuarenta años.

martes, 17 de abril de 2012

Qué bala perdida

De un traspiés a un golpe, a un tropiezo, a un tiro errado, a una bala perdida, a una bien dirigida y no a muy buen precio –de treinta y siete mil euros y monárquica–.

Estos días entre tiroteos, por aquí andamos más perdidos que nunca. El rey se recupera de su cadera, su nieto del pie herido y nosotros nos lamemos las heridas como podemos.

Muchos son ya los que no pueden llegar a fin de mes, los que tienen que cambiar de ciudad por no poder permitirse costear los gastos que le exigía una grande, en la que cada mañana te encuentras con una nueva “subida”, algo más que escalar que ya no se puede considerar más como gasto extra, pues tenemos demasiados. Cada mañana un desahucio, una víctima del sistema, una tristeza nueva a las espaldas.

El rey, como los de antaño, se solaza cazando, cazando elefantes. Está cansado y muy preocupado por los españoles, es lógico que necesite cambiar de aires. Yo cuando estoy tensa salgo a correr y voy a nadar, me doy un largo paseo. Quizá ahora que me han prohibido hacer deporte me dedique a matar elefantes, puede que así alivie la tensión que me embarga. Lo malo es que no me va a llegar con veintiséis euros que me cuestan las clases de natación. Me conformaré con cazar moscas mientras veo desmoronarse este país lleno de balas perdidas.

domingo, 15 de abril de 2012

Malos tiempos

Durante las buenas épocas se nos suelen olvidar las malas. Basta, sin embargo, un olor o una melodía –las primeras notas son suficientes– para que nos asalte el mal recuerdo y el mal sabor de boca. Pocas veces recordábamos ya últimamente la invasión de las calles para reivindicar, gritar y hacerse oír, al menos con la misma indignación que hace unos años –tan lejanos parecen pero tan cerca en realidad son– cuando la derecha ocupaba, como ahora, el poder.

Nada, absolutamente nada es insuperable y cuando se trata de prohibir, manipular y torturar somos capaces de esmerarnos en cada ocasión algo más que en la anterior y que la última vez. Hay cierto placer en el que crea e impone las reglas y en el machaque del que vela por que se cumplan. La prohibición acarrea protestas e incluso arrastra a realizar lo que no deberíamos, lo que sabemos nos está vetado y se castiga. No hay nada peor que alertar, prevenir de un peligro para que este nos atraiga, precisamente por lo que entraña y puede desencadenar.

No debería sorprendernos ni alarmarnos lo que está pasando en este país de ánimos flojos y decaídos. ¿O sí? A pesar de saber cómo es la derecha, nuestra buena educación democrática y la mala memoria histórica continúan jugándonos malas pasadas, pues confiamos en que el abuso no se produzca una vez más, tan enterrado el pasado.

A mí esta reforma laboral, estas subidas de los servicios públicos injustas, la pérdida de libertades con las reformas del Código Penal, que convierten mi resistencia pasiva a la autoridad en un delito y me puede mandar a la cárcel, ese bienestar que era bien sencillo y humilde por mi parte y se me escapa cada día un poco más como arena entre los dedos, me arrincona y me paraliza de pura vergüenza, indignación y por qué no decirlo, miedo.

Este gobierno maltrata y echa al suelo, y una vez ahí, se ceba en los golpes, apoyándose en su “legitimidad”, la que el pueblo, precisamente, le ha dado, sin saber que lo iban a mangonear de este modo atroz, que hace que pierda toda la esperanza y la ilusión en que esto mejore y en que podamos sentirnos dignos y afortunados de estar vivos, algo humanos.

Y nos quedan cuatro largos años. De necedad, de oscurantismo, de ignorancia, de gris obsceno. Y no se te ocurra reunirte con los tuyos, ejercer tus derechos de agruparte con un fin común, que nos hace personas pese a quien le pese.

Ahora que acaban de cumplirse 35 años de la legalización del Partido Comunista de España, en un llamado Sábado Santo Rojo, tras la Dictadura y ya en democracia, vuelvan a ponernos el yugo creyendo, tal vez, que no lo notaremos, que agacharemos la cabeza y nos quedaremos en casa, aterrados ante lo prohibido, padeciendo la violencia en silencio, haciéndonos creer violentos y díscolos a nosotros mismos, que solo queremos ejercer la libertad y los derechos adquiridos, tanto tiempo peleados, tan pronta e injustamente perdidos y tuneados.

miércoles, 11 de abril de 2012

Expresa que te expresarás

Como el agua, la comida, el aire, necesito expresarme a través de la palabra escrita que un buen ejercicio de lenguaje puede despertarme, como una cervecita el apetito.

Me explico.

Si he tenido, un día con gratas conversaciones, pensamientos sobre un tema concreto que me ha llevado de una idea a otra, descripción de un servicio en la agencia, argumentación de la idea elegida, búsqueda de un concepto, entonces ya no hay parada y los dedos se me van al teclado y las yemas aprietan el lápiz recién afilado para intentar dibujar esas letras que tanto me dicen y tanto me gustan.

Podría dedicarles un poema o unas letras, simplemente, unas palabras breves pero sinceras que resumieran mi deseo y mi necesidad de tenerlas a mi lado, pululando, acompañando cada instante importante de mi vida. Del lenguaje al lenguaje, de mi boca al papel, a un teclado, a una pantalla. Salen de la nada y van apareciendo y me ha sido dado el don de leerlas ­–porque es un don–, de escribirlas –no sabemos lo afortunados que somos de poder hacerlo, tan mecánico se ha vuelto lo otorgado–.

Ver la exposición de un pintor que me gusta me lleva a intentar al menos dibujar una pequeña figura al margen de mi cuaderno, un arbolillo punteado con un tronco fino como una línea, una cara sonriente que siempre deja huella allá donde vaya y se muestre. Un lenguaje que no domino pero que no puedo evitar intentar hacer, transmitir, aunque sea a mí misma, una imagen que me ronda.

Como después de una buena lectura, de esas que despiertan la imaginación y hacen nacer las ideas. Cuando la termino me apetece nombrar mi estado y mi visión de las cosas que suceden, que no dejan de pasar, también las que ya pasaron y ahora yo aprendo. Apetece escribir y no dejar de nombrar. Me apetece soñar llevándolo a la palabra.

Sin palabra no soy, soy lo que me nombran, soy tan concepto como definición, en ningún caso vacío, ni nada que contar. Mucho hay, quizá no interesante para todos –qué más da–, quizá aún por descubrir para mí misma. ¡Qué sorpresas me deparará el futuro! Qué aprenderé de mí que pueda expresarse con hermosas palabras. Porque eso sí, hermosas siempre.

sábado, 7 de abril de 2012

Palabras no solo

Duda entre la "a" y la "i". Finalmente con la ge y la primera vocal hace una palabra de cuatro letras que le da más de veinte puntos. Su oponente es un tal Agudo que ya le ha ganado cuatro o cinco veces. Forzada intimidad que los une a través de sus pantallas táctiles de dedos marcados y teléfonos inteligentes, más que la mayoría de los dueños.

Cree conocer más a Agudo que a muchos de los tipos con los que ha salido últimamente. No espera el siguiente movimiento, el del otro, y se pone la ropa para ir a correr, necesita airearse.

Sube por la cuesta del Ángel Caído, lleva solo veinte minutos trotando y se le hace más difícil que otras veces. Siempre se le resiste, pero cuando llega a la fuente, alrededor de la cual se deslizan los patinadores, se siente única, invencible, feliz de nuevo del esfuerzo que merece la pena.

Es solo un segundo. Escupe entre el sudor y al levantar la vista sus ojos se cruzan con los de él. Va demasiado deprisa para ella, tendrá que aumentar el ritmo si no quiere perderlo de vista. Siempre tiene la sensación de que es la más lenta y de que todos la adelantan. Olvida a los que no ve correr detrás de ella, pero si girara la cabeza los vería, siempre hay alguien que va por detrás de nosotros y que si pudiera nos alcanzaría.

En una recta consigue ponerse a su altura y le grita: "¡Aleteo!". Casi no puede respirar. Él sonríe y entre el resuello contesta: "¡Melaza!". Es él, es Agudo, la zeta de melaza que le dio el triunfo en la primera partida, cómo podría olvidarla.

Se apresura en volver a casa, y tras los estiramientos y la ducha responde con sus dedos zalamero a la última jugada de él -los zas compartidos y enredados- que ya duchado también y aún sonriente observa la pantalla esperándola a ella, a sus letras, mas que nunca.

viernes, 6 de abril de 2012

Los dos días

Todas las semanas santas eran iguales. Los festivos propiamente dichos, los jueves y viernes en los que el mundo se paraba y todo se cerraba de espanto eran afortunadamente también el momento de encontrarse en la ciudad con amigos que hacía tiempo no veíamos y con los que ese día podíamos conversar como si el mundo pudiera acabarse después de eso, de haberse vaciado uno de secretos, de noticias recientes, de hechos memorables por ser propios. Llenos también de los sucesos ajenos, nos comportábamos como las personas más comprensivas porque realmente lo éramos. En esos instantes, antes de volver a la rutina del fin de semana corriente, éramos los mejores amigos, los más tiernos amantes, la mejor compañía para cualquiera.

A través de los últimos años pocas ocasiones había de salir de la ciudad en aquellas fechas señaladas, así que ambos, que estaban solos, empezaron a encontrarse esos dos días y a pasar la noche del jueves santo entre las sábanas tras hablar largo, largo y muy tendido sobre sus mundos, los que a cada uno los ocupaban. Dormían, y la mañana del viernes santo continuaban hablando hasta que uno de los dos se despedía del otro para el año próximo, en el que volverían a encontrarse en esos extraños días en los que todo se paraba a su alrededor y ni siquiera el ruido propio de la gran ciudad los acompañaba y ni los semáforos se iluminaban como siempre.

Aunque invariablemente llovía -otra de las características de aquellos días extraños, podía llover como nunca en esas cuarenta y ocho horas y dejar de hacerlo una vez pasadas las fechas, volver a lucir el sol como si nunca hubiera existido la lluvia- un año, sin embargo, no llovió y los dos días parecían no ser suficientes así que se arriesgaron. Uno dijo que por qué no verse ese mismo fin de semana, quizá al día siguiente, sábado, o al otro. Un cine, tal vez, aventuró uno de los dos.

Así, ese domingo se vieron y no supieron comportarse porque no sabían moverse con la cotidianidad del fin de semana que conocían por separado pero nunca juntos. Se comportaron torpemente y las palabras no fluyeron como debían, ni siquiera los pensamientos eran lógicos o coherentes, estaban demasiado pendientes de lo que debían responder o afirmar o a lo que asentir, así que al año siguiente, después de aquel domingo aciago, llegó la Semana Santa de nuevo y con ella los dos días ansiados que los unirían y volverían a separarlos, pero no se llamaron porque tenían miedo de después, de que el uno o el otro pudiera pedir más y eso los llevara inevitablemente a la distancia que da el sentirse lejos del que nos ama.

miércoles, 4 de abril de 2012

Y salen y se agolpan

Los dedos se entumecen cuando no escribes. Estás ansiosa, respiras mal, hay algo que tiene que salir y no sabes por dónde empezará a hacerlo si no te pones a escribir de inmediato.

Desde el corazón, que bombeaba con más fuerza cuando comencé a escribir esto, la sangre va bajando hacia las manos y se aflojan las pulsaciones. Llegan las palabras a las muñecas, peleándose por sacar la cabeza al exterior. Entre los dedos me cosquillean y en las yemas, a punto de salir disparadas, las siento y casi podría leerlas a través de la piel.

Cuando por fin salen no es para tanto. Muchas veces no se trata de decir algo original, solo quieren expresarse, manifestar su opinión, llevaban muchos días sin estar ante un teclado y sin poder lucirse, tan bonitas como saben que son.

Habían salido de mi boca, de mi pluma hace dos noches, pero aquí no habían estado desde hace tiempo y saben que las leeréis, que algunos que no conocen las observarán y las analizarán, quizá no a todas del mismo modo, la preposición nunca llegará a sugerir como el adjetivo. Lo saben, pero no les importa porque saben también que son indispensables, necesarias, sin cada una de ellas el todo es imposible. El sentido se lo da el grupo, individualmente poco son.

Termino de escribir, tengo tareas que hacer durante las cuales fabricaré en mi interior nuevos textos que estarán compuestos de estas mismas inquietas y amadas palabrillas que se me cuelan y que pelean por salir después de mí, como si las pariera continuamente, una especie de máquina de producir sentido a las vidas, a la mía y a la de los demás. Cuán poderosos somos sin saberlo.

domingo, 25 de marzo de 2012

Dar la cara

Me debatía entre hacer o no hacer huelga. Hoy ya tengo claro que no la haré tras unos días de reflexión.

Según un sondeo que publica hoy El País, solo un treinta y pico por ciento de los ciudadanos está convencido de hacerla y de que es útil en estos momentos. No lo tengo nada claro. Dónde estabais, convocantes, cuando más os necesitábamos. Y esto es, cuando el votante de izquierda no fue a las urnas porque los partidos de izquierda no los animaron ni motivaron como es debido. Dónde estabais cuando había que explicar a los más jóvenes lo que significaban los derechos adquiridos y cómo había costado conseguirlos, que no son heredados ni siempre han estado ahí, que había que votar para mantenerlos.

Ahora aparecen los sindicatos como cucarachas, en cuanto ven amenazados sus puestos en la empresa pública. ¿Realmente les preocupamos a los sindicatos que, por ejemplo, en mi sector no existen ni nos defienden? ¿Realmente el empleado público sabe lo que sufrimos en el sector privado y las horas “extra” sin cobrar que hacemos y la cantidad de mierda que tragamos sin tener a quien recurrir? ¿Realmente esta huelga me representa, por resumir en una pregunta todo lo que me pregunto parcialmente?

Estoy, sin duda, en contra de la reforma laboral del actual gobierno, y sin duda hay que hacer algo, pero quizá no ahora, quizá haya que esperar algo más, dejar que el ánimo se recupere, obligar a que nos miren y nos alienten no solo los grupos sindicalistas. Explotados y solos estamos muchos, no solo ellos que no soy yo y que salgo día tras día a enfrentarme al mundo, no solo cuando me siento amenazada.

jueves, 22 de marzo de 2012

Saber que están bien

Imaginar que hay alguien a quien aprecias mirándote mientras haces las cosas cotidianas que a veces cuestan mucho esfuerzo, ayuda y alienta a hacerlas bien y continuar.

Cuando era pequeña me imaginaba a mi hermano mayor asistiendo a mis exámenes y cuando hacía una pirueta con los patines, deseaba que estuviera allí. En la piscina, los niños llaman a sus padres, “Mira lo que hago”, o en los columpios del parque… Que alguien nos observe y apruebe lo que hacemos o nos felicite por hacerlo bien es un deseo tan antiguo como el trabajo y las obligaciones que día tras día tenemos que cumplir.

En pocos trabajos te felicitan ya por las cosas, ya no bien hechas, sino hechas, dentro del caos y los tiempos de entrega imposibles. Así, a veces, me imagino a mi hermano mayor, a mi hermana o a mi padre, incluso, dándome palmaditas en la espalda, sentados a mi lado mientras yo sigo trabajando lo mejor posible para que vean lo bien que lo hago. O pienso, “quizá no sepan siquiera que sé esto o que hacer esto otro se me da de miedo”. Y yo tampoco sé muchas veces qué hacen de ellos, lo bien que hacen lo que hagan en sus respectivos trabajos, cómo se ganan o ganaban la vida la vida a diario sin que yo lo sepa. Cuando los veo es fin de semana no queremos hablar de trabajo después de tantas horas, así que los temas tratan de asuntos más personales y emocionales.

¿De cuántos de nuestros amigos no tenemos mucha idea de a qué se dedican? Nos dicen, sí, el cargo y cómo han de lidiar con sus asuntos, y casi todos tienen un ordenador y se sientan frente a una pantalla, pero a no ser que sean artistas, actores o camareros, poco sabemos de su día a día. Me gustaría saber más, en estos momentos en los que no hay tiempo perdido y tener un oficio por el que te paguen es tan difícil. Imaginarlos trabajando me estimula, es como saber que respiran, que están vivos, que están bien.

martes, 20 de marzo de 2012

De agua ciega

Las lágrimas le salían solas últimamente sin que pudiera detenerlas. Escondía un pañuelo bajo la almohada para poder secarse los ojos en cuanto estos se llenaban tanto de agua que resbalaban a la tela y le incomodaban el resto del sueño, las sábanas mojadas sin remedio ya durante el resto de la noche.

El pensamiento auguraba las lágrimas, se producía inevitablemente antes que ellas y siempre era el mismo, la nostalgia del amor inacabado. Se le dibujaba el rostro, después la sonrisa y más tarde veía nítidamente sus gestos, la cabeza hundida, el andar inconfundible, las perfectas manos tostadas, el olor de la piel suave.

Con cada nuevo detalle las lágrimas aumentaban y le impedían incluso respirar y el gemido se convertía en sollozo.

Una mañana, sin embargo, se despertó después de haber dormido ocho horas seguidas sin haber llorado y sin que el pensamiento hubiera aparecido. Le extrañó pero sintió que por fin lo había superado. Salió a la calle y no estaba ni triste ni alegre, ni temblona ni tranquila. No sentía nada, nada absolutamente, así que se sentó en un banco y esperó, deseando estar incómoda y ciega por las lágrimas, melancólica por el amor perdido e inacabado.