miércoles, 7 de diciembre de 2011

El puente interminable

Ahora que se hace casi de noche a las seis de la tarde trabajar da menos pereza. Con el buen tiempo y los días más largos estar encerrado en la oficina resulta impensable después de haber disfrutado de un fin de semana largo o de un día festivo suelto, en mitad de la semana, de esos que nos gustan tanto.


Me gustaría poder quejarme pero no debo. Muchos ven anochecer desde sus cuartos oscuros, los de sus casas o sus vidas, o pateando la calle en busca de empleo, aunque los hay también –Spain is different- que se van de puente. Crisis, crisis, pero estos días no está trabajando ni Dios. Cuando esta mañana he salido del metro en la zona norte de la ciudad, la niebla y las pocas personas daban a mi día un ambiente de pesadilla que me introducía perfectamente en lo que se avecinaba minutos después, la mesa de oficina, el ordenador, lo nada guay que es trabajar en una agencia de publicidad en la que nunca depende de ti ni de tus jefes ni tan siquiera de algo razonable que salgas a tu hora.


Recuerdo que durante unos meses en los que me iba a las siete en punto, en cuanto cumplía el horario –sin contar que llego antes y parte del mediodía, de las estúpidas dos horas para comer, lo dedico a seguir currando-, la mayoría de las personas que trabajan en mi planta se quedaban en sus asientos y me sentía una afortunada por poder salir a mi hora. Sin duda lo era, como ahora por tener trabajo y salir más o menos a mi hora, pero ellos también, pues esos que se quedaban sentados lo hacían para tontear con el periódico, leer su correo personal o decir alguna chorrada en Facebook. Y es que en España sigue estando mal visto salir a la hora convenida y se alarga el tiempo, se remolonea por las mesas, no vaya a ser que alguien se tome a mal tanta honestidad. En otros países –sí desarrollados en este sentido- si te quedas más tarde de tu hora durante una racha acaban preocupándose tus jefes y preguntándote si tienes algún problema para acabar tu trabajo en el horario convenido. Así es, en fin, unos tanto y otros…


Ahora, ya noche, me puedo sumergir en el aburrimiento, tomar una copa, merendar, ir al cine, dormir… tan oscuro el cielo que me encuentro perdida pero salvada en una oficina que me resguarda del exterior, más inhóspito para los que lo ven desde casa y esperan que amanezca de nuevo en este país que se fue de puente y aún no ha vuelto.

martes, 6 de diciembre de 2011

Un triste chollo

Algo mejor que acabar un libro que nos ha gustado a pesar de la pena que produce a veces es empezar otro mejor, si cabe, que el anterior o al menos al mismo nivel. Hay algo también mejor a que te regalen el libro que querías o que por fin te lo traigan en la librería en la que lo pediste, y es encontrarlo de segunda mano en una preciosa edición en la Cuesta de Moyano, y además barato. En concreto por dos euros. Disfruto estos días de puente del chollo recién adquirido y saboreo la humedad que despiden sus páginas de papel grueso y fresco encuadernadas en tapas duras en una desconocida edición de Seix Barral de los años sesenta, un año después de que lo publicara el autor en italiano.

La Cuesta de Moyano es mi refugio desde la adolescencia, y cuando quería darme un paseo sin alejarme demasiado de casa iba hacia allí, a husmear entre los tomos expuestos. De subida, los de la derecha, de bajada, los de las casetas, aunque a veces iba en zigzag. Había que evitar a la señora que no quiere que te acerques a sus libros y que lleva años impidiéndolo, supongo que no habrá vendido demasiados. Después, en ocasiones, me iba con el ejemplar adquirido -siempre encontraba algo- al Retiro y me sentaba, si no llovía, en un banco para empezar a leerlo cómodamente o bien pagaba la entrada al Botánico, a dos pasos de allí, y me acomodaba en algún caminito, entre las plantas, a disfrutar de mi nueva adquisición.

Percibí, cuando compré el libro de Bassani, El jardín de los Finzi Contini, cierta decadencia entre las casetas de los libreros, y aunque sigue habiendo un ambiente agradable, se percibe cierto aire de saldillo, de prisa por vender que últimamente tienen todos los que poseen un negocio propio y que me abruma. Algunas casetas están cerradas y las que hay abiertas tienen unas ofertas escandalosas -como el chollo que encontré-. Al ir a pagar da la sensación de que estés dando una limosna más que pagando realmente por lo que vale el objeto.

Reivindico la compra de libros en este espacio -en el que además podemos pasar una agradable mañana, por las tardes está cerrado- y no en las grandes superficies. Si lo que buscamos son novedades también están aquí, con un diez por ciento de descuento -creo que en la Fnac es solo un cinco- y además, en la búsqueda, podemos encontrar algo que no buscábamos y que nos interese y llevárnoslo también, mientras la luz del sol nos da de lleno en el rostro o el vientecillo serrano nos despeja de los fantasmas nocturnos.

Es un paseo agradable y un lugar al que no he dejado de ir en los últimos veinte años aunque por temporadas he ido menos. Y se nota. Quiero decir que los libros y sus espacios y los lugares que los contienen empiezan a ser escasos, raros, para unos pocos, una antigualla que observar pero ya no comprar. En tiempos de crisis, sin embargo, qué mejor que una buena lectura para olvidar las penas y la realidad durante un rato con Bassani o cualquier otro autor, dejarse caer por Moyano, donde podremos darnos el capricho de comprar un libro por dos euros, qué menos.

Hace un día precioso hoy en Madrid. Puedes salir de casa, darte una vuelta por Atocha y husmear entre los libros, quizá encuentres algo interesante, un triste chollo que probablemente te grite desde la portada que vale mucho más de lo que vas a pagar pero que por fin va a tener un nuevo dueño y un nuevo lector.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Estos días felices

Sentarme al escritorio los días festivos me produce la misma satisfacción que abrir un regalo y saber que es lo que esperaba antes de quitarle el último trozo de papel de envolver y el último pedacito de celo.

Me gusta despertar y seguir la rutina de la mañana libre, que consiste en improvisar. Desde la idea hasta los dedos en el teclado, pasando por la sonrisa y el café humeante a mi lado hay un sinfín de sensaciones gratificantes. El sol se pelea por lucir, aún no está el azul desvaído del invierno y apenas se puede mirar al cielo sin entornar los ojos. Los vecinos no hacen ruido esta mañana festiva porque están de puente y me han dado una tregua, normalmente hay mucho más follón. Hoy no es un festivo de verdad y eso es lo mejor. Cogerse un día así en el trabajo es como hacer pellas y quedarse en casa haciendo lo que te apetece, lo que te dé la gana.

La gana que me da hoy es, como casi siempre, reflexionar y transmitirlo con mis palabras a través de estas líneas. La palabra del corazón a la transcripción es uno de los procesos más bellos y misteriosos que solo el ser humano puede realizar. Me llama la atención que con tanto poder en nuestras mentes y nuestras manos no existan más palabras y más reflexiones, supongo que porque requiere un esfuerzo y ser honesto con uno mismo. La fidelidad está de capa caída, hacia los demás y hacia uno. Las palabras van a delatarte si quieres engañar o mentir a no ser que lo que estés escribiendo sea un cuento o una novela, y aun así es difícil escapar a uno mismo.

Me gustan estos momentos íntimos en los que soy capaz de abstraerme de todo lo demás y escuchar el mundo con los dedos, reflexionar lo que me ronda desde hace días, sonreír ante el último beso recibido, que aún me sabe a gloria. Estas mañanas de lunes que parecen lunes de pellas, tan luminosos que apenas puedo abrir los ojos, me dan que pensar sobre lo simple que puede ser la felicidad: escribir, reflexionar, mirar el cielo, recordar un beso.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Carne de dios

De Carnage -carnicería- a Un dios salvaje median la distancia y el impacto. Preferiría ver una película con el primer título más que con el segundo, aunque tampoco le haría ascos a una que se titulara así, siempre me han gustado los dioses que se portan mal, los buenos no me los creo.

Hora y veinte minutos después de haber entrado en la sala salí del cine con la sensación de haber visto una excelente comedia de Polanski con un toque de ironía y exageración que me gustan y que de nuevo hacen a este director el rey de los que saben meter el dedo en la llaga y extraer lo que estaba delante de nuestras narices sin que nos diéramos cuenta, o sí pero no nos parecía importante.

Como en la literatura, en el cine también es un don saber sacar partido de lo cotidiano y de un hecho aparentemente simple. No hay que narrar un gran drama histórico ni la vida de un personaje único para que la película sea aclamada y obtenga el beneplácito del público. Los grandes temas están en las pequeñas cosas. En este caso, detrás del título Un dios salvaje hay una operación de marketing al querer hacer más épica la película, creyendo que poniéndole el título de la frase que uno de los personajes -Christoph Waltz en concreto- dice a otro se conseguirá que así suceda. Carnicería habría sido el título perfecto, el que Polanski le dio por algo, pues es lo que acaba siendo una reunión de dos matrimonios educados y pacíficos hasta el extremo, que se han reunido para hablar de la solución a un conflicto sucedido entre sus hijos.

Me gusta el Polanski crítico, hiperbólico y algo histriónico que la película muestra, el que basándose en una historia sencilla y aparentemente banal llega a construir una trama brillante con final feliz. Hay que verla y reírse y pensar después en el gusto que da el buen cine, el que se pasa volando y no te deja indiferente.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Hay que elegir

Volví de mi viaje cargada de libros y experiencia. En los libros encuentro sabiduría y vida, y archivo lo aprendido en la memoria, generalizo desde la anécdota de la trama aplicando lo leído a mi propia vida, al momento presente de la humanidad. Eso es lo que diferencia a la literatura de lo que solo son historias vacías, las que no te permiten ampliar lo aprendido y trasladarlo a tu vida.

Los pensamientos también los voy guardando en una caja junto a lo que sucede en los diarios que, dicen, son el reflejo de lo que pasa fuera de nosotros y de nuestras vidas, en la realidad. Me gustaría, sin embargo, que hubiera un diario de lo que les pasa a las personas por dentro. Lo leería fielmente cada mañana para saber a qué enfrentarme y saber por dónde van los tiros. Podría ser semanal, no me importaría, pero que alguna publicación te guiara. Imagino que lo más parecido y lo que te puede hacer sacar conclusiones en este sentido son las redes sociales, en las que puedes ir leyendo lo que al instante está pensando, visitando o viendo el mundo que te rodea. Twitter, Facebook y todo el resto de espacios virtuales que cada vez son más cercanos y se alejan más de la simpleza de describir tu estado actual y decir me gusta o no me gusta a fotos, sentencias y otras banalidades que los “amigos” han colgado en la página en cuestión. No obstante sí creo que leyendo uno tras otro a los que participan en estos saraos virtuales podemos saber más de los demás de lo que creemos. Supongo que las urnas y las elecciones generales son un buen momento para el baremo y saber qué sucede, pero siempre me pilla de sorpresa a pesar de intuir internamente el resultado.

En los días previos a las elecciones generales nadie hablaba en su perfil virtual de cambios ni de política excepto aquellos que realmente querían comprometerse a cambiar las cosas para todos, y no eran muchos. Los demás se iban por las ramas, y los temas fundamentales eran otros, demasiada tristeza y paro acumulados, demasiadas pocas esperanzas personales y sociales.

Hablas, opinas, escuchas y te comunicas, la mejor forma de saber de verdad lo importante, que no es más que lo cotidiano. A muchos les importa el futuro de los demás, la injusticia social y ese es el fin de la existencia que les espera y quieren, pero la mayoría busca instintivamente cubrirse las espaldas aun cuando sean mucho más infelices. ¿Habrá que elegir entre la felicidad y el preocuparse solo de uno, sin mojarse, sin intercambiar pareceres? Creo que sí. A estas alturas y con lo que está sucediendo, de nuevo el mundo patas arriba, el mensaje es claro, preocuparse solo de lo material y del bienestar propio no da la felicidad. Estabiliza, centra en el atontamiento, hace que dejes de pensar y de preocuparte, pero eso no es la vida y es muy poco humano.

Lo que oímos con el mar de fondo es lo que nos gustaría que fuera y finalmente no es. En el silencio se escucha mejor a los demás pero el ruido y la banalidad nos atraen como a un niño un dulce, no puede evitarse. Es lógico que haya ganado la derecha.

viernes, 2 de diciembre de 2011

¿Esperaba este premio?

Las atrapa en el aire, las palabras. Las coge y las ensambla como por ensalmo. Al menos era lo que hacía –hizo– durante muchos años y creó eso –no sé cómo llamarlo– que no quiso que fuera poesía –demasiada seriedad en el concepto–, que evoca lo primigenio del lenguaje y reivindica una simplicidad que en realidad requiere de un complejo proceso creativo que intentaba don Nicanor hacer pasar por natural y carente de esfuerzo, y que se sintiera como lo cotidiano llevado a la puerta de tu casa, a tu quehacer diario. Dice que revoloteaban a su alrededor y las cazaba, las palabras. Yo me lo imagino con la red de atrapar mariposas prendiendo sus artefactos, sus chistes, las canciones e incluso los antipoemas, que le dieron la fama merecida.


De todo lo escrito por Nicanor Parra me quedo con todo porque en el proceso de la obra, en la evolución de la palabra está el arte. No hay unos sin otros, el sentido se advierte en conjunto, aunque sin duda me dejan encantada, por ejemplo: “Juro que no recuerdo ni su nombre, / Mas moriré llamándola María, / No por simple capricho de poeta: / Por su aspecto de plaza de provincia”.


El humor, el juego, el control absoluto del lenguaje, como sus compañeros de profesión y también chilenos Huidobro y Bolaño, conllevan la ironía y el descaro. En el poema titulado ¿Esperaba este premio? se percibe esa broma constante no solo en el contenido, también en la forma, y responde a la pregunta eterna de este modo: "No / Los premios son / Como las Dulcineas del Toboso / Mientras + pensamos en ellas / + lejanas / + sordas / + enigmáticas / Los premios son para los espíritus libres / Y para los amigos del jurado / Chanfle / No contaban con mi astucia".


Me alegran los Cervantes inesperados a través de los que se nos da a conocer a un autor más propio de los círculos reducidos de poetas, escritores y estudiosos que de las mesas de novedades. Me gusta que la endogamia del famoseo quede a un lado y nos den un regalo como este que hacen que amemos hoy más la vida que ayer, antes de leerte, Nicanor.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Placeres mundanos

La crisis también se nota en la dinámica de las empresas. Desde hace ya dos años no tenemos cesta de Navidad, aunque sí fiesta. El primer año crítico nos dieron a elegir entre cesta y fiesta y ganó la última, ahora ya ni preguntan. Nos consuelan con barra libre de alcohol barato y canapeteo y nos hacen olvidar durante unas horas los míseros sueldos y las penas, aunque yo preferiría la lata de espárragos y de melocotón en almíbar con la botella de cava, como toda la vida.


Desde hace años ya también –dos, creo– la compra de lotería en la empresa ha pegado un cambio considerable. De mandarnos en un sobre a nuestra mesa un número de La Bruja de Oro famosa a comprarla en el quiosco de al lado e incluso, como este año, de mandar a la lotera a la misma sala donde nos hicieron los análisis de sangre hace solo unos días y hacer cola para adquirir los boletos –jefes incluidos–. Fue muy Berlanga, me gustó. Íbamos entrando y nos iba deseando suerte con una sonrisa la buena señora lotera. Me habría gustado que me hubieran quitado sangre con la lotera al lado, sonriéndome, habría sido más llevadero, aunque también más de peli de Almodóvar que de Berlanga.


Este año ha habido aglomeración, desesperación por adquirir el número, cierta impaciencia e incluso bufidos. Con la crisis llega la confianza en el azar, y así, como la religión consuela al pobre, la suerte consuela al pobre ateo.


Tener fe en lo imposible y en lo increíble es lo que para muchos queda ante la impotencia de no poder cambiar las cosas con el esfuerzo y la voluntad. Es lógico. Es bonito –y cómodo– pensar que hay alguien superior que vela por nosotros y que sabe qué es lo que más nos conviene. Es bonito creer en el destino y pensar que lo que nos espera no depende exclusivamente de nuestras decisiones. Desgraciadamente, creo que es falso.


Puedo creer en lo aleatorio y caótico e incluso azaroso de la vida pero no creo en el destino, en que haya algo que me espera inevitablemente, haga lo que haga, por confluencia de... –¿de?–. Quizá me equivoque y, por ejemplo, el PP ganara estas elecciones porque estaba predestinado que lo hiciera o por la confluencia de rezos de sus votantes católicos. Prefiero pensar, sin embargo, que lo que tenemos –qué cruz, por cierto– es consecuencia de nuestros actos y dejar lo divino –que lo hay– para el placer. Ahí sí que me gusta ver el cielo, las estrellas y sentir que estoy volando, pero eso sí que es real: un buen vino, un buen polvo y una buena comida. Qué mundano.

martes, 29 de noviembre de 2011

Pregúntale a tu padre

Me pregunto qué harán ahora, por dónde empezarán a cambiar las cosas solo por el simple placer de hacerlo. Qué nombramientos, qué leyes nos dejarán boquiabiertos aun curados de espantos como estamos. El nuevo gobierno no suelta prenda y cuando algo dice pone los pelos de punta.

Ahora, tras la presentación de las conclusiones del comité de expertos que debían de decidir sobre el futuro del Valle de los Caídos, el gobierno en funciones anuncia que se exhumará a Franco si lo aprueba la Iglesia Católica. Eso es como cuando tu madre, para no quedar mal contigo cuando le preguntabas si podías llegar una noche más tarde, te decía, “Pregúntale a tu padre”. Así, si a él le parecía bien, ella no era la única responsable de lo que pudiera pasarte, y si no, el malo era él, ella no había dicho que no.

Qué pasará con ese valle de la ignominia y la vergüenza no lo sabemos pero pocas esperanzas tengo de la que a la Iglesia le parezca estupendo exhumar los restos del dictador y así convertir el espacio en una lugar de meditación para las muchísimas familias de los asesinados por Franco. No creo que me gustara meditar allí donde mi familiar fuera asesinado aunque quizá aún deambulen los espíritus cabreados de ser enterrados en un lugar tan injusto y bellaco y podamos verlos reclamando un lugar más digno donde reposar.

Si este tema traerá cola -ojalá no y todo se resuelva rápidamente y de forma justa- imaginad el resto, la cantidad de carpetas, de episodios no cerrados por el anterior gobierno o bien cerrados que serán de nuevo abiertos porque sí, porque como los niños en competición habrán de dar su brazo a torcer a pesar del consenso o cambiarán por cambiar, por dejar una huella que no atufe a sociata.

En fin, si algo he aprendido en estos años de gobiernos tan parecidos en el fondo, a lo mejor no en la forma, es que no he de alterarme por algo que ha de suceder quiera o no, y aunque me manden a preguntar a mi padre si puede ser lo que quiero o pido sé que acabarán no haciéndolo y que se escaquearán si remedio, sin respuestas o, peor aún, sin soluciones.

La buena y la mala literatura

Decía Edith Wharton que el tema elegido no es la clave del texto escrito sino la visión diferente de ese tema respecto a los que anteriormente lo trataron. Así, uno puede hablar de la primavera, del otoño, de las arañas y hacerlo de un modo tan “original” y novedoso -la nueva visión, según Wharton- que de repente llame la atención de los lectores.

Voy algo más allá.

Creo que de lo que se trata es de escribir sobre algo que estaba oculto en la sensibilidad del lector y que este no había verbalizado hasta ahora. Los temas pueden ser variadísimos. Cada aspecto, cada paso de nuestra vida es un tema posible para un escritor y para una reflexión. El arte consiste en saber expresar con palabras la conciencia de todos, tener la intuición de saber qué es trascendente en el ser humano, qué preocupa y qué no, y que lo que preocupe pueda explicarse para que el que lo piensa diga, “así quería decirlo yo” o “ya había pensado yo en esto”. Todos somos iguales en este sentido y de nuestra moral, que la tenemos, depende que nos interesemos más por unos temas u otros y que los afrontemos del modo que nos plazca.

La moral de la derecha en España, por ejemplo, es tan limitada y tan falta de imaginación que no es extraño que rechacen la literatura, el cine el teatro, el arte, en cuanto se sale de los convencionalismos burgueses, de lo correcto y de la realidad adornada y falsa en la que les gustaría vivir. Por eso son simples, como los niños, pero ellos no por desconocimiento del mundo, sino por omisión de lo sucio y lo feo, de lo que no interesa hablar.

La literatura, la gran literatura, no ha sido nunca buena acompañante de la derecha ni en este ni en otros países, y así, los políticos de esta ideología se decantan más por el ensayo y la falta de imaginación, que es lo que les mueve y con lo que se sienten cómodos. Si además pueden relacionar el tema tratado en la novela o en la película que leen o han visto con algo real de lo que les está sucediendo a ellos o está relacionado con esa limitada visión, mucho mejor.

Divago e imagino, me gustan ambas cosas, y finalmente acabo en un tema que me atrae últimamente, la imaginación y la derecha. Ambos se repelen, pienso. La derecha es simple aunque quiera disimular y hacer pasar su simpleza y estrechez de miras por complicarse menos la vida y ser más claros con el pueblo. Al menos, la derecha actual. Descubren aspectos de la ciudadanía que siempre han estado ahí y de los que de pronto se asombran, pues son tan obtusos y con los pies tan poco entre la gente que cuando algo es reconocible y sencillo les entusiasma. Pero ojo, les diría yo, no todo es tan fácil de ver y de arreglar, y hay cosas en las que hay que tener una inteligencia y un talento para poder llegar a buen puerto, los mismos que distinguen a la buena de la mala literatura.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Te traigo

De vuelta de los viajes me gusta volver a estar en el mundo. No he querido saber demasiado de la política nacional ni de sucesos sobrenaturales, la realidad aparcada provisionalmente.

Cierro los ojos durante el viaje de vuelta en el tren e intento imaginar lo que habrá sucedido en mi ausencia y si las cosas no habrán cambiado demasiado. Tengo la impresión de haber detenido el tiempo, de haber pulsado un botón y haberme sumergido en la paz de la ciudad de provincias, esa que te anula ante cualquier esfuerzo excesivo por un problema o una preocupación y que no me importaría experimentar algún día. Los hechos, en estas ciudades más pequeñas en las que no hay las absurdas prisas que no llevan a nada positivo, son relativos. Suceden y no suceden. Ocurren pero no estás seguro de que sean reales. Es como participar en la vida a través de un sueño armonioso.

Repaso mentalmente las tareas que me esperan a la vuelta, las lavadoras que habré de poner, la compra de lo esencial en el súper -tan mundano y necesario-, la limpieza del piso, el trabajo que ha quedado olvidado donde habita, afortunadamente no me lo llevé conmigo.

Intento imaginar qué me espera de bueno en los próximos días y veo árboles y carreras bajo ellos, la música acompañándome en mi iPod. La piscina de noche, también la veo, caras que me sonríen y me saludan pero nadie esperándome para recogerme, tantos días ausente. No me lo esperaba pero trago saliva y vuelvo a casa cansada. No hay cambios aparentes en mí y sin embargo ha cambiado todo, la energía cargada, la visión del mundo ampliada, los problemillas vitales solucionados, ahora todo claro o casi, casi. Y ahí está, la miro escondida, la pequeña arruga nueva que se cuela en el cuello y habla de nuevas experiencias y reflexiones de costas coruñesas, de otoños de cuentos de hadas celtas, de vida fresca.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Los ojos de los otros

El día hoy amaneció sin nubes en todos los sentidos, a diferencia de ayer, en el que una densa niebla arrancaba con el día -que no con el ánimo, aquí no hay metáfora posible, fue alegre y luminoso- y lo cerró a la vuelta a casa. Una niebla densa y fresca que deja húmedas las aceras y los cristales de los coches y te hace dudar de si ha caído el agua y no la has visto, aparecida de pronto, metida en los huesos.

Hoy se nubló más tarde, una vez llegamos desde el centro de la ciudad a la costa. Exploro con mi hermana el terreno, nos paramos ante el paisaje, las fotos se suceden. Pone el automático y un nuevo clic nos deja juntas para la posteridad. Los cuerpos se unen, los rostros sonríen y acompasadas, charlonas, caminamos frente al paisaje desde el que vemos el mar, algún barco en la distancia, un castillo. La reflexión, imperturbable, acompañándome en el paseo.

Los viajes despejan el alma no solo al que viaja sino al que recibe. También su rutina se ve alterada y es agradable hacer cosas que normalmente no haría o ver con los ojos del invitado las cosas que habitualmente ve con los ojos de la costumbre y del hastío. Me parece tan necesaria la experiencia de vez en cuando como la de ver a tu pareja junto a otras personas, con la perspectiva de los ojos de los demás, en la que ganará o perderá, podrá sorprenderte, incluso podrías descubrir de pronto que es uno que no era contigo desde hace mucho o que es otro que no es jamás contigo. Tal vez veas lo que ya sabías y habías olvidado de tanto verlo, desde el mismo lado observado a diario.

Los ojos de los otros son a veces los que reflejan el mundo y la realidad. No hay que desperdiciar la oportunidad de una visita para recorrer la ciudad en la que uno vive, conocer a quien uno quiere dentro de otro cuerpo, inspeccionando y sacando a la luz lo que estaba más oculto y puede aún sorprendernos por bello y novedoso.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Perdida

A veces la vida, como un terreno que pisamos y está por descubrir bajo nuestros pies, se empina y se alisa a cada paso, en cada tramo una forma de caminar y algo distinto con lo que encontrarse.

Hay momentos de piedras, de terreno pantanoso e incluso de ahogos en los que apenas podemos respirar para sacar la nariz del agua y continuar nadando. Volvemos a pisar liso y sin elevaciones ni altibajos y esto significa una buena racha, al menos estable, que no nos machaca pero tampoco nos sorprende.

Desde hace mucho quiero que me sorprendan y me encantaría sorprender pero últimamente mi terreno es liso, con piedras y empinado muchas veces: la cuesta abajo, sinónimo de felicidad, de cambios esperados, parece no querer llegar nunca y no sé cómo encontrarlo.

Me meto por caminitos que ya conozco, los bosques me dan miedo y evito adentrarme en la vegetación para no perderme, pero es quizá lo que necesitaría para darle la vuelta al recorrido y descubrir nuevos senderos que acaben en una cuesta abajo lisa y brillante para deslizarme sobre ella, si hay nieve con esquís, si no, corriendo, las zapatillas calzadas para batir mi récord, los minutos pasando veloces en el iPod, como yo, concentrada en la bajada, controlando las rodillas para que no se resientan demasiado. ¿Quién no prefiere un terreno menos firme y algo difícil de atravesar a la comodidad de caminar en la planicie?

Los terrenos que ya hemos pisado no deberían volver a pisarse. Cada día debería aparecer un nuevo camino que nos reconfortara, no creo que estemos aquí para repetir lo mismo uno y otro día, la monotonía instalada, la madurez y el aburrimiento implantados en la piel como chips de colapso del alma y de la vida y la alegría.

Hay días en los que no encuentro caminos que recorrer, ni siquiera los que ya pisé, y se me cae el mundo a los pies, diminuto, y no sé por dónde empezar a andar entre tanta oscuridad, cómo volver a casa.

viernes, 25 de noviembre de 2011

No solo

No solo las mujeres afganas ven pisoteados sus derechos y son agredidas de un modo salvaje, castigadas por ser violadas ya que la sociedad no soporta la vergüenza de tener que convivir con mujeres que han pasado por esa situación. También en los países europeos supuestamente civilizados, y en concreto los nórdicos, donde la igualdad entre hombres y mujeres es más elevada, hay violaciones e injusticias solo por pertenecer a uno u otro sexo. Una de cada diez mujeres noruegas a partir de 15 años ha sido violada. Y pensemos que es Noruega, el país más avanzado en este sentido y el que menos desigualdades sociales presenta. Pero cuando se trata de sexo y de relaciones de pareja, comienzan los abusos y se pierde el respeto.

No solo la violencia física es el problema ni hay que irse a Afganistán o al norte de Europa para percibir el maltrato que, por decirlo de algún modo, se respira en el ambiente. Los llamados piropos, la exclusión por la belleza o por falta de ella, el juicio físico por encima del intelectual se da en nuestro país a diario, en el ambiente laboral y doméstico.

Desgraciadamente, no son solo los hombres los que participan en la exclusión y el maltrato. También nosotras, las mujeres, somos cómplices por permitir que esto suceda a nuestro alrededor y que un hombre hable a su mujer con ira y desprecio sin que protestemos por miedo a inmiscuirnos demasiado y no saber si estamos sobrepasando la fina línea que divide lo íntimo de lo público. ¿Hasta qué punto puedo opinar o meterme, qué hacer si escucho gritos o golpes en el piso de al lado?

Del maltrato psicológico se habla pero bien bajo porque nadie sabe definirlo internamente dado que no estamos realmente educados para percibirlo. Empieza a intuirse en nuestra sociedad actualmente, quizá, pero es muy incipiente. De momento, nadie nos lo ha explicado porque nadie practica la convivencia con tolerancia como una necesidad primaria. El maltrato lingüístico, gestual, es muy acentuado en determinadas culturas, pero no hay que engañarse, porque en las más discretas y comedidas el horror puede comenzar una vez cruzado el umbral de la intimidad sin que podamos observarlo ni ser testigos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

De pensamientos y viajes

Pocas cosas hay tan divertidas como preparar un viaje. Comprar la guía, estudiársela, buscar exposiciones, rutas -en caso de que el viaje sea en la naturaleza-, reservar en restaurantes que sabes son excelentes, elegir los libros que te acompañarán, improvisar en el lugar al llegar.

Recuerdo mi primer viaje al extranjero, enamoradísima y por ello doblemente emocionada. Después de más de doce horas en el coche en pleno agosto, sin aire acondicionado, me encontraba entrando en París. La torre Eiffel de repente en el paisaje, como un decorado. Agotada por el calor y el viaje, daba la impresión de estar en esos sueños raros de la siesta que te hacen despertar sin saber dónde te encuentras realmente. Lo disfruté y después he vivido otros muchos, ya de un modo distinto pero cada vez emocionante.

Ahora me dispongo a emprender otro viaje, uno pequeñito pero entrañable, que ya hice el año pasado en estas fechas. El tren me adormecerá durante horas, me permitirá ver unos paisajes increíbles que no ves igualmente por carretera, me dejará leer, pensar, vagará el pensamiento más libremente que de costumbre, constreñido normalmente al espacio en que vivo, únicamente enfocado a lo que en cada momento requiere de tu atención.

Lo bueno de los viajes en tren es que no hay nada más que hacer que llegar a tu destino, y mientras, eres más libre de lo habitual y no hay barreras ni reglas ni responsabilidades que hagan que tengas que fijarte en el color de un semáforo, en el coche de atrás o en cruzar la calle sin perder el hilo de la historia, de la tuya propia, de la que iniciamos en paralelo cuando viajamos.

Llegaré, me abrazaré y besaré a los que quiero y después disfrutaré de estos días otoñales sin responsabilidades, sin normas, sin barreras mentales. Seré más yo durante unos días, pocos pero intensos, y regresaré para enfrentarme a las incipientes Navidades, al invierno y a unos nuevos poderosos que me inquietan aunque no llegan a perturbarme, sigo dejando volar la imaginación de otro país posible.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Relaciones otoñales

Pasado el verano y con la realidad de frente llega una época de reencuentros, abrazos, contactos abandonados en los meses estivales. El otoño y el invierno pueden ser muy largos y desoladores a pesar de vivir en un país bastante cálido como este que me tocó en ¿suerte?


No sé cómo funciona fuera de España, pero aquí, y en concreto en Madrid, donde en general ya es difícil quedar por las distancias y la locura de horarios, cuando llega el verano lo es aún más. La mayoría huye. Huye del ruido, de la contaminación, de la rutina, pero sobre todo del calor asfixiante. Los hay que salen los fines de semana, otros tienen casa en la sierra, la playa o el campo, o un "pueblo" de origen en el que se atisba el verde, y se escapan cada vez que pueden. Los que no tenemos coche ni pasta ni casa que valga nos quedamos por la capital y nos vemos con los pocos que deambulan perdidos, como nosotros mismos, y nos movemos con –y gracias a– la alegría de los turistas y a su mirada de descubrimiento.


Y entonces aparece el otoño para volver a unirte, conocer gente nueva –algo muy fácil y agradable por aquí– , retomar amistades e incluso relaciones sentimentales. Se organizan cenas y comidas, largos aperitivos, quizá, en los que incluso puedes brindar por el año nuevo –cada vez se adelantan más las fechas navideñas y las cenas de empresa se están celebrando en el escaso noviembre–.


Me encantan. No las navidades, sino los amigos. Adoro volver a verlos después de pasados, en ocasiones, un par de meses, no más, al menos lo intentamos. Son esos instantes de dicha auténtica en los que el mundo tiene un sentido lógico: he nacido para charlar y reírme con esta gente, pienso. No hay como echar de menos para apreciar lo que se tiene. No hay como los amigos para recordarte quién eres y por qué merece la pena la vida ser vivida. Ellos no son familia y no tienen por qué quererte ni acordarse de la fecha de tu cumpleaños y sin embargo lo hacen, te quieren y se acuerdan. ¿Qué más puedo pedir? Con los otoños vuelven los achuchones y los abrazos, los besazos mil con los que cierro mis correos y las alegrías compartidas.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Heridos doblemente

De esas coincidencias curiosas ha sido que el mismo día en el que me lamentaba de los resultados de las elecciones del 20 de noviembre, Javier Pradera haya desaparecido. Lo leo desde que leo el periódico, es decir, desde siempre, porque en casa siempre han comprado El País.

Un 20 de noviembre tan simbólico como el de ayer y afortunadamente ya famoso por otro motivo que no el de la muerte del dictador sino por el de las elecciones fatídicas del año de la crisis –yo al menos lo recordaré a partir de ahora así–, muere un hombre que luchó, a pesar de pertenecer su familia al bando de los vencedores durante la guerra, contra la dictadura franquista y a favor de la democracia.

Nos ha recreado a través de artículos de opinión no siempre fáciles, algo perverso en la sintaxis, con excelentes análisis sociales y casi filosóficos, diría yo, tanto en la forma como en el modo de razonar y afrontar cada idea a desarrollar, más alejado del periodismo de pastel del que ningún otro periodista podría estarlo. Era, ante todo, un pensador, un hombre extremadamente lúcido cuya forma de analizar la realidad y lo sucedido en nuestro país y fuera de él iba más allá de la mera reflexión de mucho periodista aficionado.

Pradera me ha llegado a conmover con una crónica política o una frase, ha conseguido hacerme pensar y dejarme meditando durante horas, la idea plantada y ya difícilmente ahuyentada. Con él se va todo un símbolo de la democracia, del luchador europeo que me recuerda mucho, salvando las distancias, a mi querido Claudio Guillén en esa actitud y ese saber integrado de forma tan natural en las personas sabias pero sin asomo de vanidad, al menos a través de sus textos y de la selección de los mejores, que lo hicieron también el gran editor de la democracia en Siglo XXI y en la recuperación de los clásicos.

Me conmueve lo que algunas personas conmueven con el ejercicio de su profesión y la honestidad en el desarrollo de sus actividades, las que sean, hasta de sus aficiones, gustos y opiniones. Las pérdidas como la del día de ayer -doble, dolorosa en ambos casos- me dejan en carne viva pero agradecida, pues sin ellas yo no sería quien soy, ni mucho menos, sembrada esa semilla del pensador, del filósofo, del buen lector, del articulista entrañable al que no puedes dejar de admirar. La izquierda está herida hoy donde la toques.

Rojo que te quiero, y verde

Dicen que las cosas no cambian de un día para otro pero hoy tengo la sensación de que es posible que sí y de que el cielo es menos azul que nunca –a pesar de los datos electorales–. Está nublado y hay nubes de tormenta, feas, de otoño anticuado de hace años, de vuelta atrás, de provincias, de burguesía babeante, de derechona, que me asquea.


Después de ver las imágenes de la sede del PP en la Calle Génova anoche tras los primeros resultados, solo faltaba ver a Rajoy bailar la Macarena o algo así de hilarante. Las banderas de España con y sin aguiluchos se mezclaban con las azulitas con gaviotas –muchas aves amenazantes, demasiadas– que enarbolaban niñas con excesivo maquillaje y faldas muy cortas aun siendo vírgenes –quizá no, ya sabes lo que dicen, las más golfas, las del colegio de monjas–.


Las cosas no cambian de un día para otro, sin embargo. Tenemos hoy lo que se ha ido cocinando en los últimos años, en los últimos meses. La impotencia de los ciudadanos ante la crisis ha hecho el resto. Así es la democracia, que me gusta y con la que me siento cómoda –tampoco he vivido otra cosa–. Pero hoy también una nueva izquierda se hace más fuerte –no todo iban a ser malas noticias–, un día en el que me debato entre la desesperanza y una alegría interna que me rebulle dentro y que me dice que somos muchos los que creemos en esta izquierda de verdad, en un grupo que nos representa a unos pocos que cada vez somos más. La vida no cambia de un momento a otro –¿o sí?– y estos resultados nos los hemos currado entre todos, y estoy orgullosa de mis compañeros de equipo.


El día no es azul hoy, ni de coña, es rojo como nunca en los últimos años por aquí, rojo fuerte, rojo de verdad con algo de verde, que te quiero también verde. No me decepciones.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Un derecho hermoso

No recuerdo esa primera vez, recuerdo otras, el primer amor, el primer beso, pero del primer día que voté no hay imágenes concretas. Sí que he sentido siempre una gran emoción al llegar a la urna y oír mi nombre y apellidos dichos de ese modo solemne, casi sagrado, que de pronto te hace más que nunca, más persona de lo que has sido jamás, y a continuación el “vota” que acompaña siempre a la introducción de mi papeleta, y que me da una importancia en ese momento que no hay a diario, cruzados los cuerpos iguales en la masa informe que somos juntos. Un acto individual, nimio, que sin embargo siempre me ha dejado con el aire en suspenso.

Los nervios en el estómago y la sensación de que algo importante se cocía ha sido la constante todas las veces que he votado. En casa era habitual tener la radio encendida, si no la de mi padre, la de mis hermanos, y los días previos a las elecciones mucho más, la necesidad de una ideología inculcada por mi madre desde que éramos niños, emocionados todos, casi todos hacia la izquierda, mi hermana callada, jamás dijo qué votaba, muchos años después lo supe, lo suponía, todos lo sabíamos, pero fue bonito el desvelo, fue como decir “aquí estoy”. Mi padre, de derechas, ha sido la nota discordante, el que no nos ha dejado dar saltos tras los resultados obtenidos en muchas de las elecciones vividas, igual que cuando ganaba el Barsa -menos él, todos de este equipo-, él, del Madrid con cara de pocos amigos tras el resultado, pero bueno, discretamente había sonrisas, emociones ocultas que a veces se disfrutan más en silencio, como los amores secretos nunca confesados.

Las elecciones más polémicas que recuerdo, las más tristes también, fueron las del No a la guerra, tras los atentados del 11M, que cambiaron la historia, la del mundo y la de nuestro país especialmente, que salió de una época de oscurantismo y malos modos, de pisoteo de las libertades como no se recordaba desde la dictadura. En el colegio electoral en el que votaba aquel año, dos militantes del PP no querían dejar votar a una chica que llevaba el lema del No a la guerra -fondo negro y letras rojas, ¿lo recordáis?- colgado del pecho, orgullosa de poder portar el rechazo al horror.

Recuerdos, sí, que hoy me asaltan, no todos buenos, pero siempre emocionantes. El poder ser ya nosotros, desde las últimas elecciones, los que metamos la papeleta en la urna, me parece especial. El no tener miedo a opinar, a que nadie te manipule, aunque hay aún monjitas que acompañan a niños retrasados a votar instándoles a hacerlo a la derecha y padres que compran el voto. Me lo contó un compañero muy facha y muy perdido cuyo padre les daba, a su hermana y a él, cien euros si votaban al PP, las conciencias de esos muchachos adormecidas ya para siempre.

Hay muchas anécdotas y más recuerdos de los que imaginaba, muchos más, pero de la primera, primerísima vez, no tengo. Intentaré hacer memoria ahora, que voy para allá, una vez más, a ejercer un derecho hermoso, ganado entre todos, que me hace sentirme orgullosa y viva.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Mi reflexión

Cuando un niño se porta mal se le dice que vaya a reflexionar a su cuarto sobre lo que ha hecho y que cuando termine podrá salir. El asunto es que antes de la reflexión habría que explicarle por qué ha de hacerlo, a qué le llevará la reflexión, si no, irá a su cuarto unos minutos, quizá media hora, jugará con lo primero que pille y saldrá sin comprender aún qué pasó, qué es realmente eso de reflexionar más que estar parado en el cuarto y esperar que así sus padres le perdonen por la travesura cometida.

A nosotros, ya adultos, ciudadanos sin elegir serlo pero importantes en nuestra condición, nos mandan reflexionar hoy, como nos mandan hacer la declaración de la renta o comprar metrobuses, es lo que hay que hacer. Y me pregunto cuánta gente lo hará realmente, cuántos se quedarán parados en sus casas, en silencio, sin saber muy bien qué hacer, cómo demostrar que están reflexionando.Nadie lo comenta ni habla de ello, y la jornada de reflexión es nombrada como quien dice la Paloma o fin de año, pues ahí está y cada uno la vive como puede, la mayoría sin reflexionar y haciendo lo habitual, lo que cualquier sábado.

Los hay, incluso, que este fin de semana están fuera, no creo que reflexionando, quizá sí, sobre porque no votarán el domingo. Llegarán de noche después de un par de días en la sierra y se acostarán como cualquier otro domingo esperando a que el lunes amanezca como siempre, sin grandes cambios. Esos fueron niños a los que no les explicaron que todo, absolutamente todo, es consecuencia de nuestros actos, hasta de aquellos que no hicimos, como ir a votar.

Si no votas no participas, no estás en el mundo, no eres nadie, y esto pocos los saben, de verdad, pero es así. Desentenderse puede ser cómodo, no lo niego, pero no quiero esa comodidad ni que las próximas generaciones la tengan. Quiero que no sufran aunque sí que comentan errores, que sean humanos, que lloren, que debatan, que se frustren, pero que participen, que parezca que están vivos y no que sean entes que pasan por el mundo sin sentido, sin voz ni conciencia.

Reflexionar requiere de aprendizaje, al igual que valorar uno mismo cuáles son los problemas que padece y cómo atajarlos. Pensar es bueno, pero hay que enseñar a hacerlo, no se nace pensando.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Los principios

Tengo muy poco tiempo. Mañana es jornada de reflexión y se supone que no hay que interferir en el momento de meditación de los votantes, o simplemente ciudadanos ya que quizá reflexionen y decidan no votar.


Quiero animar a votar pero a no votar al PP. Bueno, ahora viene la parte más difícil, por qué. En realidad no es complicado para personas con ideología y principios. Si te sientes como a continuación te describiré, vota, sin duda, al PP:


-Vas a lo tuyo y te preocupa tu lucro personal aunque sea a costa de los demás y de hacer aún más ancha la línea que divide las clases sociales.

-Prefieres lo privado, que te traten como a un señor, a no tener que convivir con el resto del pueblo en espacios públicos financiados entre todos y que funcionan de maravilla sin necesidad de tener que acudir a ningún servicio privado.

-No crees en el pueblo, te asquea el vulgo, solo quieres rodearte de “tu gente” en espacios privados diseñados y financiados por ti, que tienes pasta.

-No quieres que tus hijos se mezclen con inmigrantes ni vayan a colegios públicos laicos ya que pueden distorsionar su educación.

-Te da igual la cultura, con ir al Prado y al Thyssen dos veces al año y asistir a un musical de la Gran Vía –¿¿¿Broadway??? Ni de coña– te parece suficiente. ¿Bibliotecas, música para jóvenes en salas de conciertos, festivales callejeros, día del orgullo gay? Cosa de progres y maricones, no te interesa.

-Las librerías pequeñas ya no funcionan, con la Fnac y la Casa del Libro es suficiente. Además, no lees mucho, uno o dos libros al año, el Zafón y algo del viento que escribió y Los pilares de la tierra te gustaron mucho…

-Te da igual la desigualdad social que lleva a la delincuencia pero que no te afecta porque vives en barrios guays con alarmas en tu casa y no coges el metro ni el autobús a altas horas, solo te mueves en coche o en taxi.

-Lo del carril bici y reducir el tráfico te espeluzna, dónde vamos a parar, los putos ciclistas maricones que no te permiten ir a toda hostia con tu todoterreno.

-¿Para qué mejorar la sanidad pública si tampoco has pisado jamás los barracones que Esperanza Aguirre construyó en lugar de oficinas destinadas a acudir al médico de cabecera? Si además no esperas jamás la cita con tu especialista, que te atiende, como mucho, a los dos días de llamarle, y no dos meses o un año como sé de buena tinta sucede gracias al gobierno de los populares en Madrid.

-Si eres empresario o tienes un trabajo de altos vuelos y ganas un pastón, y aunque a tu alrededor se explota al trabajador y se bajan los sueldos, el tuyo ni se toca, faltaría más, eres ejecutivo y padre de familia respetable.

-Si eres funcionario de alto nivel y te da igual que te recorten un poquito más el sueldo, al fin, ni lo vas a notar.

-Si estás en contra del aborto, la eutanasia y otra serie de aspectos que atañen única y exclusivamente a la persona que tiene que decidir sobre su vida pero en los que tú te empeñas en opinar, dar sentencias y hacer leyes que coarten las libertades de las personas.

-Si piensas que las mujeres ya han alcanzado la igualdad social con los hombres en sueldo, tratamiento social, moral, etc., y que por supuesto no vivimos en una sociedad sexista.

-Si crees que la recuperación de la memoria histórica de los vencidos y torturados tras el franquismo es una chorrada y que muertos hubo en los dos bandos de igual modo, así son las guerras, para qué remover más la mierda.

-Si eres un pobre trabajador que aspira a ser algo más en la vida y crees que estos de la derecha harán que cambien las cosas y tú también puedas pertenecer a la clase de los privilegiados.

-Si crees que el PSOE nos ha llevado a la crisis por no saber gestionar la economía del país y que lo de la especulación y el robo de guante blanco es una excusa de los sociatas para no asumir responsabilidades.


Si más de dos puntos de la lista anterior coinciden con tu forma de pensar, adelante, vota al PP. Si solo dos, tienes un dilema oral y has de reflexionar mañana. Si ninguno te identifica, solo uno quizá, estás de enhorabuena, no habrás de votar al PP, a quien votes ya es cosa tuya, pero VOTA.